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Publicado el miércoles, 27 de agosto del 2025 a las 10:53
Madrid, Esp.- Madrid cierra una página de su historia: ha muerto el último sereno, que recorrían las calles del barrio y abrían los portales de las casas a los madrileños que trasnochaban, un oficio que comenzó en el siglo XVIII pero que desaparecido hace años y que era parte de la convivencia y de la seguridad de los vecinos.
El último representante de este oficio, Manuel Amago Fuertes, figura entrañable para generaciones de vecinos de la capital, falleció la noche de ayer martes a los 98 años, según confirmaron a EFE fuentes familiares.
Amago ejerció durante más de medio siglo de sereno, un oficio que marcó la vida cotidiana de los madrileños y que desapareció oficialmente en 1986.
A los serenos les pagaban los vecinos y comerciantes de las calles donde ejercían su oficio, hasta que fueron sustituidos por las patrullas policiales y por la instalación de los modernos porteros automáticos.
Vestido con guardapolvo, gorra, pistola, palo y cargado de llaves, Manuel Amago recorría las calles, como todos los de su oficio, durante las noches, pendiente del sonido de las palmas y el grito “¡¡¡Sereeenoo!!!”, con que los vecinos reclamaban su presencia para abrirles el portal.
“Los serenos estábamos para todo lo que pudiera ocurrir”, relataba él mismo en una entrevista con EFE, recordando que a veces incluso trasladaban a delincuentes a la comisaría o mediaban en robos y peleas callejeras.
Heredó la plaza de su padre en 1950, cuando apenas tenía 22 años, recién llegado a Madrid tras el servicio militar.
El frío de la capital, con nevadas como las de 1951 que él mismo evocaba con precisión, fue una de las durezas del oficio, pero pronto se convirtió en confidente de vecinos, asegurando que se entretenía mucho con las conversaciones en los portales.
En su carrera nocturna conoció a personajes ilustres, entre ellos a un joven Adolfo Suárez, cuando aún no había llegado a ser presidente del Gobierno (1976 a 1981), periodo en el que España vivió la transición de la dictadura a la democracia, y con quien mantuvo un trato cordial.
Amago, que había nacido en Asturias (norte de España) trabajó sobre todo en el céntrico barrio de Salamanca, donde los vecinos le dedicaron en vida una placa en reconocimiento a su entrega.
Aunque la profesión se extinguió en los años 80 del siglo XX, él siguió trabajando por su cuenta hasta poco antes de su retirada definitiva, convencido de que “los serenos eran muy importantes”, por dar “mucha seguridad”.
El fallecimiento de Manuel Amago cierra definitivamente una página de la historia madrileña y de un oficio que hundía sus raíces en el reinado de Carlos III, en el siglo XVIII.
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