Querida amiga, querido amigo:
Estoy segura de que tú también, alguna vez, has tenido una prenda de ropa que te encantaba. Quizás unos jeans que te quedaban perfectos, un suéter o una blusa especial, una camisa con la que te sentías particularmente a gusto.
Con el tiempo y el uso, la ropa se desgasta y un día descubres un pequeño agujero, una costura que empieza a abrirse o un pedazo de tela que comienza a deteriorarse.
Probablemente hiciste todo lo posible para evitar que esa prenda tan especial se rompiera: la cosiste, empezaste a lavarla con más cuidado y procuraste no estirarla demasiado. Incluso, tal vez comenzaste a usarla menos por el miedo a que se rompiera.
Creo que una de las mejores expresiones del amor es cuidar aquello que queremos. Pero a veces, a pesar de todos nuestros esfuerzos para protegerlas, hay cosas que se deterioran. Y aunque pueda ser muy difícil aceptarlo, quizás ha llegado el momento de dejar que se rompan.
Y no me refiero solamente a las cosas materiales. También las relaciones humanas, por mucho que tratemos de cuidarlas y protegerlas, pueden deteriorarse.
Pienso, por ejemplo, en aquellas relaciones de amistad en las que siempre somos quienes llamamos, quienes buscamos o quienes proponemos encuentros.
O en aquellas relaciones familiares en las que, con el propósito de preservar una aparente armonía, preferimos no expresar lo que sentimos, lo que pensamos o lo que necesitamos.
O en aquellas relaciones de pareja en las que terminamos dedicando más energía a conseguir que funcionen que a disfrutar de la paz y la tranquilidad que deberían brindarnos.
Y pienso también en la relación que mantenemos con nosotras y nosotros mismos: porque a veces nos esforzamos para mantener una versión de quienes somos que ya no encaja con nuestros sueños, nuestros deseos o nuestras necesidades más profundas.
Nos aferramos a lo que fuimos, incluso cuando sentimos un fuerte impulso para cambiar. Deja que todo lo que se está deteriorando se rompa.
Dejar que algo se rompa no significa que ya no lo queramos: una cosa es cuidar algo que amamos y otra muy distinta es dedicar todos nuestros esfuerzos a evitar que se rompa.
Para mí, dejar que algo se rompa significa reconocer que quizás ha llegado el momento de transformar algo que, tal como existe, ya no funciona.
Según la antigua tradición japonesa del kintsugi, es posible reparar piezas de cerámicas rotas con una laca que puede decorarse con polvo de oro. Esta técnica no esconde las rupturas, sino que las hace visibles: así, las líneas que antes representaban una fractura se convierten en parte de la belleza de la pieza.
La pieza ya no es la misma que antes, pero puede seguir siendo valiosa y adquirir una nueva y distinta belleza.
Creo que algo parecido sucede con nuestras relaciones cuando por fin dejamos de invertir todo nuestro esfuerzo para que no se rompan. Porque dejar que se rompan no significa necesariamente querer destruirlas.
A veces significa permitir que se transformen, aceptar que necesitan encontrar un equilibrio distinto o reconocer que no podemos seguir relacionándonos de la misma manera.
Una amistad puede necesitar nuevas formas de encontrarse con mayor reciprocidad. Una relación familiar puede requerir conversaciones incómodas para que se modifiquen dinámicas que parecían inmutables.
Una relación de pareja puede necesitar atravesar una crisis para descubrir si existe realmente la voluntad de construir algo diferente.
Por supuesto, no todo lo que se rompe puede reconstruirse. Algunas rupturas son definitivas y otras nos enseñan que, por mucho que queramos algo, no siempre es posible conservarlo.
Sin embargo, hay vínculos que pueden encontrar una nueva forma de existir, más sana y sólida. Y, para que esa transformación sea posible, primero tenemos que dejar que se rompan.
Así que, querida amiga, querido amigo, deja de invertir toda tu energía en evitar que algo se rompa. No tengas miedo de descubrir qué sucede cuando dejas de sostenerlo por tu cuenta.
Deja que se rompa.
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