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Groenlandia: ¿Estado Libre Asociado?

Por Columnista Invitado

Hace 2 meses

POR: ÓSCAR MARIO BETETA

 

 

Como era de esperarse, Donald Trump reventó el Foro Económico de Davos con una nueva embestida de lo que ya se conoce como la “Doctrina Donroe”.

El Mandatario estadunidense recurrió a su habitual técnica de negociación que incluye amenazas directas y veladas, como la imposición de tarifas y el uso de fuerzas militares, para garantizar el acceso de Estados Unidos a Groenlandia, una isla autónoma ubicada entre América y Europa, que está bajo la Administración de Dinamarca.

Es en esa región del Ártico geográficamente estratégica en la que Donald Trump ha concentrado sus nuevas baterías, luego del fuerte posicionamiento en el tablero político mundial que obtuvo tras el derrocamiento del dictador Nicolás Maduro, en Venezuela, hace apenas unas semanas.

El Presidente de Estados Unidos dejó claro que no le bastan acuerdos de cooperación ni bases compartidas. Quiere “propiedad”, quiere soberanía y quiere que Groenlandia pase a la órbita directa de Washington.

Y aunque haya suavizado el tono al descartar, por ahora, el uso de la fuerza, su mensaje fue sin rodeos: sin control territorial pleno, Estados Unidos no está dispuesto a “defender” el Ártico.

¿Por qué Groenlandia? Porque el deshielo abre rutas marítimas, expone minerales estratégicos, tierras raras y posiciones militares clave entre Europa, América y Asia. Quien controle esa isla controla una parte fundamental del futuro energético, tecnológico y militar del planeta.

En el lenguaje crudo de Donald Trump, se trata de “no dejar que Rusia y China pongan un pie ahí”. En el fondo, es una carrera por la hegemonía del siglo XXI. Pero una anexión directa sería explosiva y prácticamente una declaración de guerra a los aliados europeos de Estados Unidos.

Por eso, en los pasillos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ya se habla de “modelos intermedios”, como lo son los enclaves soberanos, los acuerdos de cesión territorial parcial o fórmulas de estatus especial.

Aquí es donde entra una figura conocida en la historia colonial estadunidense: el Estado Libre Asociado.

Así como Puerto Rico y Guam no son estados, pero tampoco países independientes, Groenlandia podría ser empujada hacia una relación de subordinación política con bandera propia, pero sin control real sobre su política exterior, defensa y recursos estratégicos.

Sería una anexión sin llamarse anexión. Un tutelaje moderno bajo el pretexto de protección militar y desarrollo económico.

Un arreglo que permitiría a Washington instalar bases, controlar rutas, explotar minerales y proyectar poder, mientras mantiene la ficción de la autonomía local.

Groenlandia no es una excentricidad ni un capricho inmobiliario del presidente Donald Trump, sino el símbolo de un mundo que regresa a la lógica de zonas de influencia, donde la soberanía se negocia, se presiona o se compra. Y donde Estados Unidos, una vez más, busca expandirse no sólo en mercados, sino también en el mapa mundial.

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