Por: Horacio Marchand
Me encuentro en uno de los centros artesanales más exóticos del planeta, Bojará, Uzbekistán, ciudad fundada hace más de 2 mil 500 años y una parada obligada en la Ruta de la Seda. Reconocida por los tapetes tipo Bukhara tejidos a mano con lana, algodón y/o seda. Pero para mi desconcierto, en diferentes tiendas se asoman tapetes de fibras sintéticas, hechos a máquina e importados de China. ¿Destrucción creativa?
A colación viene el Premio Nobel de Economía 2025, otorgado recientemente a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt por sus aportaciones al estudio del crecimiento impulsado por la innovación. En síntesis: se les reconoce por validar y ampliar la idea de que cuando se presenta la destrucción creativa (término acuñado por J. Schumpeter en 1942) en un terreno fértil (cultural, social, económico y normativo), se transforma en progreso.
No entro ahora al debate de lo que significa realmente “progreso”, pero en su acepción general se refiere al círculo virtuoso del crecimiento económico y el bienestar material.
El corolario: cuando hay destrucción se libera espacio para la creación.
Por ejemplo, el derrumbe de una ciudad, la caída de un imperio o los desastres naturales, se han percibido típicamente como tragedias, pero al analizarse la historia se confirma que cada destrucción dejó lugar para que surgiera algo nuevo.
Lo mismo con las innovaciones tecnológicas, los modelos de negocio disruptivo o los cambios de hábitos en los consumidores. Lo nuevo o innovador desestabiliza, pero para lo que para algunos es pérdida, para otros es el inicio de una nueva etapa de crecimiento.
Mucho antes de que el progreso se midiera en cifras, las civilizaciones antiguas ya intuían que la vida avanza en ciclos de creación y destrucción. La vida no es una línea continua, sino más bien una serie de círculos que se abren y se cierran; ciclos de nacimiento y muerte.
En el hinduismo, esta idea toma forma en el dios Shiva, una deidad que danza sobre el universo para destruirlo y de esta forma lo purifica; representando así el poder de la destrucción como acto de renovación. En Shiva encontramos la raíz simbólica del cambio como fuerza generadora de ciclos eternos de transformación.
Desconozco si Schumpeter se inspiró en Shiva para acuñar el término de destrucción creativa, pero la semejanza resulta fascinante. Según su teoría, el progreso no surge de la estabilidad, sino de las ideas, productos o modelos que emergen y que derriban lo establecido para abrir paso a algo nuevo.
Lo anterior resulta tan ilustrativo como la danza de Shiva: todos buscamos la estabilidad, pero el crecimiento viene más bien del zarandeo, de la inestabilidad y del caos. El cosmos (orden) se forma desde el devenir del caos (desorden).
El movimiento destrucción-creación obliga a verlo como la fuente de evolución: destruir modelos viejos para liberar energía creativa.
Ejemplos sobran. El surgimiento y evolución de los teléfonos móviles, redefine la forma en que nos comunicamos y trabajamos. Los discos y cassettes dieron paso al CD, luego al MP3 y finalmente al streaming. Tesla reconfiguró la cadena de valor automotriz. Uber transformó un servicio que parecía inamovible.
Hay empresas, proyectos, ideas, relaciones, anhelos, que es necesario enterrar para que surja lo nuevo. Sin los cierres y las despedidas, el espacio no estará abierto para innovar. La destrucción y la muerte obligan a la creación.
Pareciera que la estabilidad es tan sólo una breve pausa entre dos transformaciones donde nada permanece estático; el universo está en un movimiento perpetuo.
El Nobel 2025 ratifica el ciclo descrito con Shiva, que sin duda también merece su propio Nobel al recordarnos que, para renacer, reinventar y revolucionar, hay que atreverse a morir en lo que ya no es, para dar espacio a lo que puede ser.
Para renacer habrá que morir lo suficiente.
Notas Relacionadas
Hace 22 minutos
Hace 23 minutos
Hace 47 minutos
Más sobre esta sección Más en Nacional