Saltillo

Publicado el domingo, 8 de febrero del 2026 a las 03:00
Saltillo, Coah.- El nombre de este artículo se toma prestado del anticuario-bazar saltillense: un rincón lleno de memorias, propiedad de una dama apasionada por la historia urbana de la capital de Coahuila. Doña María Elida Aguirre, entre muebles antiguos, fotografías desvanecidas y objetos que guardan ecos del pasado, relata historias que bien valen la pena ser contadas. Una de ellas es sobre el antiguo parque Porfirio Díaz, hoy Alameda de Zaragoza, y su fuente de las ninfas.
En el mercado del arte suelen ocurrir episodios fascinantes en torno a pinturas de artistas plásticos de renombre, quienes emplearon diversas técnicas —óleo, carboncillo, temple, acuarela, entre otras— para dar forma a obras que, con el paso del tiempo, atravesaron procesos de pérdida y rescate.
El caso que se presenta en este breve reportaje no tiene, de ninguna manera, las dimensiones ni los alcances de las grandes obras maestras sustraídas de museos internacionales. Sin embargo, por el tamaño del mercado pictórico en Saltillo y, sobre todo, por tratarse de una pieza ligada a la historia local de la ciudad, se justifica narrar la peculiar crónica de la pintura La Alameda, de Juan B. Harlan.
Juan B. Harlan llegó a México en el último cuarto del siglo 19, procedente de Francia. Su compañera de vida fue Josefina Laroche.
No se ha localizado un registro que precise el puerto de arribo a América. Sin embargo, por los patrones migratorios del siglo 19 y por sus vínculos anglo-franceses, no puede descartarse que haya ingresado por el puerto de Galveston, Texas, ruta utilizada por numerosos empresarios europeos que posteriormente se establecieron en el noreste de México.

Las compañías ferroviarias, mineras y petroleras de capital extranjero aprovecharon ampliamente las oportunidades de inversión que ofreció el régimen de Porfirio Díaz para establecerse en México. Paralelamente, arribaron al país migrantes europeos de marcada vocación emprendedora, quienes decidieron abandonar el llamado Viejo Mundo y radicar de manera definitiva en suelo mexicano.
Uno de ellos fue Juan B. Harlan, empresario de origen francés, quien se estableció en la ciudad de Saltillo a finales del siglo 19. En el oriente de la ciudad operó un molino de trigo al que denominó La Goleta, cuya localización respondió a criterios técnicos propios de la época: el aprovechamiento de la pendiente natural del terreno y la captación del agua proveniente de arroyos y acequias, indispensables para accionar las turbinas del proceso de molienda.
Con el paso del tiempo, los muros de aquella empresa industrial, activa durante los primeros años del siglo 20, desaparecieron por completo del paisaje urbano.
En la actualidad, el único vestigio material que remite a su existencia es un callejón que comunica las calles de Mariano Abasolo y Francisco Espinoza (Armillita), el cual subsiste como memoria toponímica tanto del molino como de su propietario.

Más allá de su faceta empresarial, Harlan poseía también una inclinación artística, particularmente hacia la pintura. De acuerdo con el testimonio de doña María Elida Aguirre, el empresario mostraba especial interés por representar la naturaleza y los monumentos emblemáticos de Saltillo, plasmándolos en lienzos mediante técnicas aprendidas en Europa. Entre estas obras destaca la representación de la fuente de las ninfas, captada con una paleta cromática fiel al verde del follaje circundante y al brillo del bronce original de la escultura, la cual sería posteriormente reubicada de la Alameda Zaragoza a la Plaza de Armas de la ciudad.
Es probable que la obra haya sido realizada por su autor entre 1910 y 1915, periodo en el que la fuente de las ninfas aún se encontraba emplazada en la Alameda Zaragoza de la ciudad. Esta referencia espacial resulta clave para la datación tentativa del lienzo, al coincidir el motivo representado con la ubicación original del monumento.
Por razones que hoy se desconocen —según refiere doña María Elida Aguirre, propietaria del anticuario— la pintura apareció tiempo después en el taller del profesor ateneísta Miguel Santana (1909-1995). A partir de ese punto comienza a delinearse la trayectoria conocida de la obra. Tras el fallecimiento del maestro, su nieto decidió desprenderse del cuadro y lo vendió por la suma de 500 pesos en un bazar de la localidad. Dado que el mercado de antigüedades en Saltillo ha sido históricamente reducido, la pintura llamó la atención de doña Elida, quien logró adquirirla mediante trueque, ofreciendo a cambio una estufa de leña de acero.
Con este intercambio, la obra pasó a formar parte de su apreciada colección privada.

Años más tarde, a raíz de quebrantos financieros, La fuente de las ninfas fue vendida a un funcionario de la Presidencia Municipal de Saltillo por 24 mil pesos.
Sin embargo, la estabilidad de la obra volvió a verse alterada cuando —por razones igualmente poco claras— fue incluida en una subasta de antigüedades organizada por el DIF, realizada en el vestíbulo del Casino de Saltillo.
En dicha subasta, la pintura fue adquirida por una coleccionista de arte, permaneciendo fuera del ámbito del anticuario durante algunos años, hasta que finalmente doña Elida logró recuperarla, reincorporándola a su estudio.
Hoy, la obra ocupa nuevamente un lugar destacado en su galería, como testimonio no sólo de una escena urbana del Saltillo de principios del siglo 20, sino también de una singular historia de pérdida, circulación y rescate dentro del reducido pero significativo mercado local del arte.
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