Quién tiene un porqué para vivir, es capaz de soportar cualquier cómo – F. Nietzsche
¿Alguna vez has pensado que tu vida no tiene sentido?
¿Sueles vivir en esa búsqueda de respuestas sobre el porqué y el para qué?
¿Te ha pasado que, aunque te esfuerces, te persigue una sensación de desánimo o de falta de sentido? Las crisis existenciales suelen invocar preguntas que no siempre tienen respuestas.
La angustia existencial, es un término que estudiaron varios filósofos. Desde sus diversas corrientes, se replanteaban el propio concepto de existir. El trasfondo en general se basaba en encontrar lo que a cada quien le da significado. Para una persona puede ser la música, para otra puede ser tener hijos, para otra puede ser realizarse en su propia vocación.
El término de crisis existencial aparece a raíz de un cambio profundo. Y dentro de ese cambio, la persona no se siente acomodada. Vive con altos niveles de desconfianza, de confusión y de sensación de abandono. La persona vive por un periodo de tiempo esa sensación donde su vida no tiene sentido.
Una crisis afecta de manera directa porque se siente como un ataque interno a la propia identidad. ¿Quién soy soy? ¿Para qué estoy en este mundo? ¿A qué vine? ¿Estoy en el camino correcto?
Cuando uno se siente en una crisis existencial siente incomodidad y separación en sí mismo. Esa sensación de rupture en la que la persona siente como si “algo se hubiera roto”, le hace percibir el mundo como si él o ella misma, fueran una pieza más que no encaja. La persona se compara, se siente confundida y se vive desde esa sensación generalizada donde “nada tiene sentido”. La confusión y la apatía le hacen cuestionarse constantemente cuál es el sentido sobre sí misma en el mundo.
Si esta crisis no se acompaña ni se contiene, puede derivar a otros problemas internos, que pueden llegar a generar una depresión y/u otros trastornos.
¿Qué puede causar una crisis existencial? Cambios no deseados y bruscos. Periodos largos de incertidumbre. Pérdidas de seres queridos o duelos. Enfermedades.
También pueden aparecer por cambios de la propia edad, por ejemplo:
Crisis existenciales a los 20.- Una de las primeras. El tema de madurar y ser adulto. Asentar las bases de una vida adulta, de un proyecto de vida. Tener que independizarse sin saber muy bien la persona quién es, ni qué quiere realmente para la siguiente etapa.
Crisis existenciales a los 30.- Esta crisis viene marcada por la falta de congruencia o coordinación ente lo que “debería ser” y lo que es en el tema referente a pareja y familia. Las expectativas sociales, el poderse cuestionar qué sí se quiere o qué cosas no le importan aunque se espere eso de la persona.
Crisis existenciales a los 40.- Esta crisis va más ligada al exceso de trabajo o la sensación de fracasos en el mismo o en el tema familiar. Hacer frente a una separación o a un cambio de proyecto personal. Las preguntas sobre lo que se ha perdido, o la sensación de estar creciendo y de no haber logrado lo que se quería todavía.
Crisis existenciales a los 50.- A partir de esta edad, los motivos de una crisis existencial van más ligados a la edad y a los condicionamientos de la misma. La independencia de los hijos, la salud, los retos profesionales logrados y los que siguen sin lograr generan la sensación de insuficiencia.
Crisis existenciales a los 60.- La causa de la crisis en esta etapa es el tema en relación con la muerte. Observar la fragilidad, la finalidad, las pérdidas y los hubieras, identificar los pendientes personales pueden generar ansiedad y falta de sentido.
Cada ser humano vive procesos distintos. No es que a cierta edad venga una crisis como tal, pero al vivirse las diversas etapas es normal y natural que, aunque no identifiquemos la causa concreta, se perciba esa falta de sentido o de apatía. Hemos de ver cada crisis existencial como una oportunidad para movernos de lugar.
Recolocarnos. Si algo se está moviendo en mí, es porque me está moviendo a escucharme qué deseo o anhelo hacer diferente. Me está moviendo a acomodarme en una nueva etapa de mi historia. Me está invitando a conocer qué nuevas rutas hay que experimentar. Recolocar mi rutina. Recolocar mis proyectos personales. Recordar mis ¿Para qué?
La crisis existencial nos lleva a cuestionarnos de nuevo para qué hacemos las cosas.
Date permiso de valorar tu situación concreta… ¿Qué pensamientos, sentimientos o comportamientos te acompañan constantemente? ¿Qué creencias o interrogantes ya hoy no te sirven? ¿Qué te estanca? ¿En qué aspectos eres muy duro contigo mismo?
¿De qué manera pudieras gestionar un nuevo proyecto que te dé sentido?
Actuar y abocarte a eso que puede ser una nueva vocación, una nueva misión, un nuevo aprendizaje, puede llevarte a encontrar esa pieza que sientes que hace falta de tu identidad. Obsérvate, date permiso de atenderte, quererte, cuidarte. Trabajar en ti.
No eres el mismo de hace 5 años. Ni serás el mismo en 5 años después.
Recolócate en este espacio del hoy, y date permiso de examinar y modificar las rutas. Deja de vivir en lo que fue, y ábrete paso a nuevas rutas. La crisis no es para siempre, viene a invitarte a escucharte y a explorar nuevas rutas. Date permiso de escucharte, de hacer un alto y de replantearte… Hoy, ¿qué te hace sentir que trasciendes y avanzas?
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