Estos tres elementos que aparecen en el titulo de esta columna representan lo que yo denomino un “Triunvirato Celestial y Terrestre”. San Agustin de Hipona decía que, “El ser humano vive con los pies en la tierra, pero con el corazón en el cielo”, y esto ha sido una realidad desde que nuestros primeros ancestros empezaron a preguntarse que había en el planeta, en el cielo, o en el universo, que fuera más grande y más poderoso que nosotros.
Desde muy niño me ha interesado la historia de las religiones, y con todo respeto a sus redactores, hay multitud de creencias que no solamente rayan en lo absurdo, sino que literalmente se ahogan en él.
A través de milenios hemos ido desarrollando dogmas mas coherentes y congruentes, y mas o menos se ha encontrado cierta estabilidad en unas 7 u 8 vertientes religiosas masivas que aglomeran a la gran mayoría de los miles de millones de habitantes en este planeta.
Independientemente de la fe que cada quien profese, inevitablemente tenemos que formar parte de esta triada formada por Dios o la energía universal, –como algunos optan por denominarlo– todos los demás en este planeta, y yo, o nosotros mismos, en otras palabras, Dios, los demás y yo.
A raíz de esta reflexión deseo en esta columna compartir un avance de lo que me encuentro redactando como un capitulo de mi tesis doctoral. Para ello, debo primero definir dos palabras, términos, o conceptos, que no son muy conocidos en nuestro lenguaje coloquial, estos son la Autopoiesis y la Alteridad.
El concepto de Autopoiesis, formulado originalmente en el ámbito de la biología por los destacados pensadores chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela, define la capacidad inherente de los sistemas vivos para autoproducirse, autorregularse y mantener de manera constante su propia organización estructural.
Al trasladar este principio fundamental al terreno del desarrollo humano, la sicología profunda y la autorrealización personal, la Autopoiesis se transforma en la tarea consciente de autocreación, sanación y maduración interior.
Un individuo que emprende un proceso autopoiético es aquel que trabaja de forma deliberada y responsable sobre sus emociones, sus pensamientos, su salud integral y su coherencia existencial.
Por su parte, la palabra Alteridad proviene del latín “Alter”, que significa simplemente “El Otro”. Pero no podemos quedarnos con una definición simplista de lo que se refiere a todos aquellos que no son “Yo”, y para ello, la comprensión amplia de este concepto de Alteridad, se refiere al reconocimiento de que existen otras personas distintas a uno mismo, con sus propias formas de pensar, sentir y vivir.
Implica ponerse en el lugar del otro, aceptar las diferencias y valorar su identidad sin juzgarla ni intentar cambiarla. Ver al otro como un sujeto real e independiente, no como un objeto. Entender la perspectiva ajena, aunque sea distinta a la propia. Aceptar las costumbres, ideas y valores de los demás.
Para poder completar asertivamente este triangulo celestial-terrestre, la dimensión espiritual y la creencia en una Inteligencia Superior Creadora cobran un papel de trascendental relevancia.
La espiritualidad no debe reducirse a un simple conjunto de doctrinas teóricas o ritos externos, sino que debe vivirse como la reconexión profunda con una fuente original de orden, amor, sabiduría y propósito supremo.
La certidumbre íntima de que formamos parte de una creación dotada de significado, sostenida y guiada por un Dios o una Mente Creadora, transforma de manera radical la estructura afectiva y mental del ser humano.
Al sabernos amados, valorados e integrados dentro de un orden universal armónico, la persona encuentra un ancla inamovible frente a la incertidumbre y el caos del mundo cotidiano.
De este modo, se revela la profunda interconexión de este trinomio existencial: la espiritualidad provee el fundamento de fe, sentido y confianza universal; la Autopoiesis articula el trabajo disciplinado de autocuidado, sanación y autoorganización personal; y la Alteridad representa el fruto maduro de ese desarrollo, manifestado en un compromiso ético, solidario y compasivo con “Los Otros”, con todo el entorno humano.
Quien busca ayudar a los demás sin haber ordenado previamente su propia casa interior corre el riesgo inminente de desgastarse hasta la apatía o de sembrar confusión donde pretendía llevar auxilio.
Por el contrario, la persona que se cultiva a sí misma a la luz de su fe en el Creador genera un impacto restaurador y genuino en cada vida que toca, convirtiendo su propia existencia en una bendición activa para la comunidad.
El camino hacia una transformación social auténtica y hacia un servicio comunitario verdaderamente sanador exige replantear las prioridades de nuestro actuar cotidiano.
La verdadera revolución de la compasión no comienza con discursos pomposos hacia el exterior, sino en el silencio fértil de la introspección, en la restauración consciente del propio templo interior y en la sintonía humilde con esa Inteligencia Superior que alienta cada instante de nuestra vida.
Solamente aquel que ha aprendido a ser un arquitecto responsable de su propia paz, fortalecido por la fe y consciente de su constante proceso autopoiético, posee la templanza y el amor necesarios para sostener con firmeza la mano del hermano en la adversidad, logrando que lo celestial toque lo terrestre al materializarse en la ayuda incondicional al “otro”, a nuestro prójimo.
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