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¿Una nueva esperanza?

Por Jorge A. Meléndez

Hace 4 años

“La nueva historia de México arranca el 1 de julio del 2018 en una fiesta que se extiende por toda América Latina. El Zócalo es un aleph: condensación de intentos frustrados, esperanzas pospuestas, asaltos al cielo frenados a medio camino. Éxtasis societario, epifanía, trance…”.

Así señala el capítulo, Una Nueva Esperanza, del libro propagandístico México, Grandeza y Diversidad, que editó la 4T para conmemorar el bicentenario de la consumación de la Independencia.

Armando Bartra, catedrático de la UNAM, se deshace en elogios para AMLO: “Desde diciembre del 2018 es Presidente de México un hombre con mandato; un mandato inaudito, descomunal… Nadie en un siglo había gobernado con un encargo de ese tamaño”.

Tiene razón Bartra: la llegada de Andrés Manuel fue para muchos una gran esperanza. Pero lo que se le olvidó mencionar al filósofo catalán es que ya transcurrieron más de tres años. Mitad de sexenio que ya da algo de luz sobre esa “esperanza”. O más bien, algo de oscuridad.

Porque la esperanza resultó ser pesadilla. Terminó siendo un patético regreso al pasado. Exactamente lo contrario a lo que sabiamente advirtió hace un par de años Gene Towle en el foro, Momento de
Oportunidades.

“Un parabrisas es 50 veces más grande que el espejo retrovisor para que prestemos atención 50 veces más a lo que está delante en lugar de lo que está detrás”. Totalmente.

Y, sobre todo, en la era de la disrupción. Tiempos donde la velocidad de cambio es enorme. Donde el que ve por el retrovisor es rebasado fácilmente. O, peor, se estrella con el primer poste.

Tal como sucede hoy en México, donde al conductor le encanta ver por el retrovisor mientras se enfila directito a La Chingada.

Un filme en blanco y negro y sin sonido donde un heroico Tlatoani recupera el rol clave del estado para dizque recuperar glorias pasadas. Una película que ya la vimos… y que es de terror.

Basta recordar, ahora que Luis Echeverría cumplió 100 años, que la economía estatizada fue sello de gobiernos de los 70 y 80. Hombre, en el sexenio de De la Madrid existían mil 155 empresas estatales.

Estaban en todo: bancos, telefonía, aeropuertos, líneas aéreas, balnearios, hoteles, televisión, fertilizantes, equipos de futbol, minería, acero, etc. ¡Bueno hasta en bicicletas y centros nocturnos!

El experimento del estado empresario fracasó rotundamente. Ese modelito que tanto añoran culminó con la tremenda crisis del 82. Ah, y con una inflación de 159% en 1987.

Por eso la “esperanza” no puede ser este terrible back to the past. ¿Por qué casi siempre es el estado tan mal empresario? Para responder hay que considerar tres baluartes para tener éxito en los negocios:

1. Enfoque. Imposible ser bueno en todo.

2. Eficiencia. Servir un mercado suficientemente grande con productos competitivos que permitan sostener utilidades.

3. Flexibilidad e innovación. El éxito actual no garantiza el éxito futuro. El cambio como constante.

Agrega a este coctel el enorme reto de financiar aventuras y proyectos faraónicos que van a fallar (o que ya están fallando).

No se equivoque, don Armando. Lo que importa ahora no es la esperanza. No. Lo que importa es el desastre al que nos llevan.

Usted habla de la “lenta decadencia” del neoliberalismo. Quizá. Sin duda el modelo anterior tiene grandes problemas que urge corregir. Deudas impostergables de desigualdad y justicia.

Pero estas no se arreglan ignorando la realidad, la ciencia o al experto. No se arreglan destruyendo instituciones. No se arreglan con insultos sonoros al que les advierte en que van mal. No se arreglan con porras y pretendiendo que todo está bien.

No se arreglan peleándose con los empresarios. No se arreglan mal manejando la pandemia y la distribución de medicinas. No se arreglan inyectando carretadas de dinero a paraestatales obesas. No se arreglan prendiendo plantas de luz caras y contaminantes. No se arreglan con “testamentos políticos” y buenos deseos. Así no.

Lo único que van a “lograr” es que la decadencia de esta esperanza desperdiciada sea muy rápida.

Tristemente, destruir siempre será más fácil que construir.

En pocas palabras…

“Lo que nos lleva a la grandeza contiene las semillas de nuestra destrucción”.

Jim Valvano, entrenador de basquetbol

 

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