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El Programa GAMER – La Era de los Sheitans: Capítulo 4 – Parte 1 – Una comunidad que florece

Por Jorge Humberto Decanini

Hace 6 años

Las palabras del impertinente desconocido cayeron como una bomba en el ánimo de la concurrencia, quienes ya habían tenido demasiado soportando estos seis meses de miedo, incertidumbre y hacinamiento. Para ellos la esperanza de supervivencia no se había terminado pues conforme pasaban los días y no había noticias de cambios notables sentían que quizá “ellos” ya se hubieran marchado. La idea de que sólo les quedasen dieciocho meses más de vida era algo que no esperaban ni deseaban escuchar en aquel momento.

El predicador hizo un ademán de responderle al impertinente desconocido mas sus intenciones se vieron diluidas cuando aquella persona se marchó sin decir otra palabra y sin siquiera voltear a verlo, dejando a la muchedumbre estupefacta a sus espaldas. El extraño entonces se dirigió hacia un vehículo militar estacionado a algunos metros de distancia del grupo. Al ver la concurrencia el tipo de transporte que el sujeto abordó, las palabras de éste adquirieron un peso mucho mayor y aquellos que inicialmente le habían tildado de desquiciado cambiaron de opinión; los oyentes comenzaron a retirarse despacio y cabizbajos. El predicador hacía todo lo posible por cambiar el ambiente y recuperar la atención de su congregación pero el daño estaba hecho, el fuerte comentario venía de alguien que probablemente sabía cosas que el resto no. Tras abordar el vehículo en la parte trasera, el desconocido y sus acompañantes, mismos que nunca bajaron del auto, se marcharon en dirección del Centro de Gobierno.

El campo de refugiados, denominado Blossom1, se encontraba ubicado en la costa oeste del país, a casi trescientos sesenta kilómetros de una de las metrópolis más grandes y reconocidas del mundo, la cual fuera antes del fin del mundo insignia de las artes y el espectáculo. Blossom se encontraba a buen resguardo, protegido por un fuerte operativo militar y ubicado lejos de las grandes ciudades. En él se encontraba a salvo más de medio millón de sobrevivientes, muchos de ellos familias distinguidas e influyentes, oportunamente evacuadas de sus viviendas en ciudades y poblaciones cercanas. Junto al resto de la población civil, eran protegidos por un nutrido grupo de policías, militares, paramédicos y personal esencial para la supervivencia de la mayoría de los habitantes.

A primera vista el panorama daba la impresión de ser un poblado montañés pero la cantidad de personas hacinadas en un espacio como ese era todo menos campirano. A diferencia de la estética usual del ambiente post-apocalíptico en los medios de entretenimiento, el espacio estaba mayormente limpio, la gente se mantenía tranquila, organizada y trataba de continuar sus vidas de la forma más normal posible. Existía mucho miedo, podía verse en los ojos de los refugiados o escucharse en los comentarios que realizaban entre ellos; no eran raros los casos de suicidio o eventos aislados en que algún individuo perdiese el control y tuviera que ser contenido por las fuerzas de seguridad; afortunadamente las autoridades cumplían bien su trabajo de mantener el orden.

Aunque aparentemente tranquilos, la angustia era notable en todos aquellos que trataban de vivir el día a día con normalidad. La vida ahí adentro no era tan diferente de lo que se

encontraba en los tiempos pre-apocalipsis (aunque llamarle a la situación apocalipsis era una frase que la mayoría trataba de evitar); aquellos refugiados en buenas condiciones de salud debían realizar trabajos y servicios en beneficio del buen funcionamiento de su hogar temporal. Las autoridades asignaban esas labores de acuerdo a las capacidades y talentos que los sobrevivientes poseían, de ese modo carpinteros, electricistas, mecánicos y demás profesionales del trabajo manual eran los amos y señores de la sociedad, vistos con respeto por todos aquellos que utilizaban frecuentemente sus servicios; mientras que pintores, artistas, abogados, si bien aún lograban hacerse de utilidad ocasionalmente, no eran socialmente considerados “héroes” por lo que muchos talentosos escultores y eficientes contadores hubieron de aprender nuevas artes para hacerse valer.

Por órdenes del gobierno, el comercio se mantenía funcionando, aquellos sobrevivientes que podían producir artículos de utilidad con los medios disponibles o bien, que habían logrado rescatar sus propiedades de valor antes de evacuar, levantaban sencillos pero funcionales tendajos desde donde esperaban obtener riquezas de las que disfrutarían “cuando todo esto termine”.

