Coahuila
Hace 4 años
Arroz huérfano en un gran plato al centro, luego unas cáscaras de papa con queso fundido y chorizo, y como plato fuerte filete tapado, hecho a base de filete de res con tocino, jamón, champiñones, cebolla, chile serrano y cubierto con tortillas sofritas. Para abrir el apetito, las zanahorias en escabeche, requesón y mantequilla, para untar en galletas de soda (saladas).
El postre es cortesía de la casa, dulces “encubiertos” de calabaza, camote chilacayote o biznaga. Y de beber había una buena variedad de vinos, incluyendo algunos tinos y refrescos de los llamados de moderación y las tradicionales gaseosas al gusto del cliente. No era un lugar sofisticado, o suntuoso, tampoco era caro, si comparabas los precios y la calidad de otros restaurantes que no se le asemejaban en calidad y atención a La Canasta.
El ambiente era casi familiar y el escenario toda una experiencia. Al fondo, y junto a la chimenea, regularmente por la noche, sentados en una mesa estaban la señora Garza Arocha y el ingeniero Luis Jaime. La gente saludaba desde lejos (más bien con una cercanía, como de mucha amistad), en un espacio diseñado con materiales de origen cada vez más difícil de encontrar. Desde que subías los peldaños de arcilla a la entrada, era como llegar a la casa de alguien querido y familiar. Rodeado, como las casas antiguas de Saltillo, por la vegetación de palmeras de hojas de abanico, anchas y largas; hojas de olmo, de sauces, de helechos, de julietas y de truenos.
La puerta principal se resiste a abrir, un asa de bronce hay que jalar con fuerza. Es una puerta antigua de madera y vidrio esmerilado, diseño art nouveau. Hay un pequeño espacio del lado izquierdo, que lo separa del comedor general por unas puertas tipo cantina del oeste norteamericano (de esas de vaivén).
La decoración es cambiada oportunamente cada época del año, en un espacio muy acogedor. El piso de barro acomodado de modo geométrico, elaborado en la fábrica que fue del hermano de la dueña, (Jesús “El Charro” Garza Arocha). Las mesas son hexagonales, los vitrales de colores llamativos reflejan las tonalidades y las imágenes vivas de los escenarios de la tierra, y la combinación de materiales: piedra, ladrillo, madera, barro, árbol, es llanamente perfecta.
Las chimeneas añaden calidez a cada espacio, estas son obra del ingenio de Luis Jaime Tamayo, esposo de la señora Graciela Garza Arocha, dueños de La Canasta, el restaurante que fue orgullo de Saltillo.
Mis inicios como comunicador están muy ligados con el principio de La Canasta. Rebeca y Graciela Garza Arocha, jóvenes damas originarias de Múzquiz, Coahuila, que llegaron a estudiar a Saltillo y aquí se quedaron.
Recuerdo que junto a una tlapalería, a unos cuantos metros hacia el norte de la estación radiodifusora XESJ, donde me desempeñaba como redactor de noticias y locutor, en un pequeño local, se inicia la actividad comercial de las dos hermanas.
Corría el año de 1965 del siglo 20. Principiaron con la venta de pollos rostizados en canastitas (surge así la idea del nombre de La Canasta), acompañados por una bolsa de papas fritas y de ahí para adelante. La lucha pareciera fácil, pero no, tuvieron que pasar algunos años para el nacimiento del otrora magnífico restaurante La Canasta de Saltillo, que sin la señora Garza Arocha no es igual.
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