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Nuestro Amado Nervo

Por Guadalupe Loaeza

Hace 1 mes

En España hay siete aeropuertos que ya llevan nombres de figuras culturales y varios de ellos son escritores, como Federico García Lorca en Granada-Jaén (desde 2006, 70 años después de su asesinato, y fue el primer aeropuerto español con esta denominación especial); Rosalía de Castro en Santiago de Compostela; Miguel Hernández en Alicante-Elche. Incluso hay una propuesta activa para bautizar el aeropuerto de Valladolid con el nombre de Miguel Delibes, Premio Cervantes.

En Chile hay un caso casi hermano al del aeropuerto de Tepic: desde 2018 hay un intenso debate para cambiar el nombre del Aeropuerto Arturo Merino Benítez (Santiago) por el de Pablo Neruda, impulsado por diputados que argumentan que le “hace bien a nuestra memoria cultural” reconocer a una de las figuras más importantes de las letras a nivel internacional. La mayoría de los aeropuertos del mundo homenajean a políticos, presidentes o pioneros de la aviación —Charles de Gaulle, John F. Kennedy, Benito Juárez, Ben Gurión, Jorge Chávez—. Los poetas y escritores son la excepción, no la norma. Eso refuerza justo el argumento que citan los firmantes de la petición: que el caso de Amado Nervo en Tepic era único en México, y que casos como Lorca en Granada o la propuesta de Neruda en Chile muestran que cuando un país sí decide honrar a un poeta en su principal puerta de entrada, lo hace como un acto deliberado de memoria cultural, no como un accidente que luego se borra por conveniencia comercial.

Encabezados por Lorena Elizabeth Hernández, directora del Festival Letras en Nayarit, hay una larga lista de intelectuales que piden que se mantenga el nombre de nuestro poeta Amado Nervo en el aeropuerto de Nayarit, allí están por ejemplo Alberto Ruy Sánchez, Ángeles Mastretta, Elena Poniatowska, Enrique Serna, Fabrizio Mejía Madrid, Francisco Hinojosa, Guadalupe Nettel, Humberto Musacchio, Juan Villoro, Natalia Toledo, y Guadalupe Loaeza —si me hubieran preguntado— entre muchos más.

Sobre nuestro poeta, junto a Pável Granados escribí hace una década “La última Luna. El amor secreto de Amado Nervo”. Lo presentamos en diciembre de 2016 en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes. La historia que aborda se deriva de la relación que Amado Nervo comenzó con Ana Cecilia Dailliez en 1901, tras conocerla en París. Con ella tuvo un amor clandestino que nadie conocía. Al morir Ana Cecilia, Nervo quedó como tutor de Margarita, su hija —”Margot” o “Margotón”—, y con el paso de los años se enamoró de ella, ya adolescente, a quien le declaró su amor en varios poemas. No se sabe con certeza qué pasó entre ellos. Esta historia permaneció en la penumbra durante décadas: fue Alfonso Reyes quien reveló que Nervo había tenido esa pasión sin decir el nombre de la joven, y fue Alfonso Méndez Plancarte quien, al reunir la poesía de Nervo en los años 50, destapó que se trataba de la hijastra.

El libro está construido con diez cartas imaginadas entre Nervo y Margarita, escritas a partir de las misivas reales que sí se conservan (las que Nervo le escribió a ella; las respuestas de Margarita nunca se conocieron). Pável Granados tomó la voz de Nervo, y yo el lugar de Margarita, imaginando sus respuestas. El intercambio de textos entre ambos fue lo que dio forma a la obra. Las cartas siguen el itinerario cosmopolita del poeta: Nueva York, Francia, y después Montevideo, adonde Nervo fue enviado como ministro por mandato de Carranza mientras Margarita se quedaba en México, en la colonia Santa María la Ribera, con las hermanas de Amado Nervo.

La última carta que imaginé de Margot a Amado Nervo decía: “Mis lágrimas se escapan de mis ojos. Pruebo una de ellas y corroboro que está muy salada. Para consolarme aunque sea un poquito, leo: ‘Algún día, quizá, se sabrá que tú y yo fuimos la mitad de un mismo sentimiento. Sólo que tú fuiste la mitad alegre y yo la tristeza que te complementaba’. Gracias por haberla compartido conmigo durante tantos años. Ahora, la hago mía para que me acompañe toda mi vida. Por último, permíteme inspirarme en algo muy tuyo que ahora es mío: ‘¿Mi secreto? Te lo diré al oído: ¡Estoy enamorada de un muerto!’. Para siempre tuya, Margot”.

Cambiar el nombre del aeropuerto Amado Nervo de Nayarit es un atentado a la poesía.

 

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