Le propongo una suerte de juego: dividir artificialmente a la población en dos amplios sectores, dos mitades: la que se toma en serio la amenaza de la pandemia, y la que, ya sea por hartazgo o simple y llana indolencia, no está dispuesta a sacrificar ni un ápice su libertad individual en aras de la salud de la colectividad.
Y sí, es un juego ya que nadie sabe qué porcentaje se le puede asignar a cada uno de estos segmentos tan polarizados de la población.
En fin. Una de las mitades no sale de casa a menos de que sea indispensable, y cuándo lo hace es rigurosa en eso de mantener la sana distancia, además de las medidas básicas de autoprotección como el cubrebocas, el gel y el constante lavado de manos.
La otra mitad sale a la calle en cualquier oportunidad, asiste a bares, organiza fiestas, se aglomera en los centros comerciales, y hay incluso los que ni cubrebocas usan. Es esta mitad la que a estas alturas mantiene vivo y propagándose al Covid.
La cuestión es que la mitad indolente pesa más, mucho más, que la mitad responsable, ya que con sus actitudes y acciones alimenta el estado de emergencia sanitaria y todo lo que ello implica, incluso el devastador golpe a la economía.
Y pesa mucho más, también, ya que con su irresponsabilidad mantiene al borde del colapso al sistema de salud en su conjunto. Son los miles que deciden arriesgar su vida, la de sus familiares, y por supuesto, la de todos los demás; son los que día a día compran boletos en la rifa del contagio y que presionan cotidianamente a médicos y enfermeras que, tras nueve meses de batalla, simplemente están agotados.
A estos indolentes habría que responsabilizar, en principio, si, por cualquier motivo, por un descuido o hasta mala suerte, uno de los ciudadanos de la mitad responsable cae víctima del virus y se enfrente con que no hay personal médico disponible, y mucho menos equipo y camas en los hospitales para atenderlo.
Entonces sí, la mitad de los indolentes pesa mucho más y eso parece que no lo ven nuestras autoridades. Ya no se puede privilegiar las libertades individuales; se trata de ponderar el bien mayor que es la salud pública, y tras nueve meses de pandemia, con sus dos oleadas, ya lo deberían tener claro los que nos gobiernan, y por fin, actuar en consecuencia.
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