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Coahuila

Destino final evolutivo

Por Jorge de Jesús 'El Glison'

Hace 1 semana

Después de haber plasmado en este espacio en Semana Santa el tema de la mente de Jesucristo, retomaremos la línea de tiempo del crecimiento y evolución de nuestro cerebro y mente. Para entrar en contexto, en la columna llamada Paradoja Evolutiva, publicada por Zócalo el pasado 26 de marzo, se describió lo que se conoce como altricialidad secundaria formulada en 1941 por Adolf Portmann, quien compara el nacimiento prematuro de los seres humanos en relación con otros primates, resultando en esa comparación objetiva, los bebés humanos como crías indefensas y totalmente dependientes de cuidados intensivos durante un largo periodo. Los autores atañen esto a una adaptación evolutiva vinculada al bipedismo y al gran tamaño cerebral, con un desarrollo neurológico y cognitivo que continúa fuera del útero. En contraste, la precocialidad describe a las crías que nacen muy desarrolladas, con movilidad inmediata y alta independencia.

Al final de la mencionada columna planteamos dos interrogantes fundamentales de las que hoy nos ocuparemos: ¿qué sucede con el 70% de volumen cerebral que nos falta al nacer y en qué nos diferenciamos específicamente de los marsupiales, quienes también llegan al mundo sin estar “terminados”?

Para entender el destino de ese 70% restante, debemos introducir el concepto de la exogestación, que comprende a los 9 meses posteriores al parto, donde el bebé completa su desarrollo físico y emocional fuera del útero, requiriendo contacto continuo, calor y apego para adaptarse, replicando el ambiente materno. Esto es vital para la maduración neurológica y emocional, aliviando la ansiedad de separación de su entorno uterino dentro de la madre.

Si el útero materno es el primer laboratorio de la vida, el mundo exterior es el segundo y más determinante taller de nuestra arquitectura mental. El nacer con apenas un 30% de nuestra capacidad cerebral final, permite que ese enorme porcentaje de crecimiento que ocurre fuera del vientre, no sea solo un aumento de masa o volumen físico; sino la creación de una red de conexiones sinápticas moldeadas por la experiencia.

Mientras que un animal nace con un cableado rígido que le dicta cómo sobrevivir, el cerebro humano se desarrolla con el lenguaje, las caricias, el entorno cultural y los afectos. Este proceso de “terminar de desarrollarnos” fuera del horno biológico, permite que el cerebro sea increíblemente plástico, maleable y moldeable. La mayor parte de este crecimiento ocurre en los primeros años de vida, donde el cerebro triplica su peso. En este periodo ocurre la mielinización y la poda sináptica. La primera es el recubrimiento de nuestras neuronas para que la información viaje a grandes velocidades; la segunda es el refinamiento de nuestras redes neuronales, donde el cerebro elimina lo que no usa y fortalece lo que sí utiliza, permitiéndonos especializarnos en lo que decidamos, somos resultados y moldes de nuestro entorno.

En cuanto a la comparación con los marsupiales, un canguro recién nacido es poco más que un embrión que debe trepar por el pelaje de su madre hasta el marsupio. La prematuridad del marsupial es una estrategia ante la falta de una placenta compleja; es una terminación física dentro de una bolsa protectora. En cambio, la prematuridad humana es una estrategia de adaptabilidad cognitiva. Nosotros no vamos a una “bolsa” a formar órganos; salimos al mundo para que el mundo forme nuestra mente. El marsupial nace prematuro para sobrevivir; el humano nace prematuro para aprender.

Si naciéramos con el cerebro “terminado”, seríamos esclavos del instinto. Pero al nacer “inacabados”, poseemos el don de la recreación constante. Si nuestro cableado se formó mediante la interacción con el entorno (muchas veces, lamentablemente, un entorno traumático y negativo), esa misma plasticidad que nos permitió crecer fuera del útero es la que nos otorga la llave de nuestra propia transformación. No somos una estructura de concreto, sino una obra en constante remodelación emocional y cognitiva.

El 70% de nuestra capacidad cerebral que se desarrolla tras el parto es, en realidad, el espacio de nuestra libertad. Es el margen de maniobra que el Creador o la naturaleza nos otorgaron para no ser simples autómatas. Mientras otras especies caminan y comen mecánicamente desde el minuto uno, nosotros pasamos años en un estado de dependencia que construye las bases de la creatividad y la empatía. La vulnerabilidad de nuestra infancia es el nido donde se incuba la genialidad humana.

Los seres humanos nacemos frágiles ante la inmensidad y complejidad del mundo, pero, esa misma fragilidad, es la prueba de nuestro potencial ilimitado. No nacemos terminados porque estamos diseñados para ser los arquitectos de nuestro propio ser y destino. El vacío con el que llegamos al mundo no es una carencia, sino un espacio infinito de posibilidades. La paradoja se resuelve en la libertad: somos la única especie que puede elegir en qué convertirse, precisamente porque nacimos sin saber quiénes éramos. Nuestra debilidad física no es una falla, sino la puerta de entrada a la dimensión mental y espiritual que nos hace únicos. Al final, no somos lo que la biología dicta al nacer, sino lo que decidimos construir con ese 70% de potencial que el mundo, con sus retos y recompensas, nos invita a llenar cada día. La evolución no se equivocó; nos da el tiempo y el espacio para que el aprendizaje continuo e ilimitado, sea nuestro destino final evolutivo.

 

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