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In memoriam: Recordando a John Updike

  Por Zócalo

Publicado el jueves, 29 de enero del 2009 a las 15:59


Estas son las ‘palabras previas’ de ‘El Libro de Bech’, donde el personaje le escribe una carta a su autor, John Updike

Querido John:

Si no queda más remedio que cometer la impudicia artística de escribir acerca de un escritor, más vale, creo yo, que escribas acerca de mí que acerca de ti. Sin embargo, después de leer estas páginas, dudo que traten de mí, suficientemente de mí, realmente de mí. Por ejemplo, en una primera meditación sonrojada, parezco, durante mi estancia en Bulgaria (…) una caballerosa versión de Norman Mailer; después, en Londres, los plateados mechones más me asemejan a un galante y encantador Bellow, Rey de los Magos, que a mi verdadera personalidad de tradicional y hogareño seguro servidor de usted.

Mi infancia parece inventada por Alex Portnoy, y mi ancestral pasado semeja obra de I. B. Singer. Algo de Malamud hay en mi talante capitalino, y en mis aspectos íntimos parezco un paranoico, una innoble versión de las más o menos nobles renuncias de H. Roth, D. Fuchs y J. Salinger. Sin embargo, tampoco faltan rasgos teológicos, atemorizados y aislantemente irónicos, que según mis locas sospechas, proceden de ti.

A pesar de todo, estás en lo cierto. Este monótono protagonista que baja de un avión, que murmura palabras que no acaba de creerse, que establece vagas relaciones con alguna que otra mujer, y vuelve a subir al avión, es, sin duda alguna, cierto señor Henry Becha. Hasta la aparición de esta obra tuya, breve aunque no en exceso, no ha habido revolucionario que se haya ocupado de nuestra opresión, del suave mecanismo mediante el que Norteamérica reduce a sus escritores a la imbecilidad y el conformismo.

Envidiados como los negros, considerados tan inverosímiles como los ángeles, vamos de la prostitución de la sala de conferencias a la tortura de la mesa de escritorio, para acabar perdidos entre un mar de tristes y liliputienses notas necrológicas, viejas y gastadas por los viajes en reactor, clase económica, nuestras túnicas de sacerdotes de carnaval, a tres cincuenta la docena, y honrados por las distinciones concedidas por el Club “Memo del Mes”.

Pese a que nuestro idioma degenera en los labios de los locutores de radio y televisión, (…) y a que nuestras estructuras de formas se desmoronan bajo los pies de matones de playa, sostenemos, aunque parezca increíble, con nuestros desesperados esfuerzos (…) una floreciente cultura de editores, agentes, correctores, redactores, fanáticos de la lectura del “Time”, y gentes de relaciones públicas con distintos grados de untuosidad, chic y aficiones sexuales.

Cuando pienso en cópulas, gemidos y gozosas uniones carnales entre jóvenes, ectafórmicos, supersexuados editores, por una parte, y, por otra, esbeltas y recién salida de Wellesley, licenciadas-en-lengua-y-literatura-inglesa-con-nociones-de-filosofía, recepcionistas y servidoras de café al jefe, formadas con el cincel de mis pobres páginas tachadas y retachadas, recortadas y pegadas con goma arábiga (…), siento deseos de mutilarme cual hizo el virtuoso “Orígenes”, y de gemir como un nuevo Jeremías.

Pero, gracias a Yavé, estos excelsos burdeles pronto podrán prescindir totalmente de nosotros. Ya ha llegado el momento en que el contenido de un libro importa tan poco como el contenido de esas cajas de cartón en que se vende la avena del desayuno. Todo consiste en el premio, en el lugar que el libro ocupa en la estantería, y en la cantidad de aire en la caja de avena.

En fin, carece de importancia. Tengo la seguridad de que, si sigo por este camino, no haré más que molestarle, ya que usted comenzó a leer estas líneas, “un par de palabritas a modo de prólogo”, en espera de recibir una bendición, no una maldición. (…)

Henry Bech

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