AMIGA: “¿Cuál es el secreto para lograr la armonía?”.
DOÑA CONSUELO: “A veces quedarme callada, no decir todo lo que estoy pensando”.
A veces las cosas más valiosas vienen en paquetes chiquitos.
Porque te cuento que así respondió ya hace muuucho tiempo doña Consuelo Lagüera Zambrano a la pregunta de una amiga.
Lo sé de primera mano, me lo contó alguien cercano a la familia.
No extraña la sabiduría de doña Consuelo, que junto con su esposo don Eugenio Garza Sada fundaron empresas e instituciones que representan la grandeza de México en general y de Monterrey en particular.
Según lo que me contaron, doña Consuelo se refería a la armonía familiar, donde muchas veces la prudencia debiera ser la mejor consejera.
Pero en realidad su dicho tiene una aplicación mucho más amplia.
Sobre todo hoy que vivimos en la era más parlanchina de la historia. Las redes sociales y los influencers nos han convertido en una sociedad que valora más la cantidad de palabras que la calidad de las mismas.
Por eso vivimos atiborrados del ruido incesante de una verborrea insulsa que en el mejor de los casos aturde y en el peor lleva al precipicio.
Particularmente cuando el parlanchín es un líder (o lideresa) poderoso(a) que tiene malas ideas y que, en lugar de escuchar y rectificar, prefiere hablar para arrastrar a su organización (o país) a lugares no deseados.
Yo, como doña Consuelo, propongo otra cosa.
Si no se tiene mucho que decir, es mejor callar.
Si el cerebro está lleno de excremento, es mejor limpiarlo antes de opinar.
Aquí alguna vez te platiqué sobre un sabio chiste del comediante escocés Craig Ferguson: “He identificado tres preguntas que siempre deben hacerse antes de hablar”.
1. ¿Se necesita decir esto?
2. ¿Necesito decirlo yo?
3. ¿Necesito decirlo ahora?
¡Buenísimas!
Son cuestionamientos en serie. Es decir, al responder “SÍ” a una pregunta, pasas a la que sigue. Pero al contestar “NO”, párale.
Mejor calla.
Ferguson remata: “Me tomó tres matrimonios aprenderlas”.
Ja, ja, ja…
Geniales y simples.
Adaptando el concepto, te propongo otras tres preguntas a contestar antes de opinar sobre lo que sea:
a) ¿Conozco bien la materia?
b) ¿Escuché y reflexioné sobre lo que otros han dicho?
c) ¿Estoy tranquilo y relajado?
Pues sí, porque el que opina sin saber no habla, sino rebuzna. El que pontifica y ordena sin escuchar y reflexionar no avanza, sino tropieza. Y la ira u otras emociones fuertes son pésimas consejeras.
Seis preguntitas que bien pueden ser método de vida.
Hombre, ojalá lo fueran para tantos y tantos políticos en México y el mundo. Ah, y también para muchos jefes pluma blanca en las empresas.
Dos precisiones adicionales importantes:
* Todos tenemos áreas débiles, nadie es experto en todo. Conócelas y refuérzalas. Rodéate de expertos, aprende de ellos y déjalos hablar y actuar por ti cuando se pueda.
* Si no estás seguro, compra tiempo. Sobre todo en cosas importantes, en asuntos con consecuencias de peso. Sobre todo si tienes enfrente a un experto poderoso. En esos casos investiga, prepárate y alista bien palabras y acciones.
Sabiduría pura, para apuntar y poner en práctica.
Cierro con un consejo universal: por algo Dios nos dio dos orejas y una boca. Para escuchar dos veces más (al menos) de lo que hablemos.
El que sólo habla no escucha. El que no escucha no aprende. Y el que no aprende cae una y otra vez, y a veces tropieza hasta con la misma piedra.
Por eso a veces es mejor callar.
Callar por prudencia y para conservar la armonía.
Callar para escuchar al que sabe.
Callar para enriquecer la perspectiva propia.
Callar para encontrar mejores alternativas.
Callar para poder transformar lo que sea, pero para bien.
Callar para ajustar cuando se necesite ajustar.
Callar para que al hablar generes valor y no dolor.
Sin duda, a veces callar es mejor.
Shhh…
Posdata. Presidenta, ¿no le parece buena idea este consejo de doña Consuelo?
En pocas palabras…
“El silencio es un gran amigo que nunca traiciona”.
Confucio
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