Arte

Publicado el lunes, 21 de septiembre del 2026 a las 05:10
Saltillo, Coah.- Gran parte de la existencia del poeta Gerardo Montoya (Monterrey, 1964) se vio cruzada por los bits de información que conformaron su persona digital, el teclado y el ratón con el que navegaba por ese océano de datos y la pantalla por donde accedía al mismo. Eso le dio un lenguaje personal en el que lo técnico de la máquina se mezclaba con su forma de ver el mundo.
De ahí que un libro como Papá Paki (Editorial Aquitania Siglo XXI, 2026), definido como “un artefacto lírico: una autoetnografía de la fragilidad masculina en la era de la uberización global”, por el sello, pueda entenderse como “un glitch” en su lenguaje. Un libro que aborda, precisamente, el crecimiento de un niño, la fractura de una familia y la reflexión de un hombre que se pregunta qué y quién es.
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Mis libros anteriores están muy cargados de tecnicismos, o sea, porque me interesaba mucho el cruce entre tecnología y política. Por eso usé mucho. Pero la consigna de este libro tenía que ver con poner el foco en lo emocional, en las relaciones casi arquetípicas como padre-hijo, o momentos y situaciones arquetípicas como el enamoramiento o la separación”, apunta el poeta a Zócalo en entrevista.
Aún así, Montoya añade que Papá Paki también ahonda en lo personal por medio de “viñetas de identidad contemporáneas, pero que a la vez están globalizadas. Entonces, la intención de este libro partió de procurar un contrato de lectura en el que fuera más sencillo interpelar al lector de un lugar donde me sentía yo incómodo”, agregó.
Para el fundador de La Diáspora Taquera, esa zona de “inconfort” es, más que un espacio, un tiempo: el ahora. Ya que apunta que este libro captó lo que sucedió en un tiempo vertíginoso de tres meses de escritura.
Para Montoya, esos juegos de su vida real con la imaginación convirtieron este libro en “ficción documental”, transformándolo así en un registro de las obsesiones literarias que lo llenaron en ese momento y que ahora muestra al lector.
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La metodología fue que el libro no se fuera hacia el pasado, digamos, como si fuera algo congelado, sino más bien tratar de establecer una conversación del presente con ese pasado. Por eso el libro arranca preguntándole a mis hijos sobre qué se acuerdan de cierta época, y ellos me van tirando temas y yo armo un itinerario de libro.
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No se trataba tanto de armar una estructura de proyecto, sino de ir armando un lego con las piezas que iba encontrando, que iban apareciendo de ese tiempo pero en este diálogo con el presente. En algún sentido a nivel personal me sirve para revisitar, acomodar, desde la tristeza o desde la alegría, con ciertas cuestiones anecdóticas que están distorsionadas, amplificadas, porque el libro no se trata tanto de un trabajo de fidelidad sobre lo vivido sino con respecto a lo escenográfico, por eso me parecía importante meter el inicio de la pandemia como parte de las situaciones que trabaja el libro, porque siento que ahí hay una cosa de que está bueno dejar registro, no desde el shock, sino más bien desde lo descriptivo”, apunta.
De ahí que Papá Paki se convierta en un compendio de relaciones que se fracturan, paradójicamente, por la cercanía pero también por la distancia. De amores que nacen y crecen y se marchitan, de caminatas y viajes en coche que refuerzan la compañía de padres e hijos, pero también de las huellas que los recuerdos dejan en cada uno con “postales de una época en el que la guerra vivida fue en el espacio que todos compartimos a nivel personal. A mí el libro me ayudó a acomodar lo vivido en ese tiempo”, concluyó.

A LEER:
Papá Paki
De Gerardo Montoya
Aquitania Siglo XXI, 2026
188 páginas
343 pesos
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