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La isla de los dinosaurios

Por Columnista Invitado

Hace 2 meses

Por: José Woldenberg

 

 

Leí las instrucciones que la Presidenta le dio a uno de sus subordinados y no sé por qué, como en una nebulosa, creí recordar una vieja película mexicana titulada, La Isla de los Dinosaurios.

La memoria no sólo actúa de manera errática sino sorpresiva. Las asociaciones que el “coco” hace son disparadas de muy diferente manera y nunca dejan de asombrar.

Y dado que no estaba seguro siquiera de la existencia de la película (confiar en la memoria a estas alturas es peligroso), fui a ese repositorio histórico que es la monumental Historia Documental del Cine Mexicano de Emilio García Riera.

En el tomo 9, publicado por ERA en 1978, la encontré. Filmada en 1966 y dirigida por Rafael Portillo, actuaban, entre otros, Armando Silvestre, Alma Delia Fuentes y Elsa Cárdenas.

Tengo la impresión de que García Riera no pudo verla porque lo que transcribe es la “síntesis publicitaria del argumento”. Yo hago ahora una síntesis de la síntesis: un científico mexicano está persuadido de que la Atlántida está situada cerca de las Bermudas y logra integrar una expedición para probar su convicción.

No llegan a su destino. Una fuerte tormenta los obliga a descender en un islote desconocido. Y ahí se topan con “una tribu de hombres que viven como hace millones de años. No conocen aún el lenguaje humano y se entienden por sonidos guturales…”.

Sobra decir que sucede de todo, incluso una historia de amor, pero lo que deseo subrayar es que se trata del encuentro con un pasado remoto de la humanidad, una isla en la cual subsisten los dinosaurios.

Se trata de una película muy anterior a Parque Jurásico (1993) y su secuela, pero si mal no entiendo, en la mexicana los investigadores no sólo encuentran dinosaurios, sino hombres estancados en aquel período prehistórico. Un choque brutal entre la civilización y el atraso, entre las destrezas y conocimientos generados a lo largo de miles de años y los hábitos y costumbres (supuestos) de las comunidades primitivas.

¿Por qué el cerebro conectó unos dichos de la Presidenta con esa película? Quizá porque en un recorrido de Claudia Sheinbaum por el Parque del Jaguar en Tulum, esta le dijo al titular de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas: “Hay que gobernar con sentido común y para la gente. Cuando las normas se ponen por encima de la gente y el sentido común, está mal. No cumplas con la norma, es lo que te estoy diciendo”.

No cumplas con la norma fue el dictado. Otra vez la convicción personal por encima de la ley, la “buena intención” superior a la obligación legal (ver el artículo de Raúl Trejo D. en Nexos Virtual).

No creo que la propia Presidenta recuerde que cuando tomó posesión de su encargo dijo: “protesto guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen…” (Artículo 87).

O a lo mejor piensa que se trató de un ritual sin sustancia, una representación que no compromete, dado que su voluntad está por encima de la ley.

No han comprendido que el imperio de la ley es superior al imperio de los hombres, como lo escribió en estas mismas páginas Lorenzo Córdova.

Mientras el primero intenta ofrecer un conjunto de garantías universales, entre las que se encuentran la protección de los derechos de los individuos y establece los límites y facultades de las autoridades; el imperio de los hombres suele ser arbitrario, caprichoso y por ello injusto, dado que porta una cauda de prejuicios e intereses personales.

¿No estaremos volando hacia la isla de los dinosaurios?

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