Por Charles Bowden / Harper’s Magazine

El entrevistado nos brinda relatos más allá de las
historias que escuchamos en las noticias, ahondado
en impresionantes detalles de su ‘trabajo’


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México, DF.- El sicario retirado continúa su relato narrando sus funciones dentro de los secuestros. Para darnos una idea de la magnitud de la red criminal, calcula que el 85 por ciento de la policía trabaja para la organización. Pero incluso en un día soleado apenas reconocería a alguien del cártel que lo emplea. Forma parte de una célula, por encima de él hay un jefe, y arriba del jefe una zona llena de poder que no visita ni conoce.

Estima también que de cada cien personas que transporta, (ya sea en calidad de secuestrados o “ajusticiados”) dos recuperan su vida. El resto muere. Despacio, muy despacio.

EL MUNDO DEL SECUESTRADO

En cada casa de seguridad puede haber entre cinco y 15 víctimas. Están vendados todo el tiempo, y si por alguna razón se les cae la venda, los matan. A veces los sientan en una silla frente a la televisión, los destapan por un instante y les muestran videos de sus hijos en la escuela, de sus esposas comprando, de la familia en la iglesia. Les muestran el mundo que han dejado atrás y les hacen saber que si el dinero no llega ese mundo desaparecerá, será destruido. Los vecinos nunca se quejan de las casas de seguridad. Ven que están rodeadas por carros de policía y se quedan callados.

Puede que las víctimas tengan un millón de dólares, pero para cuando termina el trabajo ya les quitaron todo; su fortuna entera, y tal vez, sólo tal vez, dejan que la mujer se quede con la casa y el coche. Hay gente que vive secuestrada dos o tres años. Después de darles de comer, los golpean, así empiezan a asociar la comida con el dolor. Muy de vez en cuando llega la orden de soltar a un prisionero. Los llevan vendados a algún parque y les dicen que cuenten hasta 50 antes de quitarse la venda. Incluso en ese instante de libertad lloran, porque no pueden creer que los vayan a soltar, sino que los van a matar.

“A veces”, dice “le quitaban la venda a los que llevaban meses secuestrados para que limpiaran la casa de seguridad. Después de un tiempo, creían que eran parte de la organización y se identificaban con los guardias que los golpeaban. Componían canciones sobre sus días ahí, y nos hablaban de todas las cosas buenas que nos darían cuando los soltáramos. A veces, después de golpearlos mucho, les mandábamos videos a sus familias en los que rogaban, desesperados: ‘Denles todo’. Y de pronto llegaba la orden y los matábamos”.


COMO SEA, LA VICTIMA MUERE

El pago siempre se hacía en una ciudad diferente de donde tenían al prisionero. Todo en la organización estaba estructurado. A veces pasaban semanas encerrados en una casa de seguridad sin hablarle al secuestrado, sin saber quién era. No importaba. Ellos eran productos y él un empleado siguiendo órdenes. Sin importar qué tanto pagaba la familia, la víctima casi siempre moría. Cuando le chupaban todo el dinero a la familia, el prisionero ya no tenía ningún valor. Y además podía traicionar a la organización. Así que su muerte era lógica e inevitable.

Detiene su relato. Quiere dejar claro que ahora él se parece a los prisioneros que torturó y mató. Está fuera de la organización, es un peligro para ella. “Cualquiera que ya no le sirve al jefe, se muere”.

Ahora es un hombre a la deriva recordando la época en que estaba fuertemente anclado al mundo.

“Quiero que quede claro”, dice, “que yo sentía cosas cuando estaba en las casas de tortura, viendo a la gente tirada en el piso, encharcada en su propio vómito y sangre. No me dejaban ayudarlos”.


LA MECANICA DE LAS TORTURAS

El trabajo, insiste, no es para amateurs. Por ejemplo la tortura: tienes que saber hasta dónde llegar. Incluso si al final vas a matar al tipo, tienes que actuar con cuidado para sacarle toda la información que necesitas.

“Tienen tanto miedo”, explica, “que generalmente cooperan mucho. A veces, cuando se dan cuenta de lo que les va a pasar, se ponen agresivos. Entonces les quitas los zapatos, les empapas la ropa, y les conectas un cable en cada pie durante 15 segundos. Así entienden que tú mandas y que les vas a sacar toda la información. No los puedes golpear mucho porque entonces se vuelven inmunes al dolor. He visto gente a la que golpean tanto que puedes arrancarle las uñas con pinzas sin que se inmuten”.

“Los esposas por la espalda, los sientas frente a un foco de 100 watts y les haces preguntas sobre su trabajo, el número y la edad de sus hijos, todo lo que ya sabes porque ya lo investigaste. Cada vez que mienten les das una descarga. Una vez que saben que no pueden mentir, empiezas con las preguntas serias —cuántos cargamentos han movido al otro lado, para quién trabajan, por qué no le pagan al jefe”.