Con el objetivo de mantener la esperanza e implantar en el inconsciente colectivo la imagen de una vida post-apocalipsis en donde las cosas serían como antes, así como para infundir la idea de una victoria de la humanidad y su civilización, el gobierno local, refugiado en Blossom, que era el campamento más grande y mejor protegido de la zona norte del continente, alentaba el uso del papel moneda, asegurando que su valor se mantendría en el futuro y que se aplicarían castigos severos a aquellos que aprovechasen la desgracia ajena para enriquecerse. Los comerciantes aceptaban ofrecer sus productos por dinero tradicional, no obstante los costos eran tan elevados que la mayoría prefería hacer trueques, siendo éstos de gran temor para los dirigentes que verían colapsado su sistema económico, y con él, posiblemente la civilidad y organización hasta entonces conocidas.

El constante estado anímico desairado y el miedo a la muerte no habían disminuido el gusto por las actividades recreativas, más bien éstas se habían incrementado, posiblemente de forma inconsciente para evadir los estados de ansiedad provocados por el apocalipsis o bien a causa de la pérdida de pudor ocasionada por verse próximos a la muerte. El deporte seguía siendo uno de los métodos preferidos para dejar salir un poco de estrés; del mismo modo no era inusual encontrar reuniones y parrilladas colectivas o toparse con bares atestados de personas que buscaban olvidar sus miedos con alcohol (muy caro debido a su escasez). Se había incrementado el interés por el romance; de acuerdo con algunos psicólogos que tenían sus agendas llenas a causa de diferentes casos de histeria, depresión y paranoia, el miedo a una muerte próxima desinhibía a las personas, quienes instintivamente buscaban pasar momentos más placenteros sin considerar riesgos actuales ni hacer planes a futuro; por ello el control de la natalidad era una gran preocupación en Blossom pues no sabían cuánto tiempo habrían de permanecer ahí, ya fuera sólo un año más o… cientos.

Gracias a que la energía eléctrica era estable (aunque racionada), aspectos como el cine, la música y los videojuegos no habían desaparecido, sin embargo estas formas de entretenimiento no estaban permitidas de manera privada sino que se debían organizar en áreas públicas que permitieran el acceso a grandes cantidades de personas, pues de ese modo la energía se

racionaba y mantenía por períodos prolongados.

Tal cantidad de personas no convivían juntas todo el tiempo, se había separado a la población en bloques coloniales de extensión territorial determinada, asignados por orden de llegada. De este modo cada bloque tenía su propio administrador (a quien por fuerza de la costumbre llamaban alcalde) y su propia fuerza de seguridad. Con este tipo de organización si la situación se hiciera más larga de lo previsto sería más sencillo mantener el control al encargarse de solucionar conflictos en localidades en vez de lidiar con toda la población completa.

Blossom se encontraba rodeado por una cordillera montañosa que formaba una especie de muralla alrededor del asentamiento, vista desde arriba daría la impresión de haber sido construida en el centro de un cráter gigante. Un enorme y espeso bosque habitaba las faldas del extremo sur de las montañas circundantes mientras que un pequeño poblado rural, ya abandonado, colindaba con éste, sirviendo como punto de referencia para encontrar el camino al interior del refugio. El área ofrecía una gran variedad de plantas y animales; alrededor de la zona boscosa se podían encontrar árboles frutales que regalaban abundantes suministros de manzanas, uvas, bayas y nueces; la tierra era fértil para su cultivo por lo que, tanto dentro de los límites del campamento como en algunas zonas externas a las que se acudía con gran cuidado, los sobrevivientes se encargaban de sembrar tubérculos, frutas y verduras. Así Blossom y sus pobladores se encontraban preparados en el supuesto de que su estancia se hiciese más prolongada de lo estimado originalmente.

Afortunadamente para todos los refugiados, la naturaleza les regalaba amorosamente protección y alimento suficiente; dentro de las cavernas que servían de acceso y barrera para acceder a Blossom, se podían encontrar murciélagos y una extensa variedad de insectos y alimañas. A lo largo de las montañas vivían cabras de monte, una gran variedad de aves, leones de montaña y zorros. En la zona boscosa abundaban osos, ardillas, mapaches, zorros y conejos, por lo que había recursos para mucho tiempo.

La ganadería se había establecido dentro del refugio con el fin de impedir el consumo excesivo de los recursos naturales de la zona. Para esto se rescataban animales de granja y más de ellos eran enviados al campamento provenientes de otros o eran encontrados en los valles. Aunque medio millón de personas podría sin problemas acabar con la diversidad de flora y fauna, la organización de los dirigentes había logrado mantener un balance adecuado y a la vez necesario, pues conservar una apariencia externa natural era fundamental para permanecer ocultos de la vista de los sheitans, a quienes los civiles les llamaban simplemente criaturas, aunque otros acertadamente les decían demonios.

La combinación de la cordillera con el bosque, montañas, cuevas, ríos y lagos era como si la naturaleza se estuviera encargando de proteger a los afortunados albergados ahí, Blossom era, para fines teológicos, un sitio bendecido, un Jardín del Edén, un paraíso.

