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Coahuila

Zapata cabalga de nuevo

Por Javier Villarreal Lozano

Hace 6 años

Escribir libros o artículos destinados a periódicos o revistas es, en cierto modo, un salto al vacío. Equivale a tirar una piedra hacia atrás sin siquiera poder imaginar dónde caerá ni qué efectos causará, si es que alguno causa. “Habent sua fata libelli”, escribió hace ya casi 2 mil años Terentius Magnus, lo cual traducido al castellano significa que los libros tienen su destino. Magnus se refería no al libro en cuanto a objeto, sino a su contenido. Es decir, a las reacciones y sentimientos que es capaz de despertar en cada lector, quien en realidad lo reescribe desde su personal punto de vista o incluso a través de sus prejuicios.

Así, en ocasiones, el escribidor suda redondeando un texto que, piensa, provocará numerosas e importantes reacciones. Pero sucede que no sucede nada. Aquel artículo o libro que demandó tantas horas de trabajo, cuyo pulimiento pudo haber consumido horas, días o quizá hasta meses, pasa desapercibido y se hunde en el pantano de la indiferencia general.

En cambio, también ocurre que un texto hecho de prisa, con los ojos puestos en el reloj, un “maquinazo”, como antes se decía en las salas de redacción de los periódicos, causa algún revuelo, se comenta y, en el mejor de los casos, ayuda a corregir ciertas cosas que a juicio del redactor eran perfectibles. En estas situaciones, a veces el primer sorprendido es el autor del libro o el artículo.

A propósito, sorpresa mayúscula se llevó este escribidor cuando el martes anterior un amigo le llamó por teléfono diciéndole que, según Facebook, el artículo aparecido en este mismo espacio el jueves pasado, había sido compartido ¡65 mil ocasiones! El texto en cuestión es una carta dirigida a la directora general del Instituto Nacional de Bellas Artes reprobando el hecho de que el cuadrito representando a un Zapata feminizado, carente de cualesquier sospecha de poseer un valor estético, se exhibiera en los muros del que todavía nos obstinamos en considerar el máximo recinto cultural del país.

Quien se dedica a llenar hojas –ahora pantallas– de letras, espera, ciertamente, que alguien tenga la curiosidad suficiente y se dé tiempo para saber qué escribió y no abandone el libro o el artículo presa del aburrimiento. Sin embargo, de tener esa esperanza a hablar de 65 mil réplicas, hay una distancia astronómica.

La pregunta surge en automático: ¿Por qué tanto interés en el tema? Naturalmente había el antecedente de las reacciones de descendientes y simpatizantes de la figura de Emiliano Zapata, indignados por la forma en que el pintor representó al caudillo revolucionario. El asunto metió ruido y hasta hubo manifestaciones.

Sin el menor asomo de vanidad, me queda rondando la pregunta sobre el o los motivos de las reacciones de estas 65 mil personas. No hay, creo, más que dos posibles respuestas, y ninguna de las dos tranquilizadoras para la directora de Bellas Artes.

La primera sería lo viva que se mantiene la figura de Zapata en el imaginario colectivo y la admiración de muchos por su lucha en favor de los desposeídos. O los errores de la señora directora de Bellas Artes, que ya antes había ocupado las páginas de los periódicos y los espacios informativos de la radio y la televisión a causa de sus cuestionables decisiones.

Sea cual fuere la respuesta correcta, hay algo podrido en Dinamarca, diría Hamlet. En otras palabras: el Instituto Nacional de Bellas Artes no anda nada bien.

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