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Coahuila

‘Rodar y rodar, rodar y rodar’

Por Columnista Invitado

Hace 4 meses

Por: Jesús Leal

“Rodar y rodar, rodar y rodar”…así, al puro estilo de una canción de Alfredo Jiménez, el balón mundialista rodó una vez más en México.

Ese esférico que genera alegría y frustración al mismo tiempo en los hinchas futboleros, que polariza y estremece al mundo entero con su estirpe internacional está nuevamente en su casa, en este país que lo ha vestido de historia y gloria deportiva.

Pero no solo se movió la pelota y las ilusiones de la fanaticada, desde las 5 am del jueves también circuló en la CDMX la convulsión vial, las protestas sociales y políticas, el correr de las masas para llegar a tiempo al templo por antonomasia de la epopeya del futbol, el tres veces mundialista, el estadio Azteca; o mejor dicho, el estadio Banorte; o el renombrado por la FIFA, estadio Ciudad de México…o como usted le quiera llamar, es lo mismo.

Filas y más filas en el metro, en el tren ligero, en las arterias viales, en los accesos al estadio, en los filtros de seguridad, en las estaciones de alimentos y bebidas, en todas partes.

Pero el partido inaugural entre México y Sudáfrica no sólo detonó la atención mundial, también trastornó a nivel local la “normalidad” de la ya de por sí hiperactiva capital chilanga.

Niños, adultos y abuelos, todos corren enfundados en su casaca verde, con su pintura tricolor en los rostros, con sus sombreros mexicanos, con sus penachos aztecas y sus tambores hilarantes que los convierten, sin duda, en la afición mas alegre y pasional del mundo.

A la porra mexicana no le importó pagar, o en su defecto, endeudarse, para solventar boletos que en reventa iban desde los 28 mil hasta los 900 mil pesos.

El primero en anotar gol sin duda fue la FIFA, y es que su caja registradora no ha dejado de sonar muy lucrativamente desde que esta justa fue anunciada en sede tripartita entre México, Canadá y Estados Unidos, siendo este último otro de los más beneficiados por quedarse con el mayor número de partidos y con las series finales del torneo.

La fachada de CDMX definitivamente recibió su manita de “ojalatería y pintura” para recibir al mundo; por fin se renovó el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, las arterias principales lucieron con mejor pinta y los sitios turísticos de la ciudad se vistieron de motivos futboleros.

Por su parte, renovado estadio Azteca lució señorial, arropado por más de 80 mil almas que no dejaron de gritar, cantar y hasta llorar por ser testigos presenciales de este magno evento.

Este partido inaugural fue democrático e incluyente, ya que en él se congregaron por igual jefes de estado, personalidad sociales, famosos del espectáculo y, sobre todo, lo más importante, el ciudadano común, ese que le da vida, sabor y efervescencia a un evento como éste.

La ceremonia de inauguración fue puntual. A las 11:30 empezaron a desfilar las banderas, el colorido, la espectacularidad propia de una inauguración, para luego dar pasa al glamour del acto artístico encabezado por las caderas de Shakira y demás artistas latinos, para luego continuar con el himno nacional interpretado por el “Potrillo”, Alejandro Fernández durante la presentación de las selecciones.

La locura estalló con el pitazo inicial del encuentro, detonando al apoyo incondicional en la cancha de la Selección Mexicana, esa que da y quita por igual en el corazón de la afición, pero que independientemente del resultado se mantiene fiel a ella entonando siempre El Cielito Lindo.

¡Goooool!, el grito anhelado llegó temprano a la cita por cortesía de Julián Quiñones, generando la algarabía del público mexicano, mientras los tragos de cerveza no paraban, aún cuando la cuota por cada uno de ellos era de 300 pesos por unidad de cheve.

Raúl Jiménez en el segundo tiempo despertó la celebración de una segunda anotación, mientras la porra sudafricana, muy escasa por cierto, se hundía en la butaca vaticinando una inevitable derrota para su equipo.

La legendaria ola humana inmortalizada precisamente en el mismo escenario en México 86 apareció en las gradas para sentenciar la victoria mexicana, iniciando así con el pie derecho la participación del tricolor en su tierra.

Finalmente, el balón dejó de rodar por este día, pero las filas interminables se prolongaron para celebrar el triunfo mexicano ahora en el Ángel de Reforma, en ese lugar sagrado donde no hay que pagar altos costos para vivir la magia de esta justa mundialista.

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