Cuando aparece un personaje en el mundo político, es útil revisar sus orígenes, así como con el sexo opuesto: revisas antes de enamorarte.
En el caso de la presidenta actual, haber leído primero que es hija de inmigrantes comunistas y que llegó y fue registrada con un acta de nacimiento local; que su madre cursó desde la licenciatura en la UNAM, una universidad enamorada del socialismo, ya nos pone a pensar.
La comunidad científica y universitaria mexicana tiene muy laxas sus reglas y mecanismos de comprobación. Hubo un director del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología que no tenía ni maestría, pero ostentaba un doctorado. Más recientemente, la directora tenía como segundo a un stripper. Abundan maestros universitarios que fallaron en su intento de conseguir un posgrado y lo cursan a niveles similares en la institución donde vegetan, pero siguen ostentando el grado obtenido allá, donde no pudieron.
Viendo el historial de la presidenta, vemos que presume haber estudiado Física y, de posgrado, algo light relacionado con Ecología; una tesis fusilada, reportes de haber colaborado con la guerrilla colombiana y décadas en la grilla de izquierda.
En actos públicos se ha notado que no domina el inglés, pero dice tener un doctorado en California.
Mucha gente cree que un científico tiene una mente superior, y eso es un error. Un verdadero científico, excepcionalmente, es superdotado; lo que sí, obligadamente, es que tiene aprendido el método científico y su comportamiento cotidiano cumple con lo que rige en el mundo científico.
Un maestro universitario (que es lo común en ese ambiente) es alguien que expone las 40 horas del semestre de una materia y evalúa el aprendizaje de sus alumnos sobre lo que les enseñó. A veces, asesora trabajos de tesis, en los que el alumno hace el trabajo y, muchas veces, el pensamiento del trabajo.
Para la dirección o presidencia se requiere, primero, tener conocimientos generales que permitan desarrollar o analizar las situaciones y tomar decisiones acertadas. Para ello se requiere experiencia, sensibilidad y un gran sentido del liderazgo en las organizaciones, todo envuelto en una sabiduría y respeto notables.
Entre lo que aprendió el “científico” en su educación y lo que imparte, no aparece ninguna habilidad obtenida ni enseñada que nos haga esperar que esa persona tenga habilidades para dirigir una institución, empresa o gobierno.
Si la presidenta cumpliera con lo descrito para un científico, contaría con mi apoyo y el de muchos como científica, no como mandataria. Con lo que observamos de su conducta en general, sería imposible que le confiáramos un saco de alacranes.
Si ella entendiera el idioma inglés, sabría lo que significa: “master of none”.
ATL del desierto
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