“Para ese momento te contestan todo. Después los golpeas y los dejas descansar. Les enseñamos videos de sus familias. Entonces te dicen todo lo que necesitas saber y a veces más. Ya tienes la ventaja, y usas la nueva información para asaltar almacenes y robar cargamentos, acorralar a otros que trabajan con él, grabar a sus familias, y empezar de nuevo. Sabes que las familias no acudirán a la policía porque sospechan que su padre o su esposo anda metido en negocios turbios. Pero si van a la policía nos enteramos de inmediato, porque nosotros trabajamos ahí. Somos parte de la unidad antisecuestro. A veces matamos a los secuestrados de inmediato porque, después de quitarles el coche y las joyas, no valen nada. El botín se divide entre los de la unidad, es decir, entre cinco u ocho personas. Lo peor de matarlos es que luego tienes que cavar un agujero para enterrarlos. La mayoría comete dos errores. No le pagan al que controla la plaza, la ciudad. O sueñan que pueden ser mejores que el jefe”.


SIN LIMITES

Hay un segundo tipo de secuestros que considera casi vergonzosos. La esposa de alguien tiene una aventura con su entrenador personal, así que levantas al entrenador y lo matas. O un tipo tiene una mujer que está muy buena y otro tipo la quiere, así que matas al novio para conseguirle la mujer.

“Recibía mis órdenes”, dice, “así que tenía que matarlos. Los jefes no conocen límites. Si quieren una mujer, la consiguen. Si quieren un coche, lo consiguen. No tienen límites”.

No le gusta la gente que mata por matar. No son profesionales. Los verdaderos sicarios matan por dinero. Pero hay gente que lo hace por diversión.

“Hay quien dice: ‘No he matado a nadie en una semana’. Así que van a la calle y matan a alguien. Esta gente no pertenece al mundo del crimen organizado. Están locos. Si descubres que alguien de tu unidad es así, lo matas. A los que realmente quieres reclutar son a policías o ex policías —asesinos entrenados”.


LA PLANEACION DE LA EJECUCION

Primero, los “Ojos” estudian a la víctima durante días, por lo menos una semana. Anotan su horario, cuándo se levanta, a qué hora va al trabajo, cuándo come en casa, toda su rutina doméstica es registrada por los “Ojos”. Luego, la “Mente” se encarga. Estudia los hábitos del blanco en la ciudad: su jornada laboral, dónde come, dónde bebe, qué tan seguido visita a su amante, dónde vive ella y cuáles son sus hábitos. Entre los “Ojos” y la “Mente” esbozan un horario. Después se reúne el resto del equipo, de seis a ocho personas. Dos carros de policía con oficiales y dos coches con sicarios. Escogen una calle que pueda ser bloqueada fácilmente. El timing será medido a la perfección y el golpe se hará a no más de media docena de calles de la casa de seguridad —eso es fácil porque hay muchas en la ciudad.

Agarra una pluma y empieza a dibujar. El coche líder será de la policía. Lo seguirá otro lleno de sicarios. Luego el coche de la víctima, seguido de otro de sicarios. Y al final, cubriendo la retaguardia, otro carro de policía.

Durante la ejecución, los “Ojos” observarán y la “Mente” hablará por radio.

Cuando el blanco entre en la calle seleccionada, el primer carro de policía girará para bloquear la calle, el primer coche de sicarios bajará la velocidad, el segundo coche de sicarios se emparejará junto al blanco y lo matará, y el segundo carro de policía bloqueará el otro extremo de la calle.

Todo esto debe tomar menos de 30 segundos. Uno de los hombres deberá salir de un coche para darle el “coup de grace” al blanco regado con balas. Después todos se dispersan.

El coche de los asesinos se dirigirá a la casa de seguridad para esconderse en el estacionamiento. Después, la organización se lo llevará a otro estacionamiento, lo pintará y lo revenderá en uno de sus propios lotes. Los asesinos abordarán un coche limpio en la casa de seguridad, y por lo general regresarán a la escena del crimen para asegurarse de que todo haya salido bien.

Dibuja todo esto con exactitud, cada rectángulo que representa a un coche está perfectamente delineado, y el de la víctima tiene tantas marcas de tinta verde que parece florecer de la hoja. Las flechas indican el movimiento de los vehículos. Es como una ecuación en un pizarrón.

Se recarga en la silla; en su rostro se adivina la satisfacción de un encargo bien hecho. Así es como un verdadero sicario hace su trabajo. En una ejecución ideal ningún blanco sobrevive. Si alguien del grupo resulta herido lo llevan a uno de los hospitales de la organización —“Si puedes comprar a un gobernador, puedes comprar un hospital”.

“Nunca supe el nombre de la gente con la que me involucraba”, prosigue. “Había alguien que comandaba a mi grupo, ése sabía todo. Pero si tu trabajo consiste en ejecutar gente, eso es lo único que haces. No conoces la razón ni sabes sus nombres. Podía pasar un mes en una casa de seguridad con una víctima sin dirigirle la palabra. Si me decían que lo matara, lo hacía. Lo llevábamos al lugar donde lo íbamos a ejecutar y lo desnudábamos. Lo matábamos exactamente de la forma en que nos pedían —disparo en la nuca, ácido en el cuerpo. Había veces en que estabas estrangulando a alguien y de pronto recibías una llamada —‘No lo maten’— así que tenías que saber cómo resucitarlo o si no nos mataban a nosotros, porque el de arriba nunca se equivoca”.