Los refugiados no entendían cómo fue posible tener listos lugares de emergencia como éste, de tamaño gigantesco y con instalaciones eléctricas, de agua y drenaje, al momento del primer contacto con las criaturas. La realidad era que años atrás los gobiernos aliados se habían preparado para un evento catastrófico. Antes del apocalipsis era noticia común en los medios de comunicación la filtración de protocolos para emergencias de las más variadas como amenazas del tipo biológico, desastres naturales, colisiones de asteroides e incluso por la

posibilidad de muertos levantándose de sus tumbas. Esas noticias fueron chistes comunes en las oficinas y salas de espera en los tiempos en que tales situaciones se veían como muy lejanas, sin embargo esos preparativos eran una realidad por lo que los gobiernos estaban listos en caso de un desastre global. Tanto Blossom, como el resto de los mega-campamentos, habían sido construidos muchos años antes del primer incidente con los sheitans y fueron constantemente modernizados con el paso de los años de modo que contasen con lo último en tecnología disponible. Al captar la magnitud de lo que estaba ocurriendo se pusieron en acción los protocolos de respuesta a amenazas del tipo biológico y, en forma coordinada, los países aliados comenzaron a evacuar hacia sus refugios más próximos a tantas personas como les fuese posible. Al mismo tiempo que adaptaron (no de forma tan eficaz como aquí) otros lugares que ofrecían una seguridad potencial para recibir a aquellos que no estuvieran cerca de uno de los grandes centros de refugio o bien, que “no lo acreditaran”.

Pese a que las acciones fueron rápidas, los ataques de las criaturas tuvieron como primeros objetivos las grandes ciudades, por lo que esas zonas sufrieron bajas humanas de proporciones históricas. Tras sólo dos días las muertes se contabilizaban por millones a nivel global y los sistemas tradicionales de comunicación masiva colapsaron debido a la muy probable muerte o abandono de aquellos encargados de darles mantenimiento. En esos primeros días no había forma de saber qué hacer ni a dónde ir por lo que ese medio millón de habitantes en el refugio era realmente insignificante comparado con la cantidad de personas que no pudieron escapar. Esto último no necesariamente significaba que hubiesen muerto pues diariamente ingresaban a los diferentes campos de refugiados centenares de nuevos sobrevivientes, mismos que eran enviados a Blossom, o a otros de mayor tamaño, cuando la sobrepoblación en los pequeños amenazaba la seguridad de todos.

La ubicación era fundamental, la cordillera y el bosque alrededor servían como barreras naturales ante intrusiones de los sheitans. Los más grandes no podían pasar a través de los estrechos caminos y cuevas que llevaban al refugio, lo que daba tranquilidad a los habitantes pues eran esos los más terroríficos; sus gritos, o lo que interpretaban como gritos, se escuchaban a kilómetros de distancia mientras que el resplandor del fuego que producían (pues como si no fuera suficiente, se sabía que podían arrojar bolas de fuego) mantenía en alerta a los guardias ubicados en los centros de vigilancia, lejos de la seguridad de la fortaleza, temerosos de ver cómo cada vez el fuego estaba más cerca de su posición.

Respecto a los sheitans humanoides, esos también podían arrojar bolas de fuego, más pequeñas y de menor intensidad; aunque ellos no tenían dificultades para atravesar las pequeñas redes cavernosas ni para escalar las más altas montañas tras lo cual solían encontrarse los mega-campamentos, podían ser mantenidos a raya por defensas humanas y caer ante disparos de armamento militar; sin embargo los valientes que habían osado enfrentarlos habían servido de ejemplo de lo que sus bolas de fuego podían hacer pues bastaba un impacto en cualquier parte del cuerpo para que esa zona desapareciera, se desintegrara.

Además de la cordillera y el bosque, los límites de Blossom estaban delineados con fuertes barreras de hormigón reforzado, ese material había demostrado resistir los impactos de bolas de fuego de los más pequeños, aunque los grandes las derretían como mantequilla. Las paredes rodeaban toda la zona formando un gran rectángulo y sólo había una puerta de ocho metros de

alto y quince de ancho, que tomaba diez minutos en abrirse por completo debido a su peso (aunque cabe aclarar que rara vez se necesitaba abrirse en toda su extensión) en cada uno de los costados. Al interior se desplegaban miles de casuchas prefabricadas, tiendas de campaña, hospitales (generalmente atestados), bunkers, barracas y edificios usados para fines organizacionales. La cordillera de montañas que ya rodeaba el refugio brindaba la mayor parte de la protección así como el camuflaje, sin embargo ninguna precaución era demasiada por lo que las paredes de hormigón eran valuadas como si fuesen de oro, diariamente se destinaban recursos para su mantenimiento.

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