La verdadera revolución no es que un juez pueda ordenar una pensión para un perro o un gato. Lo que está cambiando es la definición misma de familia. México comienza a reconocer legalmente una realidad social que hace apenas unas décadas parecía impensable: millones de hogares consideran a sus animales de compañía parte del núcleo familiar, con derechos, responsabilidades y vínculos afectivos que trascienden la propiedad.
Todavía recuerdo una escena de mi infancia. Corrían los años 50. Esperaba el camión bajo la lluvia en la calle Altavista, en San Ángel. De pronto pasó un vehículo lleno de perros de raza, acompañados por dos cuidadores. Mientras nosotros seguíamos empapándonos, alguien comentó entre risas: “Quién fuera perro.” Aquella frase era una ocurrencia. Hoy, más de 70 años después, pareciera haberse convertido en una reflexión social.
No porque los perros vivan mejor que las personas, sino porque la sociedad cambió profundamente.
La noticia que ha llamado la atención en las últimas semanas gira en torno a resoluciones judiciales donde, tras un divorcio o separación, un juez puede determinar quién conserva la custodia de un perro o un gato y quién deberá asumir parte de los gastos para su manutención. Para muchos resulta una exageración. Para otros representa un avance civilizatorio.
Sin embargo, ambos enfoques dejan escapar el verdadero fenómeno.
Lo que estamos presenciando es el nacimiento jurídico de las familias multiespecie.
Durante generaciones, el Código Civil trató a los animales domésticos como bienes semovientes. Jurídicamente, un perro ocupaba el mismo nivel que un automóvil, un refrigerador o una mesa. Hoy esa visión comienza a modificarse porque la ciencia y la sociedad reconocen que los animales son seres sintientes y que, dentro de millones de hogares, desempeñan un papel afectivo que rebasa cualquier concepto patrimonial.
No se trata únicamente de quién compró al perro, sino de quién garantiza su bienestar.
Y ese bienestar ya no se limita a proporcionar alimento y agua.
Hoy hablamos de atención veterinaria especializada, vacunas, esterilización, alimento premium, estética canina, juguetes, guarderías, hoteles para mascotas, paseadores, camas ortopédicas y hasta platos de acero inoxidable porque el plástico puede afectar su salud. Lo que antes era considerado un lujo hoy forma parte del presupuesto habitual de miles de familias.
Algunos podrán considerar excesiva esta tendencia. Es una discusión válida. La línea entre proteger a los animales y humanizarlos en exceso merece un debate serio. Pero otra cosa muy distinta es negar la transformación social que ya ocurrió.
Las nuevas generaciones tienen menos hijos, postergan el matrimonio o deciden no formar una familia tradicional. En ese contexto, perros y gatos ocupan un espacio emocional diferente al que tenían hace medio siglo. Para millones de personas dejaron de ser mascotas para convertirse en compañeros de vida.
Paradójicamente, esta transformación también invita a una reflexión incómoda.
Mientras muchos adultos mayores sobreviven con pensiones insuficientes después de toda una vida de trabajo, la sociedad discute cómo garantizar el bienestar económico de los animales durante un divorcio. No son debates excluyentes; ambos hablan de una misma pregunta: ¿cómo protegemos a quienes dependen de nosotros?
La respuesta dice mucho sobre el país que estamos construyendo.
Quizá dentro de otros 50 años alguien lea estas discusiones con la misma sorpresa con la que hoy recordamos aquel comentario bajo la lluvia: “Quién fuera perro”. Lo que entonces parecía una broma hoy refleja una sociedad distinta, donde la familia ya no siempre termina en los hijos. En muchos hogares, también tiene cuatro patas, mueve la cola… o espera pacientemente sobre el respaldo de un sillón.
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