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Coahuila

Aprender a respetar y a respetarnos

Por Irene Spigno

Hace 3 años

En las últimas semanas hemos sufrido, en muchos países del mundo, una fuerte ola de calor. Es una señal del cambio climático que se está manifestando desde hace mucho tiempo. Muchas personas se “sordearon”, pensando que al final no se iban a generar cambios tan relevantes que pudieran afectar nuestras vidas cotidianas.

Muchas otras personas se alarmaron, quizás exageradamente, debido a las preocupaciones por los impactos que estos cambios pueden llegar a tener en el medio ambiente y, por consiguiente, en nuestras vidas.

Entre “sordearse” y alarmarse hay una vía intermedia, un punto de equilibrio. Es tomar conciencia de una situación que está cambiando, de una realidad que se está transformando y a la que nosotros, de alguna manera, contribuimos.

Sí, cada uno de nosotros es cómplice de los cambios que se dan en un nivel macro-global. Cada acción que tomamos en nuestra cotidianidad, por pequeña e insignificante que parezca, puede generar un impacto, aunque sea mínimo, en el entorno que nos rodea. Muchas acciones pequeñas que generan impactos mínimos cambian grandes realidades.

La naturaleza tiene tiempo diciéndonoslo. Pero, como por mucho tiempo, la ignoramos y preferimos no escucharla para no asumir nuestras responsabilidades, ahora nos está gritando en la cara todo el mal que le hicimos y le seguimos haciendo.

¿Le suena a algo conocido? Todos nosotros, en algún momento de nuestras vidas, nos enfrentamos a algo doloroso. La vida no siempre es sencilla: existen enfermedades, problemas económicos, lutos, y muchas cosas más que nos pueden generar sufrimiento. Y muchas veces nuestro sufrimiento deriva de cargas que ni siquiera nos pertenecen de manera directa ya que las heredamos de nuestras familias, a través de los linajes maternos y paternos.

Son cargas emocionales y heridas que aparentemente no son visibles. Sin embargo, también las heridas del alma son sangrientas. Solo que la sangre de las almas no es roja: es energética, pero duele y quizás mucho más de las heridas físicas.

Las reacciones que podemos tener cuando algo o alguien nos lastima pueden ser muy distintas: podemos simplemente no decir nada y encerrarnos en nosotros mismos, podemos llorar, gritar, enojarnos, reclamar, etc.

Hay accidentes de la vida que no se pueden evitar, como algunas enfermedades o pérdidas de personas queridas. Pero la mayoría de las veces le damos el poder a los demás de hacernos sufrir y de quitarnos nuestra paz interior y tranquilidad.

En estos casos no existen vacunas que nos protejan. Existen muchas situaciones y contextos que cada día nos llevan a espacios relacionales donde nos atacan, insultan, ofenden, maltratan, desprecian y utilizan. Y esto nos hace sufrir porque no nos valoramos lo suficiente, no sabemos poner límites de manera sana y desde el amor hacia nosotros mismos.

Tal vez, muchas veces dejamos pasar ciertas cosas, normalizándolas bajo el argumento que así es la vida y que las personas en realidad no nos quieren hacer daño. Y quizás es relativamente más sencillo poner límites en espacios y situaciones o con personas con las que no tenemos un vínculo emocional profundo.

Pero las cosas se complican mucho más cuando las personas que más nos hieren son parte de nuestra familia, amistades o pareja o en aquellos espacios que en realidad deberían ser nuestros refugios seguros y nuestro hogar.

Y si ni siquiera nos damos cuenta del daño que le estamos haciendo a la naturaleza que amamos y que nos da todo lo que necesitamos para sobrevivir (agua, aire, fuego y tierra), ¿cómo podemos hacer para darnos cuenta del daño que –aun involuntariamente– le generamos a las personas que amamos?

Y desde diferente perspectiva ¿cómo podemos hacer para “protegernos” del daño que –aun involuntariamente– nos hacen las personas que dicen querernos?

La respuesta es muy sencilla y se puede resumir en una palabra: respeto. Es lo que nos está pidiendo a gritos la naturaleza y lo que nosotros les debemos dar y exigir a los demás.

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