Querida amiga, querido amigo:
La semana pasada, en este mismo espacio, reflexionamos sobre la importancia de aprender a dejar que las cosas –y las relaciones– se rompan.
Hablamos de cómo, en ocasiones, invertimos demasiada energía en evitar que algo se rompa sosteniendo situaciones, relaciones o dinámicas que quizás ya no funcionan.
Pero ¿qué sucede después de que dejamos que las cosas se rompan? ¿Somos de esas personas que hacen todo lo posible por arreglar lo que se rompió? ¿Recogemos las piezas, buscamos la manera de acomodarlas y hacemos todos los ajustes necesarios para que las cosas vuelvan a funcionar?
Porque quizás no tenga mucho sentido aprender a dejar que las cosas se rompan si después seguimos asumiendo toda la responsabilidad de reconstruirlas.
Tal vez tú también eres de esas personas que modifican sus planes, incluso a costa de su propio tiempo; que cambian sus expectativas, buscan explicaciones y justifican comportamientos para encontrar nuevas maneras de adaptarse a situaciones que les generan intranquilidad y ansiedad.
Y es que, muchas veces, nos convencemos de que es nuestra responsabilidad exclusiva resolver todas las dificultades y que nos corresponde encontrar las palabras adecuadas, tener un poco más de paciencia, o hacer un esfuerzo adicional para que las cosas vuelvan a funcionar.
Pero ¿qué pasaría si, por una vez, dejáramos de intentar resolver todas las dificultades? ¿Si dejáramos de buscar siempre una solución a lo que sale mal, de acercarnos a quien se aleja o de tratar de suavizar cada conflicto?
Probablemente descubriríamos que hay cosas que se pueden acomodar sin nuestra intervención, que las demás personas también son capaces de buscar soluciones, asumir responsabilidades y hacer esfuerzos.
O quizás nos daríamos cuenta de que determinadas situaciones solamente funcionaban gracias a todo lo que hacíamos para sostenerlas.
Y esta puede ser una verdad algo incómoda, pero también profundamente liberadora.
Porque cuando somos quienes siempre intentamos arreglarlo todo, incluso a costa de nuestro propio bienestar, es posible que terminemos experimentando un profundo agotamiento mental y emocional.
Querida amiga, querido amigo: no tienes que ser siempre tú quien encuentra una solución. No tienes que resolver todos los conflictos, acortar todas las distancias ni llenar todos los silencios.
Tampoco tienes que reducir tus expectativas y necesidades para adaptarte a lo que las demás personas están dispuestas a ofrecerte.
Por supuesto, esto no significa dejar de querer o de cuidar a quienes nos importan. Tampoco significa renunciar al diálogo, a la empatía o a la voluntad de reconstruir algo que se ha roto.
Al contrario, hay situaciones y relaciones que merecen nuestros esfuerzos, nuestra paciencia y nuestro compromiso.
Pero una cosa es tener la disposición para reconstruir y otra muy distinta es asumir toda la responsabilidad de hacerlo. Quizás ha llegado el momento de dejar de recoger todas las piezas, de buscar todas las soluciones y de hacer todos los ajustes.
Tal vez hay que permitir que las demás personas también hagan su parte y aceptar que, si no están dispuestas a hacerlo, algunas cosas simplemente tendrán que quedarse rotas.
Así que, querida amiga, querido amigo, por favor: no intentes arreglarlo todo.
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