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El Papa, la IA y el futuro humano

Por Columnista Invitado

Hace 4 meses

Por: Felipe Alfredo Fuentes Barrera 

 

Hay momentos en que una institución revela, con una sola decisión, cuál considera que es el gran desafío de su tiempo. Que el Papa León XIV haya elegido dedicar su primera encíclica a la inteligencia artificial [IA] dice mucho sobre el momento histórico que vivimos.

Durante décadas, la IA fue vista como un asunto técnico reservado a especialistas o empresas tecnológicas. Hoy, sus efectos alcanzan prácticamente todos los ámbitos de la vida social: el trabajo, la información, la educación, la comunicación e incluso la manera en que las personas se relacionan y toman decisiones.

Por ello, resulta especialmente significativo que una de las instituciones morales más influyentes del mundo haya decidido colocar este tema en el centro de su reflexión social.

No parece casualidad que la encíclica haya sido firmada en el aniversario de Rerum Novarum, el histórico documento mediante el cual León XIII respondió a los efectos sociales de la Revolución Industrial. Si aquella encíclica abordó las consecuencias humanas de las máquinas sobre el trabajo y la dignidad, ahora el nuevo pontífice parece plantear una pregunta similar frente a otra transformación tecnológica: qué ocurre cuando no solo se automatiza la fuerza física, sino también aspectos esenciales de la inteligencia humana.

La discusión sobre la IA suele concentrarse en sus beneficios. Sin embargo, también son visibles los riesgos que acompañan esta revolución tecnológica.

Los algoritmos ya influyen en la información que consumimos, perfilan preferencias, condicionan contenidos y comienzan a intervenir en decisiones sensibles. Al mismo tiempo, la IA generativa abre desafíos inéditos para la democracia, la privacidad y la confianza pública.

La preocupación de fondo ya no es únicamente tecnológica, sino profundamente humana.

No es casual que el Vaticano haya creado una Comisión Interdicasterial sobre Inteligencia Artificial, concebida como un espacio –permanente– de reflexión más allá de esta encíclica. Tampoco resulta menor que en la presentación del documento participe uno de los fundadores de la empresa desarrolladora de Claude. Ello evidencia que los desafíos de la IA ya no pueden analizarse únicamente desde una sola disciplina o sector, sino que exigen un diálogo cada vez más amplio entre tecnología, ética e instituciones.

La pregunta de nuestro tiempo no es solo qué puede hacer la IA, sino qué límites deben preservarse para que la tecnología siga estando al servicio de la persona.

Porque el verdadero desafío no consiste únicamente en desarrollar máquinas más inteligentes, sino en evitar que, en el proceso, olvidemos aquello que nos hace humanos.

 

 

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