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Agencias
Publicado el domingo, 3 de julio del 2016 a las 20:18
Ciudad de México.- Invitada a ofrecer un testimonio acerca de Carmen Balcells para una coproducción que respaldan Canal 22 y Televisión Española (TVE), la autora cubana Wendy Guerra menciona: “Mis confesiones sobre la agente literaria y amiga que cambiara mi vida y la de muchos autores iberoamericanos formarán parte de un documental sobre esta gran dama de las letras, culpable del boom y descubridora de atmósferas, mundos y lenguajes únicos que nos describen”.
Domingo de Revolución, su más reciente novela, empieza con la repentina muerte de los padres de Cleo, la poeta protagonista que al ganar un premio y el reconocimiento literario fuera de Cuba consigue que se estreche la vigilancia y el hostigamiento que imponen los encargados de la seguridad del Estado en la isla.
Además, la novela reparte el viaje narrativo entre La Habana, una ciudad “promiscua, intensa, atolondrada y dispersa donde la intimidad y la discreción, el silencio y el secreto, son casi un milagro”, el DF, Nueva York y Cannes, y encadena un relato marcado por la pérdida —el alejamiento y la desconfianza de los amigos en el exilio, aquellos valientes héroes “que nos salvarán del desasosiego socialista a larga distancia”, la traición de los amantes (uno de ellos, un célebre actor de Hollywood que aparece para desenterrar un secreto sobre el origen de la joven poeta), la privación de la intimidad y, de por medio, el sexo, siempre como provocación, y todavía, como afirmación de la libertad—.
Al respecto, la ganadora del Premio Bruguera en 2006 con el libro Todos se van, puntualiza algunos detalles: “Creo que el hallazgo de un tiempo interior, el pulir tu voz desde la profunda soledad, la seguridad de ser tú misma a pesar de la sospecha, el encontrarse más allá de las pérdidas es uno de mis temas y yo soy parte de esa literatura escrita, hecha hoy en Cuba bajo sospecha, aun cuando las autoridades necesiten borrarme cada día”. A partir de un cuento al que había puesto el título de La espía y que mostró a su antigua editora Ana María Moix, quien al leerlo dijo: “Esto es una novela sobre las obsesiones y ese espacio que existe más allá del miedo, la represión y la censura”, Guerra pasó dos años escribiendo el texto de Domingo de revolución, y tardó “un poco más para reacomodar los bordes” con ayuda del editor Jorge Herralde.
Porque esta novela que “transcurre en ese frágil puente entre el inxilio y el exilio que es la isla de Cuba a la deriva”, y en la que “se pueden pescar sucesos y situaciones domésticas que hoy estructuran la vida de un país al que la historia afecta interminablemente”, se apega al placer de la fusión de géneros y se mantiene a flote con la poesía y el humor como tablas de salvamento: “La poesía es mi lenguaje, todo está en ese lenguaje diluido como parte de los recursos narrativos. Hay un estado entre el peligro y la fuga que se traduce en arrojo, desprende un opio, un delirio que te apuntala en la supervivencia. Yo no sé vivir en otro estado que no sea el de la resistencia”, apunta Guerra, y continúa: “El humor nos aleja del drama sin salvarnos de él, nos salva también de la autocompasión, reírse de uno mismo cura, despoja, calma. El humor nos hace tomar distancia, es la garantía de que aún nos queda, a Cleo y a mí, un poco de lucidez en el naufragio”.
Y en Domingo de revolución, el tan aguerrido como vulnerable personaje de Cleo –quien contiene “el murmullo de Jardín”, de Dulce María Loynaz, “esa autora encerrada en su torre de letras”, pero también “el transcurrir secreto de mi madre, sin editar un solo volumen en vida a causa de la profunda sospecha”, dice Guerra, y tras una pausa, añade: “Cleo tiene de mí el tiempo que me ha tocado vivir… amordazada”—, al considerar la posibilidad de ser publicada en su isla de nacimiento, piensa: “Una década más tarde, tal vez dos, ante otro panorama de censura, cuando haya envejecido mi discurso para esta administración de militares trasladados a la cultura, podré publicar mis versos. Por el momento, silencio y miedo”.
En tanto habla, sin cortapisas, al respecto de la censura que padecen sus libros en Cuba: “Soy optimista, creo que alguna vez serán editados, vendidos en las librerías de toda la isla. Cierro los ojos y veo a los estudiantes pidiendo mis libros en esas bibliotecas públicas donde yo me lo leí todo. Varios de esos militares solapados que no dan la cara y lo impiden terminarán viviendo en Miami, en Madrid o Ecuador con sus hijos o nietos. No conocemos a nuestros censores, pero alguna vez nos veremos en un aeropuerto, en un museo… y entonces sabré quiénes fueron; ellos bajarán la cabeza, no podrán mirarme a los ojos, porque silenciar a un autor es un crimen, silenciar a una mujer, vejación”.
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