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Coahuila

El Salón Corea

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 3 semanas

Cantinas de mi barrio que nunca olvidaré 

Ahí donde termina la calle General Cepeda al sur de la ciudad, muy cerca de las graditas que conectan con la escalinata de la Parroquia del Santo Cristo de la Capilla del Ojo de Agua, se localizaba el Salón Corea, en remembranza a este pequeño país, uno de los protagonistas de la Segunda Guerra Mundial que estaba en poder de Japón, que luego se dividió: el sur de la Unión Soviética y el norte de Estados Unidos, hasta 1948 en que se establecen los dos gobiernos autónomos.

El Salón Corea era un reducto de mi barrio, que como dice la canción de Andrés Ozuna Lizárraga, era refugio del perdido, donde noche tras noche se reunía un grupo de parroquianos, para rumiar (reflexionar) sus penas, recordando el pasado y viviendo el presente.

Es imposible mencionar a uno por uno de los asiduos a dicho lugar, un espacio pequeño con una barra a lo largo del edificio, atendido la mayoría de las veces por “El Grillo”, y entre la concurrencia “La Zorra”, “Juan Pata”, Monsiváis, Palacios, Palomo, “La Negra”, Mata, el señor Mireles, Escalante, hasta el campeón internacional de boxeo Otilio “El Zurdo” Galván, visitaba el Salón Corea, sobre todo cuando regresaba de sostener algunas peleas en Estados Unidos. Casi siempre llegaba a Saltillo en un Cadillac descapotado, del año. La cantina fue propiedad en un principio de José García, “Che Palomas”, hijo de Prócoro el dulcero del barrio.

Una rockola animaba el ambiente las 24 horas, donde los vecinos sin chistar por el ruido nos aprendíamos las canciones de moda, era común que con la baja del voltaje las melodías se escuchaban lentas, y es que la Compañía de Luz y Fuerza Motriz Eléctrica de Saltillo tenía constantes problemas e interrupciones en el servicio y los prolongados apagones hicieron que la gente se acostumbrara a ellos por varios años hasta que apareció la CFE.

Luego surgirían dos cantinas, denominadas “espinita”, ubicadas por la misma calle Hidalgo, eran propiedad de Jesús Hernández Ramos, hijo de don Cándido el del molino de nixtamal y de doña Lola, aunque la concesión correspondía a los hermanos Gómez los distribuidores de la cerveza Corona y la Victoria, ¡que también es nuestra!, rezaba la radio local.

Uno de los cantineros era un moreno de corta estatura, con un problema en la pierna derecha, pero no obstante se desplazaba muy bien dentro del mostrador para atender a la clientela de las Espinitas uno y dos. Además, Chuy Hernández le entraba al quite.

 

La anécdota

No sabe si fue ahí o fuera de la cantina, donde un torvo individuo a quien apodaban “El Águila”, de apellido Márquez, de aspecto fiero y airado o violento, asesinó a una persona identificada como Juan “Pata” de la familia de los Serrato.

Juan “Pata” Serrato era también un tipo desalmado, quien no se dejaba de nadie, a pesar de un problema de discapacidad, pues prácticamente “campaneaba” la pierna derecha y se balanceaba para caminar.

Eran muy frecuentes sus pleitos. A veces usaba cuchillo, pero casi siempre su pierna “vacilante” como arma. Parado en la pierna izquierda, tomaba con ambas manos la pierna discapacitada, o sea, la derecha, y con ella golpeaba a sus oponentes.

Era tan poderosa su fuerza que noqueaba a los contrincantes de un piernazo. “Era como una patada de mula”. La pata bandola la empleaba como mano, le daba vuelo, la subía muy alto y donde te pegaba te tumbaba del patadón que te daba.

En aquellos años a mediados del siglo pasado el Ojo de Agua fue muy especial. Hubo gente con apodos raros que, venidos de otros estados traían otras costumbres y desde luego eran violentos, casi todos y la fama se le quedó al barrio.

Cantina de mi Barrio, supiste que una vez lloré por un amor perdido y vine aquí contigo a remediar mi mal, supiste mi pasión, curaste mi dolor con tres copas de vino, ¡o más, pues muchos salían a gatas!

 

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