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| El principal campo laboral de sus egresadas fueron colegios particulares de la localidad.

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Instituto Plancarte de Saltillo: El colegio y las colegialas

  Por Federico Muller

Publicado el domingo, 15 de marzo del 2026 a las 04:00


Reúne entre sus pasillos años de historia, aún impactando en la educación saltillense.

Saltillo, Coah.- Jesús Antonio Plancarte y Labastida, institución que durante más de 18 años ofreció formación académica y moral a niñas y jovencitas, cuyas familias buscaban para sus hijas una educación privada de orientación católica.

El colegio se estableció en Saltillo a mediados del siglo 20 y estuvo administrado por religiosas de la Congregación de las Hijas de María Inmaculada de Guadalupe.

El edificio

El inmueble que alojó al instituto fue una casona de carácter tradicional, construida con muros de adobe, piedra y sillar, y cubierta con techumbre de loseta de madera sostenida por vigas. El piso era de ladrillo de barro bruñido, mientras que puertas y ventanas estaban elaboradas en madera de pino.

Su planta arquitectónica respondía al modelo doméstico del noreste mexicano del siglo 19: un recibidor orientado hacia la calle Allende conducía a un patio central, alrededor del cual se distribuían los salones de clase. Hacia la parte posterior se abría un segundo patio de menores dimensiones, que servía como espacio complementario de uso escolar.

A finales de los años 80, el edificio fue demolido y en su lugar se habilitó un estacionamiento, situado a escasos 50 metros al sur de la Plaza Tlaxcala, en el Centro Histórico de Saltillo.

Los grupos de WhatsApp

Hace algunos meses —todavía— era frecuente encontrarlas conversando en algún café del Centro Histórico de la ciudad.

Las reuniones se llevaban a cabo los días 23 de cada mes, en algún café de la ciudad. El grupo se componía por no más de siete egresadas del Instituto Plancarte, las cuales desde que concluyeron su instrucción en el colegio mantuvieron una entrañable amistad.

El uso de las redes sociales y las videollamadas han influido para que los encuentros se hayan espaciado. No obstante, los lazos de amistad prevalecen, aun virtualmente.

La estructura educativa

El Instituto Antonio Plancarte y Labastida ofrecía un modelo formativo integral que abarcaba la educación básica completa —parvulario, primaria y secundaria—, así como estudios en las áreas de formación normalista para profesoras y educación comercial con especialidad en contador privado.

La dirección general recaía en la madre superiora, quien delegaba funciones académicas y disciplinarias en prefectas religiosas responsables del funcionamiento del jardín de niños, la primaria, la secundaria y los programas de educación comercial y normal.

La docencia en los niveles de parvulario y primaria era impartida por maestras pertenecientes a la misma orden religiosa.

Docencia

Para los niveles superiores, la dirección convocaba a profesionistas de la localidad, quienes impartían asignaturas conforme a su especialidad, de manera honorífica.

Entre ellos se recuerda la participación de Benito Narro Rodríguez, Dorotea de la Fuente, Humberto González Galindo, Emilio de León, Yolanda de De León, Manuel Ortiz de Montellano, Ch. Barrera y R. Molina.

El internado del instituto

En la calle Vicente Guerrero —entre Ateneo y Juan Antonio de la Fuente—, a un costado de lo que fue el edificio Coahuila, se ubicaba el internado vinculado al Instituto.

No muy distante del colegio, en el sector oriente de la ciudad, se levantaba una casa amplia y funcional que servía como comedor y dormitorio para las jovencitas foráneas que acudían a estudiar.

El hospedaje era atendido por religiosas de la misma congregación, e incluía alimentación completa —tres comidas diarias de lunes a domingo— y transporte en autobús hacia el instituto.

El reglamento interno establecía que, antes del desayuno, las alumnas debían presentarse aseadas y con el uniforme puesto.

Tras una breve invocación espiritual, partían para la primera clase de las 8 de la mañana. Al mediodía regresaban al internado para la comida, y por la tarde retornaban al plantel para concluir la jornada académica entre las 14:30 y las 17:00 horas.

La Normal del Instituto Plancarte

Durante el siglo 19 surgieron en Saltillo al menos dos escuelas normales privadas para señoritas, promovidas por misioneros protestantes provenientes de Estados Unidos.

En este contexto, la Normal del Instituto Plancarte representa una de las primeras experiencias de formación normalista femenina impulsada por una institución católica en la ciudad.

A mediados de los años 60 se organizó formalmente el programa normalista, logrando egresar únicamente dos generaciones de profesoras y educadoras.

Su modelo pedagógico guardaba similitud con el de la Escuela Normal Labastida de Monterrey, orientado a la preparación docente para el ámbito privado.

Disciplina y vida cotidiana

Una de las exalumnas recuerda que era práctica habitual aromatizar los espacios cerrados del plantel mediante la quema de incienso. En cierta ocasión —según su percepción— se utilizó una cantidad mayor a la acostumbrada, cuyo aroma intenso le provocó náuseas.

Sin solicitar permiso, abandonó el edificio, cruzó la calle y entabló conversación con algunos estudiantes del Ateneo Fuente que solían reunirse frente al antiguo portón. Al día siguiente fue sancionada por la falta cometida.

Como medida disciplinaria, permaneció toda la mañana en el patio, bajo la luz directa del sol, sosteniendo un ladrillo en cada mano, además de recibir la correspondiente amonestación.

Otra práctica semanal —generalmente los lunes— consistía en revisar la longitud reglamentaria del jumper. Para ello, las estudiantes se arrodillaban en el suelo: si el borde de la falda no alcanzaba el nivel requerido, se hilvanaba al uniforme una tira de papel visible, con la cual debían permanecer durante toda la mañana como señal correctiva.

Dos testimonios

Dos hermanas, oriundas de Saltillo, cursaron parte de su formación académica en las aulas y patios del Instituto. Una de ellas egresó de la Normal, la otra participó en la banda de guerra mientras concluía sus estudios de secundaria.

Entre sus recuerdos más nítidos permanece el uniforme de gala: boina blanca con moño de listón azul marino colocado en la parte posterior; guantes blancos de algodón; calzado blanco cerrado con cintas y medias calcetín también blancas.

El “jumper” azul marino contrastaba con la blusa blanca de manga larga, con botonadura bordada. El cuello redondo de dos piezas, conjunto que simbolizaba disciplina, identidad y pertenencia institucional.

 

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