Por: Alfonso Yáñez
En una democracia participativa, la ciudadanía tiene mayor participación en la toma de decisiones de la agenda pública que en una democracia representativa. Sus cimientos ideológicos hacen una distinción entre el individualismo y la dignidad de las personas. Como individuo, el ser humano es un fragmento de la sociedad pero como persona digna, con derechos y obligaciones, es representante de los intereses y las aspiraciones de la sociedad en pleno. Este concepto lo explicó el filósofo católico francés del siglo 20, Jacques Maritain, en sus obras Humanismo integral y El hombre y el Estado. El modelo facilita a la ciudadanía su capacidad de asociación para ejercer influencia directa, se manifiesta por la diversidad de formatos para crear mecanismos para que la participación del pueblo se manifieste respetando tanto a las mayorías como a las minorías a través de un proceso de participación institucionalizado. La participación se consolida como una forma de hacer las cosas, implica escuchar a la población, buscar oportunidades y resolver los problemas a través del debate buscando participar los cambios necesarios.
Solón, fue un poeta, reformador, político y estadista ateniense, considerado uno de los siete sabios de la antigua Grecia, a la cual gobernó en época de conflictos. No compartía con las personas ricas la injusticia ni estaba afectado por las deudas de las personas pobres; cuenta el historiador y biógrafo griego Plutarco, que algunos ciudadanos influyentes impulsaron su designación como jefe político de la ciudad, aceptada por las personas ricas por su buena posición y por las personas pobres por su honradez probada; en ambos casos amalgamada por una causa, la convicción de mantener lo que hoy llamamos “solidaridad”. La labor de Solón hizo afirmar al filósofo griego Aristóteles, que cualquier gobernante que pretendiera el éxito tenía que dar participación a las masas e incluirlas en las decisiones. La observación data de hace más de dos milenios, pero cuenta con vigencia asombrosa en la actualidad.
Gobernar, implica señalar metas, definir rutas, resolver problemas y aprovechar las oportunidades, en suma, dirigir. Dependiendo la definición de actores y la distribución de fuerzas en la sociedad, gobernar es una actividad creativa que demanda planear, conciliar, contener y comunicar.
En el terreno de los hechos, no son los apuntes, ni las palabras o los colores, sino las necesidades y los intereses a veces poco predecibles, de las personas que integran la comunidad, los que resultan importantes para cada grupo.
El término fortuna, referido por los goliardos, clérigos o estudiantes vagabundos, en la Edad Media, está presente en cada página de la historia universal, para inclinar la balanza de un lado o del otro, donde juega un rol determinante la ética de la convicción de los gobernantes. Un Gobierno puede ser detonador de cambios benéficos para la sociedad, reacomodar fuerzas y talentos para impedir una revolución “desde afuera” propiciándola “desde adentro”, inspirado en la necesidad de actuar. No importa si la meta es conservar o reformar; gobernar supone un movimiento y trabajo constante y permanente. La política y el gobierno son temas que pueden gustarnos o no, pero son realidades que inciden en las personas. Aconsejaba el político estadunidense, Franklin D. Roosevelt, “Intenta una cosa y si no funciona, intenta otra”.
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