Arte
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Redacción
Publicado el miércoles, 7 de junio del 2017 a las 09:05
Fernando Galindo | Saltillo, Coahuila.- 1
Este no es un libro de poemas. No puedo verlo así. Suena frío, distante, ajeno. Este libro es una bitácora de experiencias, un confesionario de rupturas, un asidero y un naufragio. Este libro lleva aroma de robledal y salitre de ausencias. Es un poema breve y una vida profunda. Como dice el poeta: “Lenta es la vida / como la piedra / que cae por el abismo”.
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Lo que dejó tu adiós se comenzó a escribir antes de que yo conociera a Rodolfo Naró. En tantas latitudes: Tequila, Guadalajara, la Ciudad de México, Buenos Aires. Lugares que quizás ahora nos habitan con su pulso, cuando lo leemos. Conocí a Rodolfo en el taller de Guillermo Samperio a finales del siglo pasado. Escribía con pluma fuente, de acabado brillante. El trazo firme, persuasivo, diáfano. Una idea escrita con savia negra: “Arriba está la noche y yo soy el rincón de tu cansancio”. Me sorprendió su estilo pulcro, honesto y cosmopolita, como una extensión de su persona. La convivencia estrechó el lazo y extendió la amistad. Gracias a él conocí la poesía de Elías Nandino, de quien fue su discípulo; de Pedro Salinas, de Pizarnik. También me reveló las novelas de Rodrigo Rey Rosa, los trabajos historiográficos de Katz, Meyer y Garner y algunas narraciones trepidantes de cristeros y revolución.
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Este libro “es un volcán activo, una lengua de avispa, una batalla que penetra el escudo de la carne y una tregua”; es el abismo y el ascenso; los labios nómadas que de golpe vuelven. El enjambre en las entrañas y el anhelo gozoso, trémulo, “como un deseo callado”.
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Despuntado el siglo, él, Juan Pablo Vasconcelos y yo hicimos un viaje a Córdoba. Fuimos a la presentación del poemario Los Ojos de la Máscara de Vasconcelos. Al día siguiente, Juan Pablo y yo, prácticamente secuestramos a Naró, lo obligamos a acompañarnos a Xalapa.
Íbamos en la camioneta de Rodolfo, Juan Pablo conducía y en un tramo de la carretera en el que paramos a ventilar la discusión, coloqué el obturador automático de mi Canon y corrí a sentarme entre ellos. La foto nos reveló “un retrato que envejece como si también tuviera alma”.
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La poesía es melódica. La Ilíada, el poema épico de Homero, tiene rapsodias, cantos para acompañarse con melodía. La tragedia griega empezó con una alabanza, una oda, un canto a Dionisio. Luego vinieron los cantares de gesta, con sus hazañas y estridencia. El mester de clerecía, los cantos gregorianos. La poesía es música. Una llamarada que nació de un vientre de notas. Lo que dejó tu adiós es cadencia y armonía, que al leerse nos arropa en su ombligo de madera.
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En esa foto que también nos reveló una amistad sin tiempo, hay un árbol sobre un monte. Sus ramas se extienden al cielo. Lo acarician. Delante del árbol, sentados en la ladera, estamos Rodolfo, Juan Pablo y yo. Cada vez que los veo pienso en Árbol de la Vida y Árbol de la Muerte, que sigue la tradición de sus maestros, Piedra de Sol de Octavio Paz y Adán y Eva de Jaime Sabines. Detrás de este poema un pasado resucita y nos remoja en su fluir. “Manantial de vida es tu ombligo… / Busco el amanecer / y el sol no llega, la sombra del árbol / es cobijo del que siembra”.
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Lo que Dejó de tu Adiós es un libro de amor. De ese amor puro, devoto, casi religioso, propio de los místicos; de ese amor neoplatónico, aquel que se fija en la belleza del carácter, en la inteligencia, en el encuentro inexistente del amante y el amado. Pero también de ese amor violento, irreverente, cachondo, erotizado. La poesía de Naró es brutal e incisiva, poderosa, te envuelve en su hoja, te abraza y luego te arroja a la intemperie, para que te descubras vulnerable, más humano. “Yo no sabía amar, nunca, / contigo aprendí todo, / a defenderme también, / a sentir con odio”.
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La poesía de Naró también es justa, corta, punzante. Delira entre simbología carnal. No sólo destila sangre. “Aunque mates al perro, / el recuerdo de la rabia queda en su piel”.
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Lo que Dejó tu Adiós es el trabajo poético de un autor que lo mismo transita las aguas, a veces turbulentas, a veces plácidas de la lírica, que los extensas planicies de la novela. Rodolfo Naró es un romántico moderno, de un espíritu libre, que entiende al individuo como un ser guiado más por los embates de la pasión y sus pulsaciones más profundas que por los efectos de la razón. Naró es un escritor inteligente que apela al impulso vital de la emoción, del sentimiento, del instante, donde los hombres entienden que: “En el fondo del corazón / siempre hay una mujer. Donde los amantes No creen en la inmortalidad de las cosas. / Se despiden para reencontrarse”. Donde “La primavera de tus labios es apenas el comienzo”. Esa “Tierra fértil donde nace la vida / cada noche que muero dentro”.
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Lo que Dejó tu Adiós de Rodolfo Naró es la terquedad de un poeta que sabe que, detrás de cada poema hay un libro infinito que se reescribe para nosotros.
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