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Nadie conoce las goteras de una casa… hasta que vive adentro.

Por María José César

Hace 4 meses

Para sentirnos plenos y felices en nuestra familia o en el trabajo, la clave reside en sentirnos motivados, valorados y aceptados. Cuando no logramos aceptar nuestras circunstancias ni a nuestros papás, hijos o pareja, comenzamos a juzgar interiormente las acciones y las decisiones que toman, cuestionamos su actuar y se nos hace fácil hablar de la vida de los demás. Y es que los conflictos interpersonales se originan de forma natural cuándo se imponen las propias posturas o se interponen las formas de pensar, porque cómo individuos estamos hechos para relacionarnos y vivir en comunidad.

El juzgar y hablar de los demás o de circunstancias que no nos conciernen, nos convierte en seres negativos, inflexibles, chismosos, duros y nos aleja de nuestra esencia y capacidad para ser compasivos.

El Dalai Lama decía, antes de juzgar a alguien, juzga tus propios pensamientos; de esa manera te darás cuenta, que quizás no seas el más apropiado para juzgar.

No tenemos el derecho de JUZGAR, calificar, señalar, afirmar, declarar u opinar sobre la historia de otra persona porque no la hemos vivido en carne propia. A medida que trabajemos nuestro respeto hacia otros y dejemos de mirar sus acciones, más compasivos seremos con los demás y con nosotros mismos.

Pero… ¿Qué pasa cuando nosotros nos sentimos juzgados? Respondemos automáticamente de una forma negativa, a la defensiva, reprimiendo ese sentimiento, liberando nuestra ira a través de gritos, o juzgando a la otra persona. Para nuestra salud emocional, es fundamental comprender que el sentirnos juzgados es responsabilidad nuestra. No podemos culpar a los demás de nuestras propias emociones pero sí debemos reconocer lo que sentimos. La tolerancia, paciencia y el control de nuestra ira, son virtudes y herramientas que pueden ayudarnos a manejarnos de manera más asertiva en situaciones de conflicto.

Para crecer en este tema, primero debemos conocernos…
¿Critico constantemente las acciones de mis padres o de mi familia?
¿Me parecen “tontas” sus decisiones?
¿Tiendo a hablar con sarcasmo sobre la “nueva” cosa que dijo o hizo tal persona? ¿Disfruto hablar sobre la vida y/o conflictos de otras personas?
Si te identificaste con alguna de estas preguntas, primero debemos comenzar liberando esas actitudes y crecer en el respetar y hablar positivamente de otros.

Nadie conoce las goteras de una casa, hasta que vive adentro. Por eso es mejor no juzgar. Es muy fácil opinar y hablar sobre temas de actualidad, chismes, notas de personalidades o políticos y sobre los errores de los conocidos; pero es importante reflexionar fuertemente que lo que sale de nosotros regresará a nosotros, es decir, si el 80% de lo que sale de nuestra boca es crítica o juicio sobre los demás, ese porcentaje regresará de alguna otra forma. Se dice que cuándo criticamos a alguien, esa persona recibe bendiciones y nosotros conseguimos negatividad.

¿Cómo dejar de juzgar?
•Antes de opinar, pregúntate si es algo positivo o negativo.
•Ponte en los zapatos de esa persona.
•Cuando no estés de acuerdo en algo, respira y medita, está bien no pensar igual y que cada quien tiene su lado de la historia.
•Pregúntate- ¿Por qué me sentí así? ¿La persona tenía la intención o yo estoy haciendo más grande el problema? ¿Me lo tomé personal?
•Si estás en una situación en la que te sientes juzgado, contesta:
o “Me duele sentir tu juicio sobre mi, te pido me respetes y aceptes que tengo una forma diferente de ser, pensar y hacer las cosas.”
•Si no pudiste hacer frente a ese juicio, lo reprimiste o “te lo tragaste”, regálate un minuto para ti:
o “Me siento juzgado y me duele. Reconozco mi emoción, la miro y la dejo ir. Me siento orgulloso y feliz de ser, hacer y pensar cómo soy. Libero cualquier inseguridad que me haya provocado esta situación y me envuelvo en seguridad.”

Existen personas que nos juzgarán toda la vida y el trabajo asertivo y efectivo no consiste en cambiar a los demás, sino en creer en nosotros mismos, cambiar nuestra mirada sobre las cosas, nuestros patrones de pensamiento, dejar de juzgar en cada momento a los demás, y manejar nuestras emociones de manera asertiva cuándo nos sentimos juzgados.

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