Disparatado acontecimiento en ‘El mimbre’
Vecinos del barrio del Ojo de Agua y de otras latitudes de la ciudad, fueron espectadores, como si se tratara de una obra teatral, de una guerra de verdad, a la cual, no sé ha quién se le ocurrió la desatinada idea de invitar a la comunidad saltillense en general, mediante volantes, anunciando el acontecimiento inaudito, al que podrían concurrir “sin peligro alguno”, rezaba el anuncio.
A lo largo de 20 años reinó la confusión en el país. Las interminables guerras y guerrillas, las intervenciones de Estados Unidos, con la famosa batalla de La Angostura (1847) y la Guerra de los Pasteles (1848), por la deuda del Gobierno mexicano con el francés, así como la inestabilidad política, ponen en riesgo al país. En el lapso de 1835 a 1853 gobernaron a México 31 mandatarios, ocho de los cuales eran la misma persona, el celebérrimo Antonio López de Santa Anna, el mismo que dirigió la frustrada batalla de La Angostura, cerca de Saltillo
Pero volvamos al “guerreadero”. Fue una batalla real, presenciada por miles de saltillenses, quienes fueron invitados previamente. Fue el 23 octubre de 1840. No se trataba de “un simple simulacro”, decía la publicidad, sino una contienda de verdad.
El escenario pronto se vio repleto de personas de todas las edades, quienes en medio del miedo y la curiosidad fueron colocados en lugares estratégicos, al margen de las balas que se dispararían durante el enfrentamiento. Y en su entorno una romería de vendedores de todo, hasta de enchiladas y champurrado para solaz de los asistentes, como si se tratara de un espectáculo o acontecimiento deportivo. Los encargados señalaban los lugares precisos donde podría estar la gente para presenciar algo inaudito.
Vito Alessio Robles, historiador, militar y político saltillense, dice que no encontró datos de esta leyenda en los archivos nacionales, pero sí en registros de Estados Unidos, originalmente en Austin, Texas, que narran el acontecimiento fuera de lo común, extraordinario.
Las tropas mexicanas habían tomado ya posición a la vista del público, en espera del enemigo en este inusual acontecimiento. Repentinamente, como de película, una tremenda tolvanera hizo ver la presencia de lo que después se explicó eran los filibusteros texanos, que ya hacían maniobras para apoderarse del territorio nacional, que era nuestro y que lograron siete años después, en la famosa Invasión Norteamericana de 1847, que por estos días se rememora.
Los nacionales recibieron órdenes de atacar y así lo hicieron. Se lanzaron contra las tropas texanas que se parapetaron en una cerca de piedra natural. La artillería mexicana (cañones) logró destruir el parapeto, y se lanzó contra el enemigo en medio de gritos de ánimo de la concurrencia hacia sus soldados.
Los tejanos huyeron hacia el sur, rumbo a San Lorenzo, dejando muertos y heridos, y la tropa nuestra regresó triunfante en medio de las aclamaciones delirantes de la multitud, que por cierto no registró una sola baja en esta rara batalla con público presente, que desde luego, va contra la razón, la prudencia o la sensatez, pero bueno, se dio y queda marcado para la historia.
Los tejanos ya se habían separado de nuestro estado y pretendían apropiarse de Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas, para crear una república independiente que denominarían Río Grande.
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