Había una gran expectativa. ¿Qué iba a decir Hernán Bermúdez una vez en poder de las autoridades? ¿El considerado líder del cártel de La Barredora y secretario de Seguridad de Adán Augusto López iba a “empinar” a su jefe?
¿Buscaría un acuerdo para ser testigo colaborador a cambio de “soltar la sopa” sobre el exgobernador de Tabasco, exsecretario de Gobernación y hoy coordinador de los senadores de Morena?
¿Se mantendría callado, en un pacto de silencio muy al estilo de la mafia, confiando en que algún día las aguas se asentarán?
Bermúdez Requena fue detenido el 12 de septiembre en Paraguay después de una búsqueda que no demoró mucho tiempo. Su traslado a México sí demoró y despertó muchas sospechas: el avión oficial que lo trasladaba se detuvo una noche entera en Colombia y muchas horas en Tapachula hasta que llegó a Toluca.
Ha estado ya bajo custodia de las autoridades mexicanas 29 días. Y en esos días, distintos investigadores gubernamentales le han lanzado muchas preguntas. Hasta este momento, según me revelan fuentes de primer nivel, Hernán Bermúdez Requena no ha inculpado a Adán Augusto López en nada. En cambio, ha sido prolífico en acusar al general Audomaro Martínez, titular del Centro Nacional de Inteligencia en tiempos de Andrés Manuel López Obrador, de ser el verdadero jefe de una mafia a la que supuestamente la dupla Adán-Hernán le resultaba incómoda.
Los protagonistas de esta historia son tabasqueños: Adán Augusto, Hernán y Audomaro. Y los enfrentamientos se ve que tienen tiempo. Según el testimonio inicial que Bermúdez Requena ha brindado informalmente a las autoridades mexicanas, la rivalidad política entre López Hernández y Martínez Zapata fue la que habría originado que el CNI inventara un caso contra el hoy senador y contra el hoy detenido en el penal de máxima seguridad del Altiplano.
Esa es la versión de Hernán Bermúdez Requena. La versión inicial. Falta contrastar lo que él dice con todo lo que ha soltado el que era su brazo derecho, Ulises Pinto alias “El Pinto”, quien planteó a las autoridades convertirse en testigo colaborador desde el momento mismo en que fue detenido.
Que Bermúdez no haya hablado –hasta ahora– es un poquito de oxígeno para un Adán Augusto que luce políticamente aniquilado. Si Bermúdez hablaba, aceleraba todo contra López Hernández.
No se aceleró, pero todo lo demás apunta en dirección al (increíblemente aún) coordinador de los senadores de Morena. Se ha vuelto el “ajonjolí de todos los males”.
A ver hasta dónde le alcanzan las fichas, los pactos, los amarres y el manto de impunidad que suele abrigar a todo el obradorato.
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