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Coahuila

Adiós, padre Paskus

Por Gerardo Hernández

Hace 5 años

Exiliado en su propio país, pues su corazón lo dejó en México, el sacerdote Leonardo Pius Paskus falleció el 7 de enero en Vaughn, Nuevo México, a los 85 años. El 11 lo sepultaron en el panteón de Pinos Wells. Lúcido y dedicado en cuerpo y alma al servicio de Dios y de la Iglesia, pudo vencer la Covid-19, pero no el cáncer, padecimiento que sobrellevó con dignidad y jamás quebrantó su espíritu. Don Leonardo es uno de los amigos que marcaron mi vida. Mucho de lo que soy y de lo bueno que pueda ser, se lo debo a él. “¿Cómo va tu periódico? ¿No te has vendido al Gobierno?”, era casi siempre su saludo inicial. Enseguida venía la risa.

Mi abuela Manuela me transmitió desde niño la fe católica y mis padres me inculcaron el respeto a los demás, la disciplina y el amor al trabajo, pero mi padre espiritual es don Leonardo. El ejemplo fue su prédica. Hombre discreto, metódico, humilde y generoso, su huella en La Laguna es imperecedera. Tocadas por su palabra, cual gota de agua sobre la roca, comunidades de San Pedro, Torreón, Matamoros y Viesca elevaron su condición de cristiana y cambiaron para ser mejores. El padre Paskus fue eso: un padre, siempre a favor de los pobres. Como San Francisco, no solo erigió templos y capillas, también, desde su ámbito, reparó una Iglesia socavada y que aún amenaza ruina.

Don Leonardo, me consta, era visto con cariño y respeto por contemporáneos suyos y ministros jóvenes en los cuales despertó la vocación sacerdotal, llama que en mí no alcanzó la suficiente altura, por discrepantes que fueran sus estilos y líneas pastorales. Pienso en Roberto García de León, a quien, nos contó a Armando Fuentes Aguirre y a mí, el obispo de Saltillo Luis Guízar Barragán le decía que era de la tribu de Isacar por la habilidad que tenía para “sacarle” dinero a los ricos. También en José Batarse Charur, encarcelado en el Gobierno de Óscar Flores Tapia por su liderazgo y participación en movimientos sociopolíticos, cuya expulsión a Chiapas, en vez de apagar su lucha por los desheredados, la avivó. Y en un tercer cura de la época del padre Paskus: José Rodríguez Tenorio, a quien se debe el santuario del Cristo de las Noas, concebido por el padre Manuel García Guajardo.

La condición de ciudadano estadunidense -en México jamás se consideró extranjero- y la falta de apoyo de algunos obispos de Torreón para arraigarlo definitivamente, lo obligaron a regresar a su país varias veces, pero siempre regresaba, si no a La Laguna, a Chihuahua, donde llegué a visitarle con mi esposa Chilo y nuestros hijos Ana Cristina y Gerardo, cuando tenía a mi cargo la dirección de Noticias de El Sol de La Laguna. Quien pudo cumplir su anhelo de terminar sus días en la comarca y de ser sepultado en su segundo refugio -el primero fue New Haven, Connecticut, donde nació- fue el obispo actual Luis Martín Barraza Beltrán, pero por alguna causa inexplicable decidió retirarlo de la parroquia de Nuestra Señora del Refugio, en Matamoros, y regresarlo a Estados Unidos. Obediente hasta el extremo, hizo la maleta y se marchó para ya no regresar nunca.

El padre Paskus fue acogido de inmediato en la parroquia de Saint Mary de Vaughn, en el condado de Guadalupe, Nuevo México. Pronto se ganó el corazón de la feligresía, igual que en los poblados y rancherías de La Laguna donde mi hermano Francisco y yo le servimos de monaguillos, lectores y catequistas. Agradezco a Dios haberme bendecido con su amistad y guía. Me quedo con su sonrisa, sus bromas, sus regaños y su música -en especial la de Puccini-. También con el recuerdo de su tía, la cual, en un viaje a New Haven que nos tomó varios días realizar en un coche con albedrío, pues le gustaba fallar en medio de las tormentas, me hacía comer avena por dos -“para que crezca saludable”-; sus charlas con su perico “Lover” y con el atardecer en la playa de New Haven donde conocí el mar por primera vez.

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