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¿Dónde estaban los three amigos?

Por Jorge Castañeda

Hace 4 meses

No opinaré sobre la calidad del futbol que lució ayer la selección, porque sé poco del asunto. Sí creo que los sudafricanos harían bien en dedicarse al rugby; no les puede ir peor. Tampoco me interesa mayormente, como a tantos colegas, la pasión de los connacionales, ni la efímera desaparición de nuestras polarizaciones políticas, y menos aún la altura -o mediocridad- del show de la FIFA en el Azteca. Pienso que la 4T salió tablas, a secas: pudo celebrarse el partido, se llenó el estadio, hubo escasos desmanes el jueves, pero la Presidenta no pudo acudir ni a la inauguración, ni al Zócalo.

No obstante, un pequeño ejercicio contrafactual puede ayudarnos a aquilatar la magnitud de la oportunidad perdida, y el nivel de tensiones que predominan entre los tres países sede. En el mundial, se acostumbra que los jefes de Estado o de Gobierno de las selecciones con las que arranca el torneo acudan el primer partido. En Qatar asistió el Emir Tamim bin Hamad y el vicepresidente de Ecuador. En Moscú, Putin y MBS, el verdadero dirigente del reino de Arabia Saudita. En Brasil, Dilma Rousseff e Ivo Josipovic de Croacia. En Sudáfrica, Calderón y Zuma. Y así sucesivamente. En la única otra Copa del Mundo con múltiples anfitriones -Japón y Corea del Sur en 2002- presenciaron la inauguración en Tokio el presidente coreano Kim Dae-Jung y el primer ministro japonés Koizumi.

Cuando en 2018, la FIFA optó -por votos, se supone, aunque fueron como los del PRI de antaño- por la triple sede que hoy disfrutamos, las relaciones entre los tres países eran correctas, y entre sus tres líderes, regulares. Peña Nieto iba de salida, llegaba López Obrador; Trump ya era Presidente, y Justin Trudeau llevaba poco tiempo como primer ministro. Pero ya prácticamente se había concluido la renegociación del TLCAN para convertirlo en T-MEC, y se suponía que en verano del 2026 ninguno de los tres seguiría ocupando el cargo.

De tal suerte que no parecía descabellado pensar que si la inauguración fuera en México, junto con el líder del contrincante del Tri, acudirían al Azteca los presidentes de México y Estados Unidos, y el primer ministro canadiense. Hubiera sido lógico y deseable: una muestra de amistad, de integración regional, de buena vibra, en plena ratificación por 16 años más del T-MEC. Sabemos que no fue el caso.

Obviamente la ausencia de los tres –Sheinbaum, Trump y Carney– no es culpa de la mexicana. O en todo caso, sólo la suya lo es. Y en vista de la complicada relación entre Carney y Trump, y el vínculo extraño entre Sheinbaum y Trump, probablemente no hubiera sido una gran idea reunir a los “three amigos” (expresión detestable). Pero Trump no le teme a las rechiflas –como la que le tocó en el Madison Square Garden hace unos días– y la señal habría tranquilizado a los poderes fácticos y a las sociedades de las tres naciones. Obviamente no tengo la menor idea si Sheinbaum lo intentó –le correspondía a ella– pero el hecho es que no se produjo la reunión, y su inexistencia refleja el estado de las relaciones en América del Norte. Qué lejos estamos de las múltiples juntas trilaterales desde San Antonio en febrero de 1992 entre Salinas, Bush y Mulroney: entre un tipo y otro, unas quince.

 

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