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Coahuila

He perdido un hijo

Por Columnista Invitado

Hace 6 años

El día de hoy, 19 de febrero, pero de hace 7 años, tuvimos la terrible noticia de que mi hermano Jesús Humberto había partido. Desde ese entonces, hasta hoy, seguimos con esa lucha de aprender a vivir o sobrevivir día a día, viviendo un día más o un día menos.

Mi madre hace días escribió en su Facebook el escrito que a continuación pongo de manera textual. sin duda alguna aplica cuando se dice que si uno escribe o habla con el corazón, siempre otro corazón lo recibe.

Luis Esteban Esquivel Cortés

He perdido un hijo, y lo cuento para compartir mis aprendizajes… aun así, ¡no me tengan lástima! Tampoco sientan lástima de otras personas que han sobrevivido a sus hijos.

Porque haber sido capaces de seguir viviendo, luego de la muerte de uno de nuestros hijos, el vínculo más fuerte y poderoso y que ahora extrañamos, representa y entraña un gran valor. El valor de reconstruirnos y avanzar con dignidad.

He pasado por todas las etapas que la pérdida de un hijo genera: la negación, la bronca, la tristeza profunda y la melancolía, la desesperanza, el vacío existencial, el cansancio y desaliento, la sensación de impotencia, la desmotivación y pérdida de sentido, las innumerables preguntas, los porqués, los si hubiera, y tantas sensaciones y emociones que confluyen de manera confusa y desorganizada. Orillamos los límites de la locura.

Hemos visto con tristeza cuánta gente se alejó, ahora comprendo que no resistían nuestro dolor, y no éramos buena compañía en ese momento.

Elvira Cortés Soto

Después, con el tiempo, y sobre todo con nuestro esfuerzo, el apoyo de mis hijos, de mi esposo… algunos amigos solidarios, nuevas amigas que sufrieron pérdida (grupo de ayuda mutua), elegimos volver a la vida, a levantarnos del derrumbe emocional, y a relacionarnos con los demás, los que quedaron después del tsunami.

Pero no vayan a creer que somos los mismos, NO, quienes pasamos por esta dolorosa experiencia, cuando volvemos a la cotidianidad, nos plantamos de modo diferente, con otra sensibilidad, desde otro lado, desde otras miradas y perspectivas de vida, porque hemos ido hasta el fondo de la desesperación, ese túnel oscuro y frío que nos atrapa en la desidia. Conocimos el dolor más profundo que se puede tolerar en carne viva, sin anestesia y después de todo eso, nos levantamos con conocimiento más profundo de quiénes somos. Las máscaras que cubrían nuestro rostro para complacer a los demás, para evitar la crítica o el abandono, se han caído; ahora con el rostro limpio, aprendimos a conectarnos con la espontaneidad, la asertividad, la expresión transparente de nuestras emociones. Ahora conformamos el grupo de resilientes, que nos permite la capacidad de sobreponernos al dolor y salir fortalecidos.

Hemos aprendido a vencer el miedo al miedo, hemos aprendido a ponernos en los zapatos de los demás, hemos aprendido a acompañar, a consolar, por eso, ¿cómo van a sentir lástima por nosotros?

Si algo nos gustaría recibir, es respeto, no admiración, respeto, solo eso.

Por último, sepan que aprendimos a adaptarnos, a convivir con la tristeza y con el dolor, pero estos ya no manejan ni controlan nuestras vidas, aprendimos a vivir.

Que a nuestros hijos los llevamos en nuestros corazones por siempre y habrá fechas importantes, como cumpleaños, aniversarios, Navidad, Año Nuevo y muchas, muchas más, que hacen que el dolor vuelva en todo su esplendor, pero se vale, hay que vivirlo, respirar y después a seguir, a vivir.

Y que los hijos que siguen a nuestro lado físicamente, esos que nos vieron llorar desconsoladamente, esos que nos sintieron distantes más de vez, que hicieron cualquier cosa para apoyarnos, hoy les damos un gracias, porque fueron y siguen siendo nuestros compañeros de ruta, y que los hemos amado tanto como a CHUBE que ahora vive en el cielo.

Hoy valoro cada paso que di para lograr decirle sí a la vida, a pesar de TODO.

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