NIÑOS QUE FALLAN TAMBIEN LA PAGAN

Todo está contenido, sellado. Durante un tiempo usaron niños para robar coches, pero los niños, unos 40, se volvieron arrogantes, hablaban de más y vendían droga en los antros. Eso violaba el pacto que había con el gobernador de Chihuahua para mantener tranquila la ciudad. Así que una noche, hace unos 10 años, 50 policías, y como 15 miembros de la organización que tenían que asegurarse de que el trabajo se hiciera bien, rodearon a esos niños en Avenida Juárez. No fueron torturados. Los mataron de un solo tiro y los enterraron en un hoyo.

“No”, sonríe. “No te voy a decir dónde está ese hoyo”.

Me pregunta si sé algo de las casas de seguridad. “Se necesitaría un libro entero para hablar de ellas. Después de todo, yo sé que hay 600 cuerpos enterrados en las casas de seguridad de Juárez, y sé dónde están. Existe una casa de la que nunca se ha hablado donde hay 56 cadáveres. Hay un rancho en donde las autoridades encontraron dos cuerpos, pero yo sé que ahí hay 32 muertos. Si la policía realmente investigara los encontraría. Pero claro, no puedes confiar en la policía”.


MORIR DE "MALA MANERA"

“Los narcos”, me explica, “tienen informantes en la DEA y el FBI. Trabajan para los cárteles hasta que ya no sirven. Después los matan”.

Y los que informan a la DEA o al FBI “mueren de mala manera”.

“Los trajeron esposados por la espalda a la casa donde encontraron los 36 cuerpos. Mojaron unas camisetas en gasolina, se las pusieron en la espalda, les prendieron fuego y, después de un rato, se las quitaron. La piel quedó pegada a la ropa. Los dos gritaban como cerdos en el matadero. Les inyectaron algo para que no perdieran la conciencia. Después les pusieron alcohol en los testículos y se los prendieron. Brincaron tan alto… estaban esposados y aún así nunca vi a nadie brincar tan alto.

“Sus espaldas parecían piel curtida, no sangraban. Les pusieron bolsas de plástico en la cabeza para asfixiarlos y luego los revivían frotándoles alcohol en la nariz”. “Todo lo que nos decían era: ‘Nos veremos en el infierno’ .

“La cosa siguió así durante tres días. Apestaban a carne quemada. Trajeron a un doctor para que los mantuviera con vida. Querían que aguantaran otro día más.

“Empezaron a defecar sangre. Les introdujeron un palo de escoba en el ano.

“Al segundo día llegó alguien que les dijo: ‘Les advertí que esto iba a suceder’.

“‘Mátanos’, contestaron.

“Aguantaron tres días. El doctor tuvo que emplearse a fondo, los inyectaba para que no murieran. Finalmente fallecieron a causa de la tortura.

“Nunca le pidieron ayuda a Dios. Sólo gritaban: ‘Nos veremos en el infierno. Recibía órdenes de dos personas. Ellos me manejaban. Nunca sabía para qué cártel trabajaba. Entonces Vicente Carrillo estaba en guerra con El Chapo Guzmán. Pero nunca conocí a ningún jefe, así que cuando empezó la guerra en 2006, no supe para quién maté. Y las órdenes podían ser de uno o de otro. Yo vivía en una célula y simplemente recibía órdenes. En Juárez bastan 30 minutos para que 60 tipos armados y entrenados se junten en 30 coches y salgan a las calles para mostrar su poder.

“Luego, empezamos a recibir órdenes de matarnos entre nosotros”.


ENTRENADOS PARA SERVIR AL DIABLO

“La única razón por la que estoy aquí es porque Dios me salvó. Después de todos estos años estoy hablando contigo. Estoy reviviendo cosas que estaban muertas para mí. No quiero ser parte de esta vida. No quiero saber nada. Tienes que escribir esto para que otros sicarios sepan que pueden salirse. Deben saber que Dios los puede ayudar. No son monstruos. Han sido entrenados como las fuerzas especiales del Ejército. Pero nunca se dieron cuenta de que en realidad fueron entrenados para servir al Diablo”.

“Imagina que tienes 19 años y que puedes mandar llamar un avión. Me gustaba ese poder. Hasta que Dios me habló, nunca pensé que podía salir de esto. Pero aunque Dios me libere seguiré siendo un lobo. Seguiré siendo una persona terrible, pero Dios estará de mi lado”.

“Nadie, salvo los que han vivido esta vida, entenderán esta historia. Dios te dirá cómo escribirla”.

Luego nos abrazamos y rezamos. Puedo sentir su mano fuerte sobre mi hombro, buscando el poder del Señor dentro de mí.

Luego cada quien emprende su camino.