Hoy miércoles, al cruzar el Distrito Centro, en la ciudad capital coahuilense, la fiesta ya dejó su rastro. Confeti mojado, una matraca partida, una banderita de plástico atorada en la coladera de avenida Victoria, casi llegando a la Alameda Zaragoza. Anoche gritamos en la Plaza de Armas. Esta mañana el símbolo se ve distinto: pequeño, sucio, desechable.
Eso pensaba cuando me vino una imagen que no es de Saltillo y, sin embargo, explica mejor lo que vimos en nuestras calles. Queda lejos, en el Bajío. En Dolores Hidalgo, Guanajuato; el pueblo mismo donde nació la gesta, junto a la casa del cura Miguel Hidalgo hay una fonda que se llama China Express Huang. La atiende Chen Xiang, llegado de Cantón. Vende rollitos primavera a unos pasos del sitio donde arrancó la independencia. En la misma calle, lo que antes era mostrador mexicano ahora saca peluches, papelería y cosmética de Asia. Frente a la parroquia donde Hidalgo tocó la campana hay otra importadora de baratijas. El cocinero del local lo dijo sin adorno: los chinos están en todos lados. El de la fonda, cuando le preguntaron por la casa del cura, contestó que él no sabe nada. Doscientos dieciséis años después, la cuna convive con el comercio que la contradice. Duele más que cualquier puesto de Victoria.
Y no es solo de dónde viene la mercancía. Es ley. El artículo 3 de la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales fija cómo debe ser el lábaro: tres franjas iguales, verde, blanco y rojo desde el asta, escudo al centro, proporción de cuatro a siete. El 33 manda que lo que se vende se apegue a eso. Alterarlo es infracción. Fíjense cuántas de las que anoche se ondearon en Saltillo, Ramos o Torreón cumplen. El verde sale claro. El águila viene chueca. La tela no aguanta. No es solo lo barato. Es un símbolo fuera de norma, a la vista de todos.
Ahora el número que casi no se dice junto al ¡Viva México! Las cámaras de comercio estiman que estas fiestas dejarán en el país unos 39 mil 600 millones de pesos. El año pasado fueron 37 mil 500. Cada hogar, en promedio, se acerca a los tres mil pesos en comida, bebida y adorno. Suena a bonanza. Y lo es… para restaurantes, antros, supermercados, transporte y el concierto de turno. Lo que no crece igual es el taller. En Santa Ana Jilotzingo siguen abiertos unos treinta. Cosieron banderas desde julio. Compiten con un producto que llega hasta treinta por ciento más barato y que, no en pocos puestos, ni siquiera pasa por el comercio formal. La derrama es enorme. La pregunta es en qué bolsillo cae. Porque si el país gasta miles de millones en celebrarse y el que cose la bandera vende menos, entonces el negocio de la patria ya no es la patria: es el consumo que la usa de pretexto.
Eso nos toca de cerca. Saltillo, Ramos, Arteaga, Monclova, Torreón viven de cadenas que cruzan el mar. Lo que entra por Manzanillo y termina en un puesto del centro es primo de lo que entra a las naves. La misma lógica del costo llena las maquilas y los tendederos de banderitas. El norte no es víctima inocente del contenedor. Es cliente. Es engranaje. Nos gusta el empleo que llega de afuera y nos molesta la tela que llega de afuera, y las dos viajan por la misma razón.
Por eso esta mañana importa. Anoche hubo campana, pólvora y La Firma. Hoy el desfile va por el Carranza. Queda el águila de plástico en la rejilla y el puesto que intenta vender lo que sobró. Ahí se ve el tamaño real. No el discurso. El desperdicio.
Nadie va a fusilar a nadie por comprar lo primero que le alcanza en sus bolsillos. Pero tampoco nos hagamos tontos. Si la independencia cabe en un rollito junto a la casa de Hidalgo, en un trapo que la ley no reconoce y en una derrama que no llega a quien la cose, lo que celebramos ya no es un país. Es una costumbre. Y las costumbres, como esas banderas de quince pesos, se rompen solas al día siguiente. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org
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