Saltillo
Publicado el lunes, 16 de junio del 2025 a las 04:00
Saltillo, Coah.- No hay globos, ni filas interminables en restaurantes. Tampoco hay reservaciones anticipadas ni arreglos florales desbordando los mostradores. El Día del Padre, a diferencia del Día de la Madre, tiene un tono más discreto, más casero… más del barrio. Es otra cosa.
Este domingo, mientras el calor abrasa desde temprano, los patios de muchas casas del sur de Saltillo empiezan a llenarse de humo. No es incendio: es ritual. El carbón cruje, las brasas se encienden y el silbido de la cerveza al destaparse marca el inicio de una jornada que poco tiene que ver con centros comerciales y sí mucho con la esencia del compadrazgo.
“ Nosotros no queremos regalos caros ni cenas elegantes, queremos carne asada, los amigos de siempre, música, y sobre todo, que nos dejen estar tranquilos”, dice entre risas don Ramiro, padre de tres y abuelo de dos, mientras voltea una costilla sobre la parrilla.
‘Hoy es más relajado’
En la banqueta hay sillas de plástico, hieleras rebosantes y niños correteando entre los adultos. El ambiente es familiar, informal y relajado. Lo más lejos de un festejo protocolario. Aquí el afecto se demuestra compartiendo una cerveza helada, o sirviendo el primer taco recién asado al papá de la casa.
“ No es como el Día de la Madre”, comenta Lalo, hijo mayor de don Ramiro, mientras le da un trago a su bebida. “Ese día todos andamos corriendo, buscando dónde llevarla a comer, qué regalarle, que no falte el pastel ni las flores. Hoy no. Hoy es más relajado. Más de estar juntos, sin presiones”.
Sin protocolo
Y mientras el sol cae, y las luces se encienden poco a poco, el Día del Padre se diluye entre anécdotas, humo de asador y canciones norteñas. Sin mariachi ni ramos de rosas, pero con cariño, respeto y una que otra carcajada fuerte que retumba en la cuadra.
Así es como muchos papás prefieren pasar su día: sin protocolo, pero con sabor.
Es mejor en casa
Y es verdad. Si uno recorre la ciudad verá los restaurantes medio vacíos. Algunos apenas con un par de mesas ocupadas, nada que ver con el lleno total del 10 de mayo. El Día del Padre, dicen muchos, no tiene ese mismo peso social. Pero en cada casa, en cada jardín con asador, en cada reunión improvisada, hay una celebración silenciosa que no pide reconocimiento, pero que se siente genuina.
Ahí están los tíos, los primos, los compadres. Hablando de futbol, de política, de historias viejas que ya se contaron mil veces pero siempre arrancan risas. Las mujeres, también presentes, platican aparte o ayudan en la cocina. No es machismo, dicen ellos, es tradición, un código no escrito que rige estos días de convivencia.
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