“Amar es fundamental dar”.
Erich Fromm
Según Erich Fromm, en El arte de amar, las personas solemos preocuparnos mucho más por conseguir que alguien nos ame que por desarrollar nuestra propia capacidad de amar. Esta afirmación lo llevó a desarrollar su teoría sobre el amor maduro, pero también la del inmaduro o pseudoamor, en cuatro manifestaciones: neurótico, idolátrico, sentimental y proyectivo.
Para Fromm, aman de manera neurótica las personas que trasladan a la pareja sus necesidades infantiles de protección y seguridad; lo hacen de manera idólatra quienes le atribuyen al ser amado cualidades extraordinarias de las que en realidad carece; en tanto aman sentimentalmente aquellos que experimentan el amor fundamentalmente en su fantasía, mientras la relación resulta insatisfactoria, y son proyectivos las y los que intentan corregir o transformar a al otro para evitar examinar los propios problemas.
De estas cuatro formas de pseudoamar podemos derivar muchos rasgos del amor inmaduro, aquel que aquí llamaremos el gemelo malvado del amor, que nos hace creer que ser celosos, posesivos, controladores e incluso maltratadores, es una prueba de amor. Y en un extremo opuesto: sumisos, permisivos, moldeables e incluso invisibles.
Todo parte, ciertamente de la carencia o, mejor dicho, de la creencia en la carencia, de sentir que no fuimos reconocidos, validados, cuidados y/o amados. Si en realidad carecimos o no de esto, poco importa; con el simple hecho de que así lo hayamos percibido, así lo vivimos.
El problema es que las carencias que arrastramos desde nuestra infancia no pueden ser colmadas ni en la juventud ni en la adultez. No hay nadie que nos dé ahora lo que en realidad está necesitando el niño resentido que llevamos dentro. No queda otra alternativa que madurar. Sin embargo, lo común es que no lo hagamos.
Y así, al relacionarnos desde la carencia, comienza una de las confusiones más profundas de nuestra vida afectiva: experimentar sentimientos intensísimos, convencidos de que estamos amando, cuando lo que impulsa nuestra conducta es la obsesión, el miedo al abandono, la inseguridad o la necesidad de que alguien confirme nuestro valor. Aprendemos a resultar atractivos, interesantes o deseables, suponiendo que nuestra felicidad dependerá de encontrar quien reconozca esas cualidades y, en consecuencia, nos dé lo que estamos necesitando. El gemelo malvado, haciéndose pasar por su hermano, se ha apoderado de nuestra vida.
Para Fromm, el amor requiere aprendizaje. Amar implica interesarse activamente por la vida y el desarrollo de otra persona, conocerla, respetar su individualidad y responder responsablemente a sus necesidades, al margen de las propias.
Mientras pensemos que carecemos de amor, seguiremos buscándolo como algo que otros poseen y nosotros somos incapaces de generar. La sicoanalista Karen Horney estudió una manifestación especialmente dolorosa del gemelo malvado: distinguió el deseo natural de recibir afecto de la necesidad compulsiva de conseguirlo para aliviar la angustia.
Cuando alguien experimenta esta última, cualquier indicio de rechazo puede adquirir una importancia desproporcionada. La persona necesita confirmaciones constantes, interpreta la falta de atención como amenaza y exige una seguridad que ninguna relación puede garantizar permanentemente. Así, podemos cuidar a alguien, hacer sacrificios extraordinarios y dedicarle enormes esfuerzos mientras buscamos sentirnos indispensables, o ejercer una vigilancia obsesiva si tememos ser abandonados.
Una de las confusiones más comunes es la del enamoramiento con el amor. Es decir, de la exaltación amorosa temporal que idealiza a otra persona, con el ejercicio voluntario y persistente de amar a otro tal como es, cosa ciertamente difícil. Y existe otro galimatías todavía más sutil: podemos enamorarnos de nuestro propio enamoramiento, de mantera que estemos constantemente buscando a cualquier persona que nos haga sentir así.
A todo ello se suma la mala influencia de las creencias sociales, pues desde la infancia recibimos ideas erróneas acerca del amor a través de la familia, las historias que escuchamos, los modelos de comportamiento que se consideran aceptables y hasta las telenovelas y otras series de televisión.
El gemelo malvado del amor casi siempre opaca a su hermano.
Más sobre esta sección Más en Coahuila