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Babel

Por Columnista Invitado

Hace 2 meses

Por: Jorge Suárez Vélez

Con motivo del tercer aniversario de la victoria de López Obrador en las urnas, he tenido algunas conversaciones (o intentos de) con sus partidarios. Me queda claro que, como en Babel, hablar idiomas mutuamente ininteligibles vuelve cualquier construcción imposible.

Para quienes criticamos al Presidente, son evidentes su ineptitud, falta de objetivos coherentes y el despilfarro de recursos escasos en proyectos absurdos. Sus seguidores lo creen víctima de poderosos intereses nacionales y extranjeros y de décadas de destrucción “neoliberal”, imposible de subsanar en un sexenio. Para los primeros, lo que había –sin ser ideal– tuvo logros rescatables. Para los últimos, todo estaba mal de origen, y eso justifica priorizar destruirlo.

Quizá ambos bandos pequemos de un maniqueísmo peligroso. Unos no creemos a AMLO capaz de logro alguno, que no provenga de nuestro vecino o de aleatoriedad afortunada. Otros creen que los gobiernos previos, en sociedad con élites malignas y voraces, crearon intencionalmente un ambiente de explotación y pobreza, buscando su propio beneficio.

Las etiquetas confunden. Llamar neoliberales a los gobiernos pasados es harto impreciso. La inclusión de México en el TLCAN, hace casi 30 años, es de los pocos elementos que inyectaron alguna dosis de neoliberalismo en una parte del país. Esta fomentó formalidad, la creación de nuevas empresas, empleo formal y un nivel de vida muy superior al del sur del país, donde el neoliberalismo ni se asoma.

El neoliberalismo nada tiene que ver con la corrupción o falta de estado de derecho que nos azotan. De hecho, quizá la mayor contribución para México por participar en el bloque comercial norteamericano, fue la posibilidad de que inversionistas nacionales y extranjeros tuvieran, por primera vez, reglas claras, no susceptibles a caprichos sexenales, y acceso a árbitros internacionales imparciales. Eso detonó inversión y nos volvió una potencia exportadora competitiva con países industrializados.

En verdad no entiendo por qué negamos esos logros. ¿Por qué no construimos pragmáticamente sobre lo alcanzado? No destruir nos dejaría concentrar recursos y esfuerzos en resolver los graves problemas de justicia, pobreza y desigualdad. Es cierto que lo que había no era perfecto, pero los números no mienten. No hay indicador alguno en el cual México no esté sustancialmente mejor hoy que hace 30 años.

Pero quizá es más fácil ver en otro país el argumento que intento. Sin duda, la economía más neoliberal del continente es la de Chile. Usando como referencia una columna de Axel Kaiser, analista chileno, el ingreso per cápita de los chilenos se cuadruplicó a 23 mil dólares entre 1975 y 2015, es el más alto en América Latina. La pobreza se redujo de 45% en 1980 a 8%, la esperanza de vida aumentó de 69 a 79 años, la clase media pasó de 23.7% de la población en 1990 a 64.3% en 2015, y la pobreza extrema bajó de 34.5% a 2.5%. El acceso a educación se multiplicó por cinco, y el quintil más bajo vio su acceso a educación superior multiplicarse por ocho. Entre 1990 y 2015, el 10% más rico creció 30% y el 10% más pobre 145%. Según la OCDE, en 2017, Chile era el país con mayor movilidad social; 96% de los chilenos tienen refrigerador, 93% lavadora y 48% automóvil.

A pesar de todo, el país más exitoso de nuestra región ha decidido “suicidarse”, en palabras de Kaiser: “destruir la institucionalidad… que lo hizo referente regional”, “cultivando un estado depresivo… un discurso público flagelante que se negó a reconocer el progreso conseguido, demonizando al mercado, a los empresarios, al lucro y a los principios que los sacaron de la mediocridad que históricamente los caracterizó”.

No sé si los partidarios de AMLO aplauden la destrucción de logros previos por dogmatismo o ignorancia. Si creen que todo aquel que se les opone busca proteger privilegios o beneficiarse a costa de otros, cualquier destrucción, incluso la de nuestra democracia, se justifica. Dadas nuestras limitaciones económicas, demográficas y educativas, demoler todo lo que había garantiza que reconstruir sea imposible.

 

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