Alejandro Moreno Cárdenas debe renunciar de manera inmediata e irrevocable a la dirigencia del PRI junto con sus secuaces, entre los cuales figura su “alter ego” Rubén Moreira Valdés. Pues de las ocho gubernaturas que pretendía retener para lanzar su candidatura presidencial, todas las perdió: siete con Morena y una con el Verde y el PT. El paquete incluye Campeche, donde impuso la candidatura de su sobrino Christian Castro Bello, inspirado en el nepotismo y rapacidad del “modelo Coahuila”. Moreno llegó al CEN entre denuncias de enriquecimiento. Los vicios del proceso forzaron la renuncia del exrector de la UNAM, José Narro Robles, el único aspirante con las prendas necesarias para plantar cara a un Presidente de las características de Andrés Manuel López Obrador.
La posición de Moreno en la jefatura del PRI es insostenible, aunque, mejor pensado, resulta por completo irrelevante. Eso sí: de tener el mínimo decoro, el exgobernador de Campeche debería declinar a la diputación plurinominal que él mismo se asignó para protegerse —con el fuero— de futuras investigaciones de la Fiscalía General de la República (FGR). En las redes del fiscal de hierro Gertz Manero acaba de caer el exmandatario nayarita Roberto Sandoval (PRI), acusado de operaciones con recursos de procedencia ilícita. El tamaulipeco Francisco Javier García Cabeza de Vaca (PAN) se encuentra la misma tesitura; otro candidato es Moreira II por los 30 millones de pesos que le habría pagado Alonso Ancira Elizondo (AHMSA) por concepto de viáticos.
Sobre el caso de Moreno existe un precedente. El 20 de junio de 2016, Manlio Fabio Beltrones —también en el punto de mira de la FGR— renunció a la presidencia del PRI dos semanas después de haber perdido siete de 12 gubernaturas con el PAN, entonces aliado del partido en el poder. No cumplió en el cargo un año siquiera. Además de los errores propios, un sector del gobierno peñista (Luis Videgaray) le metió zancadilla para eliminarlo de la sucesión presidencial de 2018; hubiera sido mejor candidato que el “no” priista José Antonio Meade. Beltrones acusó el golpe en su mensaje de despedida: “Estamos obligados, como nunca antes, a escuchar la voz y reclamos de los ciudadanos (…) votantes priistas o por otros partidos (sic), que exigen mejores resultados en sus gobiernos y combate a la corrupción y impunidad donde quiera que esta(s) se encuentre(n)”.
Padrino de otro exgobenador en capilla, César Duarte, Beltrones advirtió: “(los ciudadanos) quieren que la modernidad se refleje en los bolsillos de las familias mexicanas; que su trabajo sea mejor remunerado; servicios de salud de calidad y calidez; vivienda digna; seguridad para sus hogares y sus ciudades. No están satisfechos con solamente enterarse de que ‘vamos bien’, sino que quieren sentirse bien”. El sonorense recicló los discursos de Luis Donaldo Colosio y Andrés Manuel López Obrador, quien entonces ya se hallaba en la antesala de Palacio Nacional. El fracaso de Moreno es más humillante y sonoro, pues territorialmente ha convertido al PRI en un partido marginal.
Lograr que Morena y sus satélites no sean mayoría calificada en la próxima Legislatura, no es cosa menor, pero tampoco justifica echar las campanas al vuelo. Además, el mérito es de tres siglas, no solo de una. Trascendente hubiera sido que López Obrador y su partido, como le ocurrió a Zedillo y al PRI en 1997, tampoco hubieran alcanzado la mayoría absoluta. Frente a la derrota en ocho estados (en San Luis Potosí los verdes y los petistas vencieron a la coalición Va por México, encabezada por el tricolor), cualquier victoria regional resulta irrelevante.
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