Saltillo|Monclova|Piedras Negras|Acuña|Carbonífera|TorreónEdición Impresa
Irán amenaza con atacar sitios clave de EU tras bombardeo a sus buques petroleros Cateo en Hidalgo deja decomiso de combustible ilegal y fármacos controlados Rechazan más de 90 organizaciones expansión del fracking en el Noreste Final explicado de ‘¡Ayuda!’ con Rachel McAdams, la nueva película de Sam Raimi Ataques de Israel en Líbano dejan 17 muertos durante tregua con Hezbolá

Zócalo

|

     

Opinión

|

Información

< Opinión

 

Nacional

Real y virtual

Por Columnista Invitado

Hace 5 años

Hace justo un año recibíamos las primeras advertencias: el virus ya se expandía desde China, silenciosa y traicioneramente, mientras nosotros lo ignorábamos y proseguíamos con nuestra rutina. Llevábamos un cuarto de siglo acostumbrándonos a combinar la vida –o eso que entonces nos parecía la vida– con simulacros de la vida –o eso que entonces nos parecían meros simulacros–, en un vaivén cada vez más acelerado.

Primero fue el internet, luego las redes sociales, al cabo las aplicaciones: una tríada que nos envolvía y difuminaba cada vez más los límites de lo real. Pensadores y escritores de ciencia ficción nos lo advertían por igual: pronto esa frontera se difuminaría y todos terminaríamos convertidos en parte de la malla: Matrix.

No podíamos imaginar, en cambio, que nuestra conversión en seres digitales se aceleraría a causa de un virus biológico en vez de uno informático: de pronto, la parte esencial de nuestras vidas debió trasladarse, súbita y alarmantemente, a las pantallas.

La escuela, el trabajo, incluso la familia se convirtieron en pura información, pixeles igual que nosotros mismos. No ya los ciborgs en que nos íbamos convirtiendo poco a poco, sino más bien hikikomoris: doblemente encerrados, en nuestras casas con nuestras prótesis electrónicas y en nuestros dispositivos. Seres ya no de carne y huesos, sino de energía y luz.

Quizás en ningún otro ámbito haya sido tan patente esta transmutación como en la cultura. Sus espacios fueron los primeros en cerrarse, los últimos en reabrirse, y los primeros en volverse a cerrar con cada nueva ola de contagios.

Mientras en otras profesiones millones debieron resignarse a seguir con sus vidas reales, los artistas y los trabajadores de la cultura debimos adaptarnos por fuerza a este entorno virtual. Con cines, teatros, salas de concierto y museos cerrados –o parcialmente cerrados, en cualquier caso convertidos en espacios peligrosos u hostiles–, toda nuestra actividad debió trasladarse a las pantallas.

El proceso fue tan veloz, tan inmediato, a fin de cuentas tan irracional, que apenas hemos tenido tiempo para reflexionar sobre sus consecuencias. De pronto, de la noche a la mañana, obras de teatro y piezas dancísticas, conciertos, presentaciones de libros, festivales, conferencias, incluso manifestaciones de protesta, terminaron confinadas al tamaño de nuestras computadoras, de nuestras tabletas o de nuestros teléfonos inteligentes.

El mundo del arte y la cultura miniaturizado: todo cabe en estos incandescentes cuadrángulos de unos cuantos centímetros cuadrados, sometidos –para colmo– a los interminables desperfectos tecnológicos: la desigual distribución de conexiones de banda ancha y al pésimo servicio de nuestros proveedores de internet.

Al principio, atestiguamos la fiebre: miles de personas conectadas al mismo tiempo a una extraña función de teatro o a la inédita lectura de unos poemas –algo insólito en el mundo real–, síntoma de la magnitud de nuestra angustia y de nuestro desconcierto.

Hasta que, lenta e inexorablemente, la sobreoferta –la urgencia por llevarlo todo, absolutamente todo, a lo virtual– y el hartazgo han terminado por minar aquel deslumbramiento. ¿De verdad podemos meterlo todo en una pantalla y asumir que tenemos una experiencia tan real como lo real? Peor: ¿nos queda otra salida?

Sin duda, en este año millones vieron y escucharon lo que nunca habrían podido ver o escuchar, pero ello no elimina el desconsuelo ante lo que se perdió, incluidos los ingresos de millones de personas dedicadas al arte y la cultura. 2020 quedará como una ruina –una ruina virtual, almacenada quién sabe dónde y quién sabe por quiénes– tras un experimento. Una ruina, sin embargo, de la que tendremos que aprender.

La relación entre lo real y lo virtual no volverá a ser la misma incluso con las vacunas: estamos obligados a revisar procesos y mecanismos, a supervisar a las compañías tecnológicas, a pensar mejor lo que debemos trasladar a la pantalla, a reflexionar sobre lo que significan el arte y la cultura –y su capacidad para consolar y estremecer– en un mundo que ya nunca será el mismo.

Notas Relacionadas

Rechazan más de 90 organizaciones expansión del fracking en el Noreste

Hace 3 horas

Rechaza Monreal que EU use de ‘piñata’ a México

Hace 4 horas

Madres buscadoras piden a Sheinbaum luchar hasta encontrar a todos los desaparecidos

Hace 4 horas

Más sobre esta sección Más en Nacional

Hace 21 horas

Mi madre

Hace 21 horas

Con Sansón a las patadas

Hace 21 horas

En sus manos