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Mi palabra es la ley

Por Columnista Invitado

Hace 2 años

POR: CATALINA PÉREZ CORREA

 

Conforme se acercan las elecciones, el presidente Andrés Manuel López Obrador parece haber entrado en un proceso de deterioro. Si bien desde el inicio de su Gobierno mostró impulsos arbitrarios, centralizadores, patriarcales y conservadores en temas como la familia y las drogas, parecía dispuesto a contenerlos.

Sin embargo, hoy, su lado déspota, colérico y ruin aparece sin moderación alguna. Cada semana sale una nueva embestida de la “mañanera” para acallar la crítica o golpear a cualquier institución que funja como contrapeso o representante un estorbo a sus deseos.

Su reacción ante la publicación del New York Times –sobre una investigación que se llevó a cabo en Estados Unidos sobre supuestos vínculos entre AMLO y miembros de la delincuencia organizada– es sólo el más reciente ejemplo.

El Presidente respondió a la publicación atacando al medio y haciendo públicos los datos personales de la periodista que escribió la nota. El fin de semana defendió su derecho a acosar a la periodista, y afirmó estar (¿o ser él?) la autoridad moral por encima de la ley.

Todavía el domingo (y ayer) se lanzó contra YouTube por bajar el video de la conferencia en la que publicó el teléfono de la periodista. La plataforma la borró por violar las reglas a las que está sujeto todo usuario.

Pero para AMLO, no parece existir justificación legítima para limitarlo. Él es el Pueblo, la Ley y el Soberano; cualquier cuestionamiento sobre su actuar es un agravio directo a la Nación.

La semana pasada, en otro episodio, se lanzó –nuevamente– contra el Poder Judicial por liberar a Lozoya. En su diatriba contra los jueces, no tuvo empacho en exhibir a Arturo Zaldívar como alguien que traficaba influencias, incurría en conflictos de interés y ejercía una forma de corrupción.

“Cuando estaba el ministro Zaldívar … había más recato. Todavía cuando había un asunto así de este tipo, nosotros respetuosamente, interveníamos”, dijo. “Se hablaba con él, y él … hablaba con el juez y le decía cuidado con esto”.

Los dichos del Presidente muestran una visión de Estado donde el Ejecutivo (él) es juez y fiscal. Desde ahí se investiga a las personas, se detienen y decide la culpabilidad.

El mero señalamiento desde este poder es muestra de culpabilidad. No hace falta un juicio para valorar pruebas y sobra la defensa de las personas acusadas o sus testimonios.

En el modelo autocrático de AMLO, los derechos de debido proceso (que buscan asegurar un uso imparcial y racional de la fuerza del Estado) son un obstáculo para la justicia que ya aseguraron los militares al detener a alguien. (No olvidemos que quien hoy investiga, detiene y señala no es alguna autoridad civil sino el Ejército.) De nuevo, decirle no al Jefe del Ejecutivo en una ofensa y señal de corrupción.

Es probable que los desplantes del Presidente empeoren en los próximos meses. AMLO ya no tiene interés en convencer, parece preocupado sólo en concentrar poder, acallar la crítica y desmontar los mecanismos de rendición de cuentas y transparencia. Ignoro el porqué.

¿Qué de todo lo que ha hecho le dará satisfacción cuando mire atrás? Quizás haber construido un Estado sin controles al poder, con estado de excepción normalizado y permanente, en manos de militares, y la (re) construcción de un gran partido hegemónico compuesto de lo más rancio de la vieja política mexicana.

Quizás su verdadero anhelo sea ese: legarle al país el centralismo y autoritarismo redivivos.

 

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