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Coahuila

Que la corrupción probada no importa mientras ‘el pueblo bueno’ la respalde: el caso Frontera

Por Luis Carlos Plata

Hace 1 mes

“Aunque se vengan en bola, no van a poder con Piña porque lo respalda el pueblo de Frontera”, reaccionó así el dirigente de Morena en Coahuila, Diego del Bosque Villarreal, a la publicación de Zócalo Monclova del pasado lunes y las impresiones de líderes políticos plasmadas al respecto el día siguiente, a propósito del desvío de 35.5 millones de pesos del erario municipal en Ciudad Frontera, producto de la facturación sistemática, entre 2022 y 2023, de maquinaria rentada en forma simulada para el saqueo de recursos por el Ayuntamiento morenista encabezado por Roberto Clemente Piña Amaya, a los hijos de su ex jefe.

“Todo el respaldo a nuestro compañero y amigo Roberto Piña”, secundó el mensaje que publicó en su cuenta de Facebook el martes.

Nada nuevo bajo el sol, por lo demás. La historia es cíclica y hoy como ayer no importan los hechos, sino el populismo y la demagogia.

Es el declive de la democracia en nombre de la voluntad popular. Lo que Nadia Urbinati en su libro “Yo, el pueblo. Cómo el populismo transforma la democracia” (2020), denominó “una relación directa entre el líder y los miembros de la sociedad a los que se considera personas correctas o buenas”.

“Los movimientos y los líderes populistas compiten con otros actores políticos por la representación del pueblo y aspiran a la victoria electoral para demostrar que “el pueblo” al que representan es el “bueno” y merecen gobernar por su propio bien”.

Pero quién es el pueblo. Qué es, exactamente.

Pueblo es una construcción ideológica. Un comodín. Una muletilla. Un ente cultural. Una ficción jurídica. Un pretexto. Una abstracción. Un fantasma. Una entidad artificial. Escudo y arma al mismo tiempo, según se necesite defender o atacar un interés de grupo.

En resumen: una estrategia de manipulación.

El politólogo argentino Ernesto Laclau, en su artículo “El futuro de la democracia radical” (2005), escribió que “el pueblo es un significante vacío, sin fundamento en ninguna estructura social, y está basado exclusivamente en la capacidad del líder de explotar la insatisfacción de grupos diversos y movilizar la voluntad de las masas, las cuales creen que carecen de representación adecuada porque los partidos políticos existentes ignoran sus reclamos”.

En Estampas de Liliput; bosquejos para una sociología de México (2004), el sociólogo Fernando Escalante señala que “el ingrediente básico, acaso el único verdaderamente esencial, de la retórica revolucionaria, son ‘las necesidades del pueblo’. Casi cualquier cosa es perdonable si se hace en nombre de pueblo, con la intención de aliviar sus dolencias”.

En marzo de 1970 el poeta Jaime Sabines publicó “Diario Oficial”, prosa vigente 54 años después: “Por decreto presidencial: el pueblo no existe. El pueblo es útil para hablar en banquetes: Brindo por el pueblo de México, Brindo por el pueblo de Estados Unidos. También sirve el pueblo para otros menesteres literarios: escribir el cuento de la democracia, publicar la revista de la revolución, hacer la crónica de los grandes ideales.

El pueblo es una entidad pluscuamperfecta generosamente abstracta e infinita. Sirve también para que jóvenes idiotas aumenten el área de los panteones o embaracen las cárceles o aprendan a ser ricos.

Lo mejor de todo lo ha dicho un señor Ministro: con el pueblo me limpio el culo. He aquí lo máximo que puede llegar a ser el pueblo: un rollo de papel higiénico para escribir la historia contemporánea con las uñas”.

 

Cortita y al pie

Fernando Escalante va más allá en su teoría: “En general, mantener al pueblo como adversario moral del Estado sirve a los políticos para sortear los estorbosos obstáculos que suele interponer la legalidad. ‘Las necesidades del pueblo’ deciden en cada caso lo que es justo, y eso de un modo abrumador, definitivo; tanto que resultan irrisorios, si no escandalosos, los escrúpulos jurídicos”.

En esa coyuntura nos encontramos. Que no importa la corrupción probada, mientras un hipotético y ficticio ‘pueblo’ la respalde.

En este caso, el de Frontera.

 

La última y nos vamos

Y no somos pueblo, sino ciudadanos. Quien intenta deshumanizar, anular la naturaleza individual, agrupar a las personas en una masa indefinida y por tanto inexistente, es un demagogo que debe ser señalado y repudiado con firmeza como agente nocivo para la salud democrática.

Morena en Coahuila, por citar un ejemplo.

 

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