Karl Böhm aprendió de Richard Strauss su economía al dirigir. Todo ese manoteo que podemos ver en algunos directores, que más que dirigirse a la orquesta se dirigen al público en un show de mero entretenimiento no iba con la visión de un director que lo que busca es expresar y sabe cómo hacerlo. El director debe tener la música en la cabeza, llevar el compás con la mano derecha y traducir a la toda la orquesta su idea de la interpretación. Y todo esto, se debe realizar con economía de movimientos. Strauss mismo decía: “solo con mirar un poco a la sección de metales, basta ya para que suene demasiado”. Aún así, con esa dirección moderada, las orquestaciones de Richard Strauss suelen ser monumentales, detalle que no sería de importancia si no fuera porque en sus óperas la orquesta debe dejar espacio para que las voces de los cantantes se escuchen adecuadamente. De ahí que dirigir obras como Electra sean todo un reto interpretativo tanto para cantantes como para directores.
Y todo esto Karl Böhm lo aprendió magistralmente. En relación a su actividad como director, podemos recordar aquella anécdota que él mismo relató en alguna entrevista de radio: “Me viene ahora a la memoria, en relación con la obra Salomé, lo que me contó el hijo de Ernst von Schuch, mi predecesor en el podio de director musical de música de Dresde, que era Graz, como yo y que dirigió el estreno de Salomé. En aquel entonces era costumbre hacer un ensayo general y dejar vacías las primeras filas el teatro.
“En el patio de butacas estaba sentado Richard Strauss, detrás de Ernst von Schuch y de un público de buenos aficionados y críticos musicales.
“Como ocurre hoy a menudo tras los últimos compases, cuando Herodes dice eso de ‘hay que matar a esa mujer’ hubo un tremendo silencio. Era muy natural, era la primera vez que un texto de Oscar Wilde recibía música, con un gran refinamiento, con una orquestación totalmente nueva y con una armonía muy moderna. El público estaba, como le pasa también con Electra, totalmente vencido.
“No se movía nadie, ni hubo aplausos. Se encendieron las luces, pero nada, seguía sin moverse nadie.
“Entonces Richard Strauss se levantó, todo lo grande que era de su silla, se volvió hacia el público y dijo en dialecto bávaro: ‘Bueno, qué pasa, a mí me ha gustado’. La tensión se había roto y el público comenzó a aplaudir.
“Desde entonces, y pese a las críticas del libreto y de la danza de Salomé, la obra conquistó a todo el mundo”.
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