Coahuila
Por Ramón Rocamontes
Hace 1 semana
El árbitro hace sonar el silbato final. La competencia termina, pero para algunos deportistas lo más difícil comienza precisamente en ese momento.
En el vestidor, un jugador repasa mentalmente la oportunidad que dejó escapar. El entrenador analiza una decisión táctica y, desde las gradas, los padres comentan la actuación de sus hijos. Minutos después, el teléfono comienza a vibrar: llegan fotografías, estadísticas, felicitaciones y críticas. Una actuación completa puede quedar reducida a un error de pocos segundos.
El deportista ya abandonó la cancha, pero su rendimiento sigue siendo evaluado.
Durante mucho tiempo, la preparación deportiva se concentró en lo que sucedía antes y durante la competencia: entrenar, desarrollar habilidades, controlar las emociones y tomar decisiones bajo presión. Hoy debemos considerar un escenario adicional: la exposición permanente del rendimiento en redes sociales y medios digitales.
Desde la Psicología del Deporte surge una pregunta fundamental: ¿estamos preparando a nuestros deportistas para competir o también para afrontar lo que sucede después de competir?
El error que dura más que el partido
Recordamos las buenas actuaciones, pero también podemos quedarnos atrapados en aquello que no salió como esperábamos. Cuando los pensamientos, las imágenes de una jugada o las preocupaciones regresan una y otra vez, pueden dificultar la recuperación emocional y la concentración en futuras competencias.
Imaginemos a un joven futbolista que participa en una final importante. Durante el encuentro recupera balones, colabora con sus compañeros y cumple con las indicaciones de su entrenador. Sin embargo, en los últimos minutos falla una oportunidad clara de gol y su equipo pierde.
Sus padres le recuerdan que cuenta con su apoyo y el entrenador le explica que habrá tiempo para analizar lo sucedido. No obstante, esa noche encuentra el video de la jugada en redes sociales. Lee comentarios, discusiones y burlas. Aunque nadie le exige responder, siente la necesidad de justificarse y demostrar que la próxima vez será diferente.
La jugada dura unos segundos; la conversación digital puede prolongarse durante días.
Las redes sociales también permiten compartir logros, recibir apoyo y fortalecer comunidades deportivas. El problema aparece cuando cada comentario adquiere demasiado peso en la percepción personal del atleta.
Una publicación no conoce todas las horas de entrenamiento, las circunstancias tácticas ni las decisiones que condujeron a una jugada. Muestra una parte de la historia, no necesariamente su totalidad.
Por eso, es importante ayudar al deportista a distinguir entre una observación útil para mejorar y una opinión que no merece convertirse en una valoración definitiva de sus capacidades.
Cuando el resultado se convierte en identidad
En el deporte de alta competencia, los detalles importan. Una decisión puede definir una clasificación, una marca puede abrir oportunidades y una actuación puede influir en la continuidad dentro de un equipo.
La exigencia, bien orientada, ayuda a corregir errores y buscar la excelencia. La dificultad aparece cuando evaluar el desempeño se convierte en juzgar a la persona.
No es lo mismo pensar “me equivoqué en una jugada” que concluir “soy un mal jugador”. La primera interpretación permite analizar lo sucedido; la segunda transforma un error específico en un juicio general sobre uno mismo.
Cuando el atleta entiende los errores como información para mejorar, puede reconocer sus responsabilidades y preparar nuevas alternativas. En cambio, cuando siente que cada equivocación amenaza su identidad, puede quedar atrapado en la vergüenza, la preocupación por las opiniones ajenas o la necesidad de demostrar constantemente su valor.
Esto se vuelve más complejo cuando el reconocimiento depende casi exclusivamente de los resultados. El deportista recibe felicitaciones cuando gana, pero puede experimentar silencio o críticas cuando pierde.
Desde la Psicología del Deporte debemos establecer una distinción esencial: el rendimiento se evalúa, pero el valor de una persona no puede reducirse a una estadística, una medalla o un marcador.
Un atleta puede tener una mala competencia sin dejar de ser comprometido. Puede perder una final sin que desaparezcan sus capacidades. Aprender esta diferencia no disminuye la ambición competitiva; permite sostenerla sobre una base más saludable.
En la escuela, la competencia no termina en la cancha
En el deporte estudiantil, los jóvenes deben responder a dos escenarios que se influyen mutuamente: el académico y el deportivo.
Pensemos en una estudiante universitaria que participa en un campeonato después de semanas de combinar entrenamientos, clases, trabajos y evaluaciones. Tras una competencia complicada, regresa a casa decepcionada y encuentra en redes sociales las medallas y celebraciones de otras deportistas. Comienza a comparar sus resultados y a cuestionar su propio desempeño.
Al día siguiente debe regresar al salón de clases, entregar un trabajo y preparar un examen. Sin embargo, parte de su atención continua ocupada por lo sucedido durante el fin de semana.
El estudiante-deportista no vive en compartimentos independientes. Las preocupaciones de una competencia pueden acompañarlo al aula, del mismo modo que las dificultades académicas pueden afectar su concentración durante el entrenamiento.
Por eso, entrenadores, docentes y familias necesitan ir más allá de preguntas como ¿ganaste? o ¿qué lugar obtuviste?. También pueden preguntar: ¿qué aprendiste?, ¿qué puedes mejorar?, ¿qué decisiones tomaste correctamente?, ¿qué necesitas ajustar para la próxima ocasión?
No se trata de restarle importancia al resultado, sino de convertirlo en una oportunidad de aprendizaje y reconocer que el proceso también importa.
Del vestidor al ámbito laboral
La relación entre rendimiento e identidad no desaparece cuando termina la carrera deportiva. Puede trasladarse a otros ámbitos de la vida.
Una persona acostumbrada a medir su éxito mediante resultados y reconocimientos puede sentir, en el trabajo, que necesita demostrar permanentemente su competencia. Una presentación que no sale como esperaba, una evaluación desfavorable o un proyecto que no alcanza sus objetivos pueden convertirse en experiencias difíciles de procesar.
Las redes sociales también favorecen las comparaciones al mostrar ascensos, reconocimientos y proyectos exitosos, mientras dejan fuera buena parte de las dificultades cotidianas.
Aquí encontramos una conexión entre la Psicología del Deporte y la vida laboral: aprender a establecer objetivos, aceptar retroalimentación, corregir errores y perseverar resulta útil tanto dentro como fuera de la competencia.
Sin embargo, estas habilidades deben acompañarse de la capacidad de reconocer límites, descansar y separar el desempeño de la identidad personal. Una persona no necesita estar en su mejor nivel todos los días para ser competente, ni recibir reconocimiento permanente para que su trabajo tenga valor.
La madurez consiste también en aprender a responder a una evaluación sin permitir que determine por completo nuestra percepción de nosotros mismos.
¿Cómo se aprende a cerrar una competencia?
No podemos controlar todas las opiniones ni impedir que los resultados se hagan públicos. Lo que sí podemos trabajar es la manera en que los interpretamos.
Primero, conviene distinguir entre competir y analizar lo sucedido. Después de una derrota, el deportista puede sentirse frustrado o decepcionado. Revisar repetidamente los comentarios digitales en ese momento quizá no le ayude. Tomar distancia del teléfono puede facilitar que recupere la perspectiva.
Segundo, es necesario evaluar el rendimiento con criterios claros: ¿qué decisiones fueron acertadas?, ¿qué aspectos necesitan trabajo?, ¿qué dependía de mí y qué estaba fuera de mi control? Estas preguntas transforman una experiencia emocional en información útil para el entrenamiento.
Tercero, hay que distinguir entre una crítica constructiva y una opinión que busca ridiculizar. Escuchar una observación fundamentada favorece el crecimiento; aceptar cada comentario como una verdad indiscutible puede generar desgaste.
Finalmente, debemos recordar que el descanso y la convivencia también forman parte de la preparación. Los deportistas necesitan espacios para estudiar, compartir con sus familias y disfrutar otras actividades sin que cada momento se convierta en una demostración de rendimiento.
Los entrenadores pueden promover conversaciones sobre la exposición pública, el uso responsable de las redes y la importancia de corregir sin humillar. Las familias, por su parte, pueden ofrecer un apoyo que no dependa exclusivamente de ganar o perder.
Si el malestar persiste e interfiere con el descanso, los estudios, las relaciones o el entrenamiento, es importante facilitar el acceso a profesionales de la salud mental.
El partido termina. La formación continúa
El deporte siempre tendrá espectadores, evaluaciones y resultados. No necesitamos eliminar esa realidad para formar atletas psicológicamente preparados; necesitamos enseñarles a convivir con ella sin entregar a la opinión pública el control absoluto de su autoestima.
Un campeonato puede definir una clasificación, una estadística puede ayudar a evaluar el rendimiento y una crítica puede señalar un aspecto por mejorar. Pero ninguno de estos elementos explica por completo lo que una persona es.
El mismo aprendizaje acompaña al estudiante que regresa al aula después de una derrota y al profesional que enfrenta una evaluación desfavorable: podemos revisar lo que hacemos, corregir nuestros errores y buscar mejores resultados sin convertir cada experiencia en un juicio sobre nuestra identidad.
El partido termina. Las opiniones pueden continuar. La siguiente competencia llegará.
La pregunta es si permitiremos que cada comentario decida cuánto valemos o si aprenderemos a utilizar incluso las experiencias difíciles para seguir creciendo.
Formar deportistas no consiste únicamente en enseñarles a ganar. También significa prepararlos para interpretar lo que sucede cuando pierden, cuando son cuestionados y cuando deben volver a empezar.
Y esa formación, a diferencia de cualquier marcador, no termina con el silbatazo final.
¡Nos vemos en la próxima!
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