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Coahuila

Volver a la cocina

Por Enrique Martínez y Morales

Hace 7 meses

En muchas casas modernas hay un espacio que sigue ahí, pero que cada vez se usa menos: la cocina. Durante generaciones fue el corazón del hogar, el lugar donde el día comenzaba con el aroma del café y terminaba con la familia reunida alrededor de la mesa. Hoy, en cambio, muchas veces permanece en silencio mientras la comida llega desde una aplicación o se consume frente a una pantalla.

Podría parecer un simple cambio de costumbres, pero en realidad refleja algo más profundo.

Cocinar en casa nunca fue sólo una tarea práctica. Era un acto cotidiano que tejía la vida familiar. Mientras alguien preparaba los alimentos, otros ayudaban, preguntaban, probaban, conversaban, lavaban trastes. En ese pequeño escenario doméstico se transmitían historias, recetas, tradiciones y también afectos. No era sólo comida lo que se servía: era cariño y pertenencia.

La mesa familiar tiene algo de escuela y de refugio. Ahí los niños escuchan las enseñanzas de los adultos, aprenden a esperar su turno para hablar, descubren que cada persona en la casa tiene algo que contar. Los padres, a su vez, encuentran en ese momento una ventana para conocer el mundo interior de sus hijos.

Sin embargo, con el paso del tiempo, ese ritual se ha ido debilitando. Las agendas apretadas, las distancias, la tecnología y la comodidad de pedir comida han cambiado nuestras rutinas. Cada quien llega a distinta hora, come por su cuenta o frente a su propio dispositivo. Sin darnos cuenta, la mesa compartida ha ido perdiendo terreno.

Y cuando la mesa se vacía, algo de la vida familiar también se enfría.

Lo confieso: durante años pensé que mi madre exageraba un poco con este tema. Cuando nos invita a comer, rara vez propone ir a un restaurante. Prefiere algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: cocinar ella misma en su casa, la casa de mi niñez. A veces son recetas de toda la vida; otras, experimenta con algo nuevo. Pero siempre ocurre lo mismo: mientras ella está en la cocina, nosotros terminamos reunidos alrededor, conversando, probando, riendo.

Con el tiempo entendí que lo importante no es sólo lo que hay en el plato, sino lo que ocurre alrededor de él.

Nuestros abuelos lo sabían sin necesidad de teorías. Preparar la comida era una manera de cuidar a los suyos. En esa mesa se celebraban logros, se resolvían problemas, se compartían historias y se fortalecían vínculos.

Tal vez por eso, en un mundo cada vez más acelerado y fragmentado, volver a encender la cocina puede ser algo más que una decisión doméstica. Puede ser una manera de volver a encontrarnos.

Porque cuando alguien cocina para los suyos no sólo prepara alimentos: prepara un momento para compartir.

Con los años terminé entendiendo que mi madre tenía razón. Cuando insiste en cocinar para todos, en realidad está haciendo algo mucho más importante que servir comida: está fortaleciendo lazos y emociones.

Porque al final, una familia no se mantiene unida sólo por la sangre, sino por las veces que decide volver a sentarse junta a la mesa.

 

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