Saltillo|Monclova|Piedras Negras|Acuña|Carbonífera|TorreónEdición Impresa
Harfuch recibe a Maru Campos en medio de tensión por presunto operativo de la CIA ¿Cazzu y Christian Nodal se reunirán en EU? Esto se sabe Lanzan pintura sobre Reza Pahlaví, el heredero del sha, durante su visita a Berlín El Papa justifica diálogo con líderes autoritarios para mejorar vidas Nicolás Larcamón cuestiona su despido de Cruz Azul: ‘Somos el club con más puntos en el año’

Zócalo

|

     

Opinión

|

Información

< Opinión

 

Nacional

La ‘segunda cuesta’ de Saltillo: propiedad industrial; fragilidad doméstica

Por JC Mena Suárez

Hace 1 mes

En febrero de 2026, Saltillo ofrece una postal contradictoria: por un lado, Coahuila mantiene su dinamismo manufacturero y nuevas inversiones asociadas a la integración de la cadena de suministro con Norteamérica; por otro, las calles exhiben letreros de “Se vende” y “Se renta”, comercios con ventas débiles después del día 15 y hogares con cortes de luz por recibos no pagados o no consultados en plataformas digitales.

No es sólo percepción: el consumo privado se ha moderado y el costo del crédito sigue siendo elevado. Lo que alguna vez fue la “cuesta de enero’”, hoy se extiende como una segunda cuesta que desnuda un problema mas profundo: la fragilidad financiera de las familias en un entorno de inflación persistente en alimentos y servicios.

La tesis es incómoda, pero necesaria: la Región Sureste vive un crecimiento de enclave. La riqueza se ensambla en parques industriales, pero no siempre se ancla en el bienestar cotidiano del trabajador promedio. El PIB manufacturero puede expandirse, pero si el valor agregado no se traduce en salarios reales sostenidos y capacidad de ahorro, el consumo local se contrae.

Aquí emerge la brecha de productividad: la distancia entre lo que produce un trabajador y lo que efectivamente percibe en términos reales. Cuando esa brecha se amplía, el crecimiento macroeconómico convive con una economía doméstica tensionada. El riesgo que pocos quieren ver es que la estabilidad industrial no inmuniza a la ciudad contra una crisis de liquidez familiar.

El primer catalizador es el costo del dinero. Con tasas de referencia aún en terreno restrictivo, el crédito al consumo -particularmente las tarjetas- se encarece. Tras el ciclo de gasto que inicia en el Buen Fin y culmina el 14 de febrero, el pago mínimo se convierte en una trampa de deuda revolvente. Después del día 15, el flujo de cada uno de los hogares se ajusta abruptamente y el comercio lo resiente.

El segundo factor es la inflación en servicios y alimentos. Comer fuera pasó de 150 a 200 pesos o más; una rosa ronda los 25 pesos; un chocolate sencillo, 20 o 25. No son cifras anecdóticas: representan una contracción del salario real. Cuando el gasto cotidiano absorbe una mayor proporción del ingreso, el margen para ahorro o amortización de deuda desaparece.

Tercero, la fricción administrativa en servicios básicos. La digitalización de recibos sin acompañamiento suficiente genera omisiones involuntarias. El resultado son medidores desconectados y costos adicionales por reconexión. Más que indisciplina individual, hay una brecha de habilidades y acceso.

Saltillo y Ramos Arizpe son referentes del nearshoring. La integración de la cadena de suministro -es decir, la conexión eficiente entre proveedores, ensambladoras y mercados finales- ha fortalecido la base industrial. Sin embargo, la transmisión de esa fortaleza hacia el consumo local es incompleta.

Cuando el consumo privado se debilita, el sector servicios -restaurantes, comercio minorista, pequeños negocios- sufre primero. La proliferación de locales en renta es un indicador adelantado de desaceleración. Además, se observa migración hacia Monterrey o Estados Unidos en búsqueda de mejores condiciones netas de ingreso. No se trata sólo de empleo, sino de poder adquisitivo efectivo.

Comparativamente, economías que han invertido en forma sistemática en alfabetización financiera reducen la morosidad y fortalecen la resiliencia ante choques de precios. Entender interés compuesto, presupuesto base cero y fondo de emergencia no es teoría académica, es infraestructura social.

El optimismo industrial sostiene que nuevas inversiones compensarán la debilidad del consumo. Es posible que la demanda externa mejore y sostenga exportaciones. Sin embargo, incluso con flujos robustos de inversión extranjera directa, el bienestar urbano depende de la salud financiera de los hogares.

Responsabilizar únicamente al consumidor será simplista. La disciplina individual es necesaria, pero no suficiente. Sin educación financiera desde etapas tempranas y sin políticas que faciliten el ahorro formal, el ciclo de gasto impulsivo y ajuste abrupto se repetirá cada año.

La “segunda cuesta” de 2026 es una advertencia. Saltillo no carece de talento, carece de colchón financiero en demasiados hogares. Si en el próximo trimestre el consumo en servicios no se estabiliza, la presión sobre el empleo local aumentará, incluso con manufactura sólida.

La salida exige acción coordinada: educación financiera obligatoria y práctica, programas empresariales de participación en ganancias y mayor acompañamiento en la transición digital de servicios públicos. La prosperidad industrial no puede sostenerse sobre hogares insolventes. En economía, como en la vida, la regla es simple: mídete, o si no, te miden.

 

Más sobre esta sección Más en Nacional

Hace 9 horas

Una estrella para México

Hace 9 horas

Los libros y el amor

Hace 9 horas

Cashless: el experimento que pone a prueba el sistema de pagos en México