Carbonífera
Por
Fabiola Ferrer
Publicado el domingo, 28 de septiembre del 2025 a las 04:00
Sabinas, Coah.- “Al final el único título que me importaba, era el de ser mamá”.
En exclusiva para periódico zócalo, la historia de Carmen Cecilia Rivas de Santos, una esposa, mamá, abuela y ama de casa, que durante años enfrentó un duro juicio por haber elegido lo que para muchos es considerada una vida simple, por solo ser esposa y madre.
“Desde muy niña soñaba con ser mamá, cuándo se me preguntaba que quería ser de grande, la única respuesta era, quiero ser mamá.
Fui hija única, desde pequeña gocé de una inteligencia privilegiada, pero una economía desfavorecedora.
Cursé la educación básica en un colegio privado, la solvencia de las familias de mis compañeras estaba muy por encima de la nuestra, fui la niña de excelentes notas, que nunca tuvo una barbie original, ni los muñecos de moda.
Cualquiera pensaría que eso despertaría en mí la imperante necesidad de tener todo lo material que siempre vi, pero nunca tuve.
La salud de mi mamá fue un factor importante para que no pudiera realizar una carrera universitaria.
Hice lo que en aquel entonces se conocía como carrera comercial.
Logré que me contrataran de eventual en Comisión Federal de Electricidad, y tuve un desenvolvimiento que me auguraba un futuro prometedor en la empresa.
Algunas de mis compañeras de trabajo eran mamás.
Yo, observaba su ajetreado ritmo.
Como no tenía coche, me iba o me regresaba con ellas del trabajo, parábamos en guarderías para dejar o recoger a sus peques.
Al poco tiempo de iniciar mi vida laboral decidí casarme, y en una ocasión tomé licencia de un mes para quedarme en casa.
Esa experiencia lo cambió todo, supe que eso era lo que de verdad deseaba, dedicarme a mi hogar.
Mi ingreso económico era superior al de mi esposo, nuestra casa sumamente básica, pero aun así él apoyó mi decisión de renunciar a mi trabajo.
Mi mamá por años me recriminó, me decía con palabras fuertes, que ese tipo de trabajos no se dejaban, algunas de mis amigas que conducían coches lujosos comentaban que les iba mejor a ellas que a mí, que era la “inteligente” del salón.
Me preguntaban si había valido la pena renunciar a mis sueños, por atender a mi esposo y a mis hijos.
Lo que nadie sabe, es que ellos siempre fueron mi sueño, que esa decisión para todos equivocada, ha valido la pena cada día de mi vida.
Pues cuando llegaron mis dos hijos Gilberto y Sebastián, experimenté una plenitud que no puedo poner en palabras.
Amaba dormir con ellos hasta curar una fiebre, sabiendo que al otro día no tenía que salir corriendo dejándolos al cuidado de alguien más.
Sosteníamos largas charlas cuando caminábamos rumbo a su escuela, los consentía con su comida favorita, preparaba sus pasteles de cumpleaños, estuve ahí en cada uno de sus juegos, de sus raspones, los vi crecer paso a paso hasta convertirse en hombres.
Sus vacaciones eran una fiesta en casa, aquí siempre fue el punto de reunión de los amigos, era un poco la mamá de todos, y la más feliz.
Alguna vez recuerdo que una persona me dijo, qué merito tiene regar una banqueta a diario, lavar trastes o limpiar mocos.
No sé si tenga alguno, no lo hice para recibir aplausos, solo fui fiel a mi elección, y me convertí en una profesional sin sueldo, sin bonos, sin aguinaldo.
Pero con una gran recompensa, la satisfacción de sentirme una mujer exitosa, tengo un matrimonio sólido de treinta y cinco años, dos hijos profesionistas y un hermoso nieto, que saben que este es el hogar al que siempre podrán regresar si un día la vida se pone difícil a fuera.
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