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Publicado el lunes, 10 de agosto del 2026 a las 12:32
Ciudad de México.- La frase: “Un acto dice más que mil palabras” suele referirse para hablar de las actividades que hacemos, pero también puede referirse a la imagen; no necesitas grandes explicaciones, basta con permanecer en la memoria del receptor y decir algo sobre la realidad cambiante e imperfecta que habitamos. Esto ocurre con la fotografía, quien tiene un ojo atento a la estética, a la técnica y al instante preciso, sabe que debe provocar y sostener una emoción que trascienda el papel y el tiempo. Hay quienes dominan este arte. Algunos están en las páginas impresas, otros en las calles; y algunos más, detrás de las escenas que han marcado nuestra memoria cinematográfica.
En esta reseña, hablaremos de un fotógrafo mexicano reconocido que trabajó con grandes directores de cine y fue pieza fundamental durante la época de Oro del Cine Mexicano: Gabriel Figueroa. Quizás su rostro es poco conocido, pero su trabajo lo convirtió en un referente importante en el Cine de Oro, algunas de las películas en las que participó fueron: María Candelaria, Macario, La Perla, Enamorada, Río Escondido y Salón México. Sus encuadres, el manejo de las luces y su experimentación constante lo han convertido en un referente para otros directores.
Perfeccionista, experimental y profundamente obsesivo con la belleza, así lo describen en uno de los apartados de la revista-libro de la casa editorial Artes de México No. 2 El arte de Gabriel Figueroa. Este ejemplar explora las distintas facetas de este genio fuera de las cámaras. Más que fotógrafo, fue pintor, político e intelectual; su trayectoria lo llevó a Hollywood, donde afinó su mirada antes de volver a México para consolidar su estética que marcaría al cine nacional. Ese amor apasionado por el oficio lo condensa en su texto “Declaración de oficio”, con palabras que pronuncia al recibir el Premio Nacional de Artes en 1971:
“ Estoy seguro de que, si algún mérito tengo, es saber servirme de mis ojos, que conducen a las cámaras en la tarea de aprisionar no sólo los colores, las luces y las sombras, sino el movimiento que es la vida”.
Como ocurre con muchos genios, hubo quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo y dialogar con él. En un intento por saber más del hombre detrás de esas escenas legendarias, se recopilaron distintas voces para conocer más de él.
La revista-libro reúne esas miradas de su personalidad en la entrevista y artículos como: “Palabras sobre imágenes” por Margarita de Orellana, el texto de Carlos Fuentes “Una flor carnívora”, “Gabriel Figueroa: la institución del punto de vista” de Carlos Monsiváis y “Carta homenaje” de José Luis Cuevas, estos textos permiten asomarse a su trayectoria y a su imaginario.
Mas allá de conocer su carrera profesional en el arte del cine, es importante resaltar que el fotógrafo Gabriel Figueroa trabajó arduamente para mejorar y tener una mejor perspectiva de su vista y como resultado de su esfuerzo inventó fórmulas de composición del cuadro y otros útiles esenciales estéticos para lograr una calidad de imagen en el cine.
Estamos ante una monografía que merece ser leída para contemplar la belleza que plasmó Gabriel Figueroa a lo largo de su trayectoria. Es importante resaltar esta emblemática figura de cine en el siglo XX, este artista multifacético logró lo que muchos artistas internacionales estaban haciendo en la misma área de trabajo.
Gabriel Figueroa dejó una huella en el cine mexicano imposible de olvidar, abrió una puerta a las futuras generaciones que deseen resaltar su país y cambiar la perspectiva de los moldes tradicionales, todo para resaltar los claroscuros de una nación digna de admirar.